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13/08: Jesús, ¡dime algo!

¡Cuántas veces nos han dicho que la oración es #HablarConDios! Ese diálogo interior —íntimo— entre un Padre y su hija o su hijo. Pero luego, nos ponemos a “hacer oración” y aquello parece de todo menos una conversación. Bueno, quizá Jesús quiere que aprendamos a entrar en ese diálogo…


Aprender de Jesús para #HablarConDios


No siempre es fácil rezar. A veces, pasa que estamos distraídos, pensamos en mil cosas distintas en lugar de dedicarnos a la oración, quizá hasta nos aburrimos desde el primer minuto y pensamos que aquello de #HablarConDios no sirve para nada. Puede pasar. Los Apóstoles se quedaron dormidos cuando Jesús les pidió que rezaran más, justo antes de su Pasión y eso que venían de participar en la primera Misa de la Historia: ¡menudo evento! Pues se quedaron fritos y Jesús tuvo que despertarlos varias veces. Es verdad que el cansancio, las preocupaciones, el aburrimiento y otros obstáculos pueden dificultar que hagamos de verdad la oración. Pero quizá lo nuestro sea un problema anterior. Si nunca hemos rezado del todo bien (y siempre podemos mejorar), puede ser que lo nuestro sea que no sabemos de qué hablar con Jesús, cómo hacer de ese rato un verdadero diálogo, qué contarle… y qué esperar que nos cuente. Ya le pasaba a un joven estudiante al que atendía san Josemaría hace casi un siglo. Y mira lo que le contestó:


Un consejo de san Josemaría para #HablarConDios

Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.
En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!".

Camino, n. 91.


Un reto para #HablarConDios


¡Conocer a Dios! ¡Tratar a Jesús! ¡Ver cómo te conoce Él a ti! Todo eso es la oración. Y por eso llevamos tantas veces el Evangelio a la oración, o nos inspiramos en el ejemplo de los santos (que han conocido a Dios por la vía del amor), o quizá con algún libro espiritual. O con los mismos textos de #crecerxaadentro. Porque a Dios hay que conocerlo como se nos ha revelado, en Jesús. Y luego tienes que conocerle como “se te revela a ti”. En tú vida, ¿qué lugar ocupa Dios? ¿Cuándo tienes una alegría es Él con quien primero la compartes? Y si estás triste por algo… ¿vas a contárselo para que te ayude a superar esa pena, como haces los buenos amigos? Y tantas otras cosas que te ilusionan, con las que sueñas, esas que no te salen… ¡Todo eso le interesa a Jesús! Y cuando se lo cuentes hoy en la oración, verás cómo notas que también Él te habla. Quizá no con ruido de palabras, pero sí con esos propósitos, afectos e inspiraciones que se notan en el corazón. Y si sientes que no te dice nada, pues díselo claramente: Jesús, dime algo. Verás cómo te contesta (igual que a san Josemaría en la lectura de hoy).

Evangelio según san Mateo (18,21-19,1)

No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debla cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Para la lectura


En torno a la Navidad de 1937, al haber conseguido huir de la persecución religiosa y habiendo llegado a la España nacional, san Josemaría decidió hacer un curso de retiro él solo en el Palacio episcopal de Pamplona. Después de año y medio de teniendo que esconderse y ocultando que era sacerdote, tenía muchas ganas de rezar con calma. A la vez, se encontraba seco interiormente… Hasta que se lo dijo claramente a Jesús en la oración.

Jesús, ¡dime algo!

Examinándose, rebuscando interiormente, hubo de reconocer, en la presencia de Dios, que entre tantas y tan abundantes miserias encontraba, sin duda, flaqueza, pequeñez; pero nunca voluntad de ofender a Dios, fríamente.


Durante ese retiro hizo oración —oración de niño, con expansiones de niño— y lloró —con llorar de dolor: de dolor de Amor— ante su falta de correspondencia a la gracia. En cuanto hurgaba ligeramente en su conciencia, se alzaban ante su vista fallos y omisiones e, infinitamente más alta, la Misericordia divina; y le venía de nuevo en abundancia el don de lágrimas: [...] quedo solo deshecho en lágrimas: ¡tan cerca de Cristo, tantos años, y... tan pecador! La intimidad de Jesús conmigo, su Sacerdote, me arranca sollozos.


Si intentaba concentrarse en un punto de la meditación, se le escapaba, entre sollozos, el hilo de las consideraciones: La oración de Cristo: Me salí del tema. Llorar, clamar; clamar y llorar: ésa ha sido mi meditación. ¡Señor: paz! Y ante el ejemplo

de los santos se le saltaban fácilmente las lágrimas: Lloré —soy un llorón— leyendo una vida de D. Bosco, que pedí esta mañana al familiar del Sr. Obispo. Sí: quiero ser santo. Aunque esta afirmación, tan difuminada, tan general, me parezca de ordinario una tontería.


En fin, tampoco pudo contenerse a la hora de la confesión, cuando vivos sentimientos de dolor de Amor conmovían todo su ser: He confesado con D. Vicente Schiralli y —¿cómo no?— he llorado a moco tendido delante de este santo señor. Llorón, llorón y llorón. Pero ¡benditas lágrimas, don de Dios, que me dan una alegría honda y un goce, un no sé qué, que no sé explicar!. Hasta el punto, dice, que me preocupaba este desbordarse de mi ternura en Cristo, como un niño. De suerte que no le avergonzaba comportarse como niño candoroso e ingenuo, que comete alguna que otra osadía espiritual.


Cierto día —el 22 de diciembre, para ser exactos— el Vicario había consagrado en la capilla de palacio los cálices que iban a enviarse a los sacerdotes castrenses. Don Josemaría se aseguró de que nadie rondaba por allí: Me quedé un momento solo en la capilla, y puse, para que mi Señor se lo encuentre la primera vez que baje a esos vasos sagrados, un beso en cada cáliz y en cada patena: Eran veinticinco, que regala la Diócesis de Pamplona para el frente.


Había nevado. La temperatura era baja ese mes de diciembre en Pamplona. El frío le calaba los huesos. La meditación de la muerte no caldeó sus sentimientos, pero sí la meditación sobre el juicio, la cual le arrancó de nuevo lágrimas y firmísimos propósitos:


Mucha frialdad: al principio, sólo brilló el deseo pueril de que “mi Padre-Dios se ponga contento, cuando me tenga que juzgar”. —Después, una fuerte sacudida: “¡Jesús, dime algo!”, muchas veces recitada, lleno de pena ante el hielo interior. —Y una invocación a mi Madre del cielo —”¡Mamá!”—, y a los Custodios, y a mis hijos que están gozando de Dios... y, entonces, lágrimas abundantes y clamores... y oración.


Fragmento de “El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia” de Andrés Vázquez de Prada.

Para otro rato de oración te pueden servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):



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