• Crecer para adentro en vacaciones

12/08: Aprende a amar como Dios te ama

Es obvio que el calor, el relax, el nada que hacer… nos hacen más costoso amar a Dios y a los demás. Es la experiencia común. ¿Qué te dice Jesús? Escuchar la palabra de Dios en Misa te ayudará a #crecerxaadentro. Bueno, solo si la escuchas... ¡para vivir!


Aprender de Jesús para #AmarLaMisa


Después de la muerte de Jesús, hay dos discípulos que vuelven a su pueblo, llamado Emaús. Van desanimados, sin ganas de nada, porque habían apostado por Jesús esperando que fuese el Salvador y, en cambio, ha sido crucificado. Entonces, mientras caminaban, les salió al encuentro el propio Jesús, aunque no lo reconocieron. ¿Y qué hace ese desconocido? Les va explicando cómo la Sagrada Escritura habla del Salvador. Les cuenta de Abraham, Moisés, el rey David, los profetas… y de tantas personas con las que Dios contó para preparar al pueblo de Israel y anunciar la venida del Mesías, su muerte y su resurrección. Aquellos dos discípulos se fueron animando en su corazón a medida que escuchaban a aquel desconocido e iban comprendiendo mejor las Escrituras. Y en la cena, al partir el pan, le reconocieron y se llenaron de alegría: era Jesús resucitado. Cuando estamos adormilados, no tenemos ganas de nada y todo nos cuesta más… ¿ves como escuchar a aquel desconocido les devolvió el ánimo y reconocerle les llenó de alegría? A la Misa también vamos a escuchar la palabra de Dios: ¿qué consecuencias tiene en tu vida? Fíjate en lo que te aconseja San Josemaría, especialmente sobre la lectura del Evangelio:


Un consejo de san Josemaría para #AmarLaMisa

Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.
—El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida.
Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..."

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Forja, n. 754.


Un reto para #AmarLaMisa


Como ves, cuenta mucho la actitud con la que escuchas la Palabra de Dios. No se trata sólo de escuchar para saber cómo es Jesús, que es importante, sino de escuchar para vivir como Jesús, más importante todavía. Cuando se quiere vivir como Jesús, se sacan fuerzas para escuchar lo que nos dice. Por eso, aunque las lecturas se vayan repitiendo y ya conozcas esa historia de Abraham o de Moisés; te suene ese “El Señor es mi pastor, nada me falta” de los salmos; o te sepas de memoria la parábola o el milagro que se ha leído en el Evangelio, la pregunta es: Señor, ¿qué quieres que yo haga? ¿Qué me quieres proponer en este día de vacaciones? Escuchar lo que Dios quiere decirte cada día será un motivo para ir a Misa cada domingo y también algunos días más entre semana. Por supuesto, te será más agradable si vas con algunos amigos o amigas. Y cuando no puedas ir, siempre puedes leer el evangelio del día. Para #AmarLaMisa y que la Misa te ayude a #crecerxaadentro, hoy el reto es escuchar (o leer) el Evangelio de la Misa para vivir como Jesús, es decir, para que se note en tu vida la palabra de Dios que has escuchado (o leído): ¿qué quieres que yo haga en este día? ¡Ánimo con tu propósito para amar como Dios te ama!

Evangelio según san Mateo (18,15-20)

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Para la lectura


Cuando se lee o se escucha el Evangelio para querer vivir como Jesús siempre hay frases que se quedan más grabadas. Eso mismo le pasaba a san Josemaría: que se “quedaba” con algunas frases de la Sagrada Escritura y se las repetía al Señor igual o retocándolas con sus propias palabras. Aquí va un ejemplo que ocurrió hacia el final de su vida.

Los leitmotiv del Evangelio

Escrivá está con Del Portillo en el comedor de la Villa Vecchia. Llama a Carmen Ramos y a Marlies Kücking. Charla un rato con ellas. No puede disimular su decaimiento físico. El tono de su voz es quedo, opaco y como craquelado. Les confiesa:


–Hijas mías, yo no tengo ningunas ganas, ningún deseo de hacer este viaje. Voy allí, a América, otra vez, porque es voluntad expresa de Dios que vaya... Pero yo no tengo fuerzas para ir. Voy también por amor a mis hijos, y me identifico con la voluntad de Dios; pero si no fuese así, yo no haría este viaje.


Mientras habla, Escrivá sostiene entre las manos una copa de agua en la que se está diluyendo un medicamento. Tendiéndoselo a Del Portillo, le dice:


–Álvaro, hijo, mira a ver si esto se ha disuelto ya, porque yo no veo bien...


–Es que el día está muy encapotado, Padre, y aquí hay muy poca luz... Pero no, todavía no se ha disuelto.


Ve muy poco. Son aquellas cataratas que diagnosticó en Milán el doctor Romagnoli. Curiosamente, Escrivá ha escogido como lema, como leit motiv de su oración para este año final, unas palabras del Evangelio: Domine, ut videam!, Señor, ¡que vea! Son las mismas con que, siendo un muchacho, interpelaba a Dios, porque necesitaba «ver» qué quería de él.


Ahora ya no pide ver el querer de Dios, sino a Dios mismo. Y conjuga el verbo de modo generoso: «¡que vea!, ¡que veamos!, ¡que vean!».


En alguna ocasión, rezando en el oratorio, con la mirada puesta en el crucifijo del altar, lanza en voz alta un lamento doliente:


–¡No te veo! ¡No puedo verte a Ti, Cristo mío!


Tiene muy leídos, muy trabajados, muy rezados los salmos del Salterio de David. De uno de ellos, el número 26 – tibi dixit cor meum..., oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me lo apartes–, toma unas palabras, vultum tuum, Domine, requiram, y las repite saboreándolas, de manera constante, al menos desde diciembre de 1973. Josemaría las traduce con fuerza apremiante:


-«Busco tu rostro, Señor y ¡quiero verte, cara a cara!».


Y, a veces, incluso durante la comida se le escapa un irreprimible «¡Señor, que quiero darte un abrazo!».


Esa búsqueda del rostro de Dios, sin velaturas, sin nociones intermedias, en un abrazo «cuerpo a cuerpo», lleva un ritmo de crescendo tumultuoso en su alma:


–Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram. Buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara.


«Cerrar los ojos, y pensar que podré verle». Es el luminoso crepúsculo en el que se va encendiendo más y más la luz, a medida que el día viejo atardece.


En otro momento, abriendo su confidencia, recia y suavemente, como se abre una hogaza de pan, les dice a algunos de sus hijos:


–No acabo de aprender, no acabo. Tengo ansia de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios... Ayer me apuntaba algo que había leído, recitándolo, montones de veces: et ostende faciem tuam et salvi erimus, ¡hazme ver tu cara, tu rostro; y ya estoy en el Cielo, ya estoy salvo, ya estoy seguro!


Es como si se le hubiese fijado una afición que ni puede ni quiere ahuyentar:


–Muchas veces, cuando hago la oración solo, la hago... ¡a gritos!, aunque sea oración mental. ¡Tengo hambre de conocer el rostro de Jesucristo! Pero.... dejémoslo estar. Ya llegará ese momento.


Esas impaciencias, esas prisas por echarse en los brazos del totalmente Otro, no son cosa de última hora. Desde que era un mocetón bachiller, Josemaría ha sentido el abrazo envolvente del amor de Dios. Y así ha vivido siempre: tomado, habitado, señoreado por el Otro.


Lo prodigioso es que, con el paso del tiempo, ese amor no esté agriado, ni enmohecido, ni ajado. Lo mantiene terso, sabroso, impulsivo, como cuando era joven. Como cuando, en Madrid, primeros años treinta, escribía aquel intrépido y encantador punto 111 de Camino, que a tantas y a tantos habría de dar envidia:


«Me has hecho reír con tu oración... impaciente. Le decías: No quiero hacerme viejo, Jesús... ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde. Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel».


Y es que, más de cuarenta años atrás, Josemaría vivía ya con el desgarro de un «corazón en carne viva», ansiando una «unión más gallarda», y presintiendo que, toda una vida, sería «mucho esperar para verte».


Del libro El hombre de Villa Tevere, de Pilar Urbano.

Para otro rato de oración te pueden servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):



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