• Crecer para adentro en vacaciones

1/09: Jesús da su vida por ti

¿Alguna vez alguien se ha jugado algo por ti? En la Misa Jesús se lo juega todo, se juega su vida. Al #crecerxaadentro te darás cuenta de que la Misa es la mayor apuesta de Dios por cada uno de nosotros.


Aprender de Jesús #AmarLaMisa


“Haced esto en conmemoración mía”. Al decir Jesús estas palabras puede que alguno de los apóstoles que estuviera más despistadillo preguntara al de al lado: “¿Qué ha dicho? ¿Qué ha hecho?”. Y es que lo que dijo e hizo Jesús en la Última Cena fue muy fuerte: apostó su vida por cada uno de nosotros. No solo por los que vivían entonces, sino también por ti y por mí. Y es que encontró un modo que sólo a Dios se le podría haber ocurrido. Jesús dio el poder a sus apóstoles (y sus sucesores) para que cuando repitieran sus palabras sobre el pan y el vino, se hiciera realmente presente su Pasión, Muerte y Resurrección: es la Santa Misa. Si tú estás en Misa, estás en su Pasión, Muerte y Resurrección; estás viendo a Jesús entregando su vida por ti. El pan y el vino se convierten realmente en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aunque sigamos viendo pan y vino: es el sacramento de la Eucaristía. Esta descripción de san Josemaría seguro que te ayuda a #crecerxaadentro y #AmarLaMisa con locura:


Un consejo de san Josemaría #AmarLaMisa

Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el Amor.
Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él.

Es Cristo que pasa, 90.


Un reto #AmarLaMisa


Es posible que a veces este momento tan especial te haya pillado un poco despistado, o despistada. No pasa nada: por eso estás ahora hablando con el Señor sobre ese momento que solo vemos totalmente con los ojos de la fe. ¿Qué puedes hacer durante el minuto y medio que dura la Consagración? Lo primero es ponerte de rodillas, porque vas a presenciar lo más grande que puede ocurrir en la tierra. Después, escuchar con inmenso agradecimiento esas palabras con las que se hace presente ante ti Jesús entregando su vida por ti. ¿Y qué le dices en los instantes en los que se alza el Cuerpo y la Sangre del Señor? Puedes apropiarte de la fe de santo Tomás: “Señor mío y Dios mío”; adorarle con las palabras del himno eucarístico: “Te adoro con Devoción, Dios escondido”; amarle como san Pedro: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”; o… decirle lo que quieras con tus propias palabras. El reto de hoy para #AmarLaMisa es recordar cómo estás viviendo ese momento tan especial en el que Jesús apuesta por ti y pensar cómo lo puedes vivir a partir de ahora para que estar en la pasión, muerte y resurrección de Jesús te haga #crecerxaadentro.

Evangelio según san Lucas (4, 31-37)

Sé quién eres; el Santo de Dios

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.


Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».


Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!».


El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño. Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».


Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

Para la lectura


San Josemaría deseaba poner un oratorio en los centros de la Obra para que se pudiera celebrar la Misa y rezar ante Jesús en la Eucaristía. Aquí va la historia de la primera Misa en un centro, donde se procuró dar a Dios lo mejor que tenían.

"Jesús, ¿vendrás pronto a tu casa?"

José María Escrivá amaba con pasión a Dios, presente en la Eucaristía, el «fuego divinísimo del Sagrario», como escribió. Animaba a quienes le oían a tratar a Jesucristo, a tener la «amorosa costumbre de “asaltar” Sagrarios»; e impulsaba a cada uno a «meterte dentro de cada Sagrario, cuando divises los muros o las torres de las casas del Señor. —Él te espera».


Escrivá había soñado con el momento en el que pudiera tener a Jesús sacramentado en una casa de la Obra. El oratorio sería un lugar en el que se rezaría con paz. Estaría puesto con buen gusto y cariño. Con este fin, recogió numerosas ideas acerca de soluciones para los futuros oratorios de los centros de la Obra, en los que destacaría el altar donde se celebrase la Misa y el sagrario donde estaría reservada la Eucaristía. Así, anotó en el verano de 1932: «Podría haber al fondo del presbiterio y bajo un arcosolio, p.e., un altar con Sagrario, a fin de tener allí al Señor reservado, diciéndose en este altar la Sta. Misa una vez a la semana, para renovar las Formas. Y, en medio del presbiterio, una mesa de altar aislada —verdadera mesa, riquísima, como todo—, en la que se celebre a diario la Misa, consagrando un Copón, que se purifique a diario también».


El fundador consideraba que se debía gastar lo que fuese necesario para que el oratorio fuese digno, sin ceder a la tentación de dejar cosas a medio acabar. De modo particular, los vasos sagrados y el tabernáculo debían ser lo más ricos posibles, pues estaban en contacto directo con Jesús Sacramentado. Por esos años, un sacerdote le comentó que prefería «ver al Ssmo. Sacramento en recipientes de estaño antes que ver a gentes que pasen necesidad; hasta el punto que, de buena gana, vendería Custodias y Cálices y Copones…»; Escrivá, en cambio, planteaba las cosas de modo distinto: «¡Dios mío! Yo, que os he ofendido tanto y que, sin ninguna duda, valgo delante de Ti incomparablemente menos que aquel señor cura, opino de muy distinto modo: con Tu ayuda los sagrarios de la Obra de Dios, cajas fuertes para el mejor tesoro, serán muy ricos exteriormente, aunque del todo cubiertos por el conopeo, e interiormente procuraremos que estén formados por cuajarones de brillantes y perlas y rubíes —sangre y lágrimas— expiación, que sólo veas Tú, mi Dios».


Una de las principales razones para dar el salto de Luchana a Ferraz fue la posibilidad de tener a Jesucristo con ellos. En la Academia no había parecido conveniente contar con un sagrario, pues durante una parte de la jornada —sobre todo en las horas nocturnas— no había gente en el piso. La Residencia, en cambio, aseguraba la custodia de la casa durante las veinticuatro horas del día. El propio José María Escrivá deseaba dormir en la Residencia porque, como apuntó, rezaría con calma («es de noche, precisamente, cuando veo que el Señor me pide —en su casa— vigilancia y reparación»), y «porque espero que Él se vaya a vivir con sus hijos, —somos hijos de Dios— a la Casa del Ángel Custodio, en Navidad del 34, y ¿en qué cabeza cabe que, estando allí Jesús (ya vamos mirando el precio de una buena caja de caudales, para ese Sagrario), no esté yo?»..


Al llegar a Ferraz y ver las habitaciones de la casa, el fundador escogió una para que fuese el oratorio. La habitación, una de las tres más grandes de la casa, tenía más de veinticinco metros cuadrados. Podía alojar cómodamente a veinte personas sentadas.


La preparación del oratorio se prolongó seis meses, debido a que necesitaban dinero para comprar los ornamentos y objetos necesarios para la celebración de la Misa y la reserva del Santísimo Sacramento. José María Escrivá recibió algunos regalos destinados al oratorio.


A principios de marzo, aceleraron los preparativos. Don José María tenía ilusión por celebrar la Misa y dejar reservado al Santísimo el día de san José: «Jesús, ¿vendrás pronto a tu Casa del Ángel Custodio, al Sagrario? ¡Te deseamos!» [1094] . Sin embargo, tuvieron que esperar unos días más, pues aparecieron dificultades de última hora. Según el fundador, «el demonio pone chinitas, para retrasar la venida de Jesús al Sagrario de esta Casa».


El camino estaba definitivamente allanado. El sábado 30 de marzo acometieron los preparativos finales: flores para el oratorio, avisos a las personas que habían participado de un modo u otro en las actividades de DYA, y compra del desayuno para todos los asistentes a la ceremonia. Antes de que concluyera el día, el Padre escribía a José María González Barredo: «¡Por fin!… Jesús viene a vivir con nosotros. Et omnia bona pariter cum eo…, y todo lo bueno vendrá también con El».


Amaneció el día 31, cuarto domingo de Cuaresma. Desde primera hora, llegaron a la Residencia diversos universitarios y la familia Bordiú, hasta superar las cuarenta personas. Como el oratorio no daba abasto, algunos estudiantes se quedaron en el pasillo. A las nueve y media comenzó la Misa. Celebró el Padre, ayudado por los residentes Alberto Ortega y Luis San José, que actuaron de acólitos. Predicó una homilía vibrante y sentida. Y «a las 10 menos 5 —como apunta con emoción Sainz de los Terreros en el diario—, al pronunciar el P. [Padre] las palabras de la Consagración: “ Hoc est enim Corpus meum ”, vino Jesús a nuestra Casa… y para siempre… ¡Qué bueno eres Jesús!». Después de la acción de gracias de la Misa, desayunaron en el comedor, en dos turnos. Luego, se hicieron algunas fotografías en la terraza. Era una jornada festiva, que invitaba a la alegría.


Desde el 31 de marzo, las celebraciones litúrgicas tuvieron lugar en el oratorio. Don José María celebró allí la Misa cuando se lo permitió su trabajo ministerial en Santa Isabel; se había propuesto celebrar al menos semanalmente, para renovar las formas consagradas que se custodiaban en el sagrario. También invitó a sacerdotes amigos a que celebrasen la Misa. Algunos días, sobre todo los sábados, tuvieron la bendición con el Santísimo [1113] . Y todas las jornadas, los residentes y conocidos que iban por DYA se acercaban para rezar un rato ante el sagrario.


Del libro DYA: La Academia Residencia en la historia del Opus Dei, de José Luis González Gullón

Para otro rato de oración te pueden servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):



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