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10/08: Orgullosos de ser cristianos

San Lorenzo. Los primeros cristianos tenían que esconderse para celebrar los sacramentos, pero entonces ¿cómo consiguieron cambiar el mundo pagano? Porque en su día a día no ocultaban que eran cristianos y su modo de vivir era atractivo para otras personas. ¿Tu #crecerxaadentro se nota por fuera en el día a día?


Aprender de Jesús e #InspirarseEnLosSantos


A Jesús lo vemos siempre entre las muchedumbres, salvo alguna ocasión que se aparta para orar con paz, pero en seguida baja de ese monte donde oraba para estar con las gentes, buscando siempre el bien para quienes le escuchan y le siguen. Se acercan a Él personas de todo tipo, algunos incluso que no venían con buenas intenciones. Pero Jesús no se esconde, ni siquiera cuando las autoridades deciden perseguirlo para darle muerte. Él sabe cuál es el sentido de su vida, su misión, lo que su Padre le pide para nuestro bien. Y aunque le pueda costar la vida, no duda, lo afronta, por nosotros.


San Lorenzo, que hoy es su fiesta, tampoco dudó en dar la vida por Jesús porque se sentía orgulloso de seguirle. Él era como el tesorero del Papa, hasta que el emperador detuvo y ejecutó a todos los servidores del Papa, menos a Lorenzo a quien se le ordenó entregar las riquezas de la Iglesia. Entonces pidió tres días para juntarlas y llevárselas… En ese tiempo vendió y dio todo a los pobres; al tercer día fue al prefecto acompañado con todas las personas pobres y enfermas que pudo y le dijo: "¡Este es el tesoro de la Iglesia!" El prefecto, sintiéndose engañado, decidió una muerte especial para él. Ordenó que lo mataran en una parrilla. San Lorenzo mostró su alegría hasta el final. Se dice que mientras lo interrogaban, dijo humorísticamente a sus torturadores que le dieran la vuelta, que de ese lado ya estaba hecho. ¿No te gustaría tener esa fuerza para compartir tu alegría con todos hasta en los momentos más difíciles? Es cuestión de que tu #crecerxaadentro se note por fuera. Mira lo que te sugiere san Josemaría para cambiar el mundo, como los primeros cristianos:


Un consejo de san Josemaría de #InspirarseEnLosSantos

Con tu conducta de ciudadano cristiano, muestra a la gente la diferencia que hay entre vivir tristes y vivir alegres; entre sentirse tímidos y sentirse audaces; entre actuar con cautela, con doblez... ¡con hipocresía!, y actuar como hombres sencillos y de una pieza. –En una palabra, entre ser mundanos y ser hijos de Dios.

Surco, n. 306


El reto de hoy de #InspirarseEnLosSantos


Vivir en tu día a día cristianamente, sin importarte que se note. Así han vivido y queremos vivir los cristianos, como Jesús nos mostró: sin avergonzarte de hacer el bien, de ese modo extraordinario de amar a todos, de tantas cosas buenas que deseas hacer a otras personas. ¿No es para sentirse felices? No porque nos creamos mejores, sino porque Jesús nos ha mostrado el mejor modo de vivir, el más humano, el más bonito, y queremos compartirlo: que sean muchas personas las que lo conozcan por tu propio ejemplo y alegría. Un cristiano no se esconde, no tiene un grupo cerrado de amigos; se abre, acoge y comparte su vida, porque se siente afortunado del amor de Dios. Sabemos que tenemos un tesoro, aunque a veces no somos conscientes o incluso nos puede avergonzar mostrarnos con naturalidad como cristianos y nos viene a la cabeza: “¿qué pensarán…?” Pero si tu conducta es la de un cristiano de verdad, te tendrán “envidia” de la buena. El reto de hoy al #InspirarseEnLosSantos es pensar y ser consciente en este rato de oración de lo afortunada o afortunado que eres al ser amiga o amigo de Dios y pedirle al Señor la valentía para comportarte siempre como buenos hijos de Dios. Así transformarás la posible vergüenza de hacer el bien, de hacer cosas buenas y de seguir a Jesucristo… en sentirte orgulloso de Él, de mejorar el mundo, empezando por tu familia y amigos: no por miedo a perderlos, sino porque les quieres, como nos ha enseñado el Señor, y por eso rezarás un poco por ellos, irás a misa, te confesarás,… y les contagiarás tu estilo de vida.

Evangelio según san Juan (12, 24-26)

A quien me sirva, el Padre lo honrará

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».

Para la lectura


Pedro Casciaro, uno de los primeros del Opus Dei, nos cuenta cómo un amigo suyo, buen cristiano le ayudó en sus primeros meses en Madrid, sin grandes lecciones… las virtudes de Ignacio le facilitaba tener amigos y compartir las cosas buenas.

Una gran suerte para mí que seamos amigos

“Yo no era en aquel lejano 1932 más que un joven estudiante venido de provincias, preocupado por situarse en el medio universitario, y como todo recién llegado, deseoso de hacer nuevos amigos. Y en este aspecto, realmente tuve suerte. Uno de los primeros chicos a los que conocí fue Ignacio de Landecho, quien, a pesar de su juventud, era ya un hombre a carta cabal. Fuerte, decidido, íntegro y apasionado, Ignacio preparaba también el ingreso en la Escuela de Arquitectura y fue, sin duda alguna, uno de mis mejores amigos durante aquellos años.


Yo admiraba en Ignacio su fortaleza, su audacia y el desparpajo con que se movía en todos los ambientes. Recuerdo que en una ocasión presenciábamos juntos un desfile militar en la Castellana, desde el balcón de la casa de un amigo común. Dos o tres pisos más abajo, también en un balcón, estaban unas chicas conocidas que comenzaron a gritar: ¡baja, Ignacio! ¡baja! Entonces, Ignacio, sin dudarlo un momento, saltó al otro lado de la barandilla, bajó un piso y otro piso agarrándose a las molduras del edificio, y fue deslizándose por la fachada hasta llegar al balcón donde estaban las chicas, mientras todos conteníamos el aliento. Así era Ignacio.


En otra ocasión nos fuimos de excursión a Salamanca, y cuando nos encontrábamos en una de las torres de la Catedral, Ignacio, ni corto ni perezoso, se puso a trepar por el exterior hasta que logró alcanzar la veleta de hierro. Verdaderamente, su valentía rayaba algunas veces en la temeridad.


Coincidía con él en las clases de la Facultad de Ciencias, que estaba todavía en el viejo caserón de la calle de San Bernardo, aunque hubo un periodo en el que tuvimos las clases y talleres provisionalmente en el viejo edificio de Areneros, que el Gobierno había incautado a los Jesuitas. También íbamos juntos a la Academia de dibujo del pintor José Ramón Zaragoza. Y como teníamos mucho que estudiar, con cierta frecuencia quedábamos para repasar temas. (…)


A medida que pasan los años veo con mayor claridad que fue una gran suerte para mí aquella amistad con Ignacio, con el que tan buenas migas hice desde el primer momento. Nos ayudábamos mutuamente en el estudio; y él me fue introduciendo en algunos buenos ambientes de Madrid, y también, sin que yo me diera cuenta, me fue alejando de otras amistades menos convenientes. (…) Ignacio tenía mucha más formación espiritual que yo.


Del libro Soñad y os quedaréis cortos, de Pedro Casciaro.

Para otro rato de oración te puede servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):


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