• Crecer para adentro en vacaciones

14/08: Dar la vida por los demás

San Maximiliano Kolbe. Cuando se está de vacaciones es más fácil pensar “Que me lo hagan todo, que yo tengo que descansar”, que “Yo voy a hacer todo, para que descansen los demás”. Es la vida… Pero #crecerxaadentro te hará descubrir que se es más feliz sirviendo que dejándose servir.


Aprender de Jesús e #InspirarseEnLosSantos


Cuando ves a Jesucristo en la Cruz… ¿no te impresiona que el mismo Hijo de Dios decidiera padecer tanto para que nosotros pudiéramos gozar de una nueva vida y quedar definitivamente libres del pecado, para volver a ser hijos de Dios? Y mientras moría en la Cruz aún decía a su Padre, “perdónales, porque no saben lo que hacen”. Y no es que no le costara… Cuando dos días antes Jesús oraba en el huerto de los olivos, temblaba mirando las horas sucesivas pensando en nuestras traiciones, nuestros pecados… pero también pensaría que valía la pena el bien inmenso que nos hacía dándonos una nueva capacidad de amar que apreciaríamos, que agradeceríamos, que acogeríamos… y concluyó que sí, que sí vale la pena dar la vida por ti. Por hacerte feliz se abrazó a la cruz: ¿entiendes cuánto te ama Dios?


Hoy la Iglesia celebramos a san Maximiliano Kolbe, un sacerdote que durante la segunda guerra mundial fue apresado por los nazis y encerrado en el campo de concentración de Auschwitz. Cuando los guardas seleccionaron algunos para ir al “bunker del hambre” para que murieran allí, el padre Kolbe se ofreció como voluntario en el puesto de un padre de familia y salvarle la vida. Tras dos semanas de agonía sin agua ni comida aún vivía y cantaba himnos a María, decidieron los guardas matarlo con una inyección letal. Sus últimas palabras al guarda que le ponía la inyección fueron: “no han entendido nada de la vida, el odio no vale para nada, sólo el amor crea. Ave María”… al día siguiente fue incinerado y sus cenizas dispersadas.


Jesús a nosotros probablemente no nos pida morir en una cruz o ser mártires, pero sí te propone querer a los demás con la misma intensidad. El modo habitual de “entregar” tu vida será mediante el amor, más concretamente con el servicio, que es dar la vida por los otros. Aquí está nuestro modo de amar, de sacrificarnos por los demás: ayudarnos unos a otros. Y san Josemaría te da una idea que puede ayudarte a ponerlo en práctica:


Un consejo de san Josemaría de #InspirarseEnLosSantos

Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.
– ¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!

Camino, n. 440.


Un reto de #InspirarseEnLosSantos


Quizá ahora no tienes mucho “trabajo” que terminar, pero sí tienes tus cosas. El ejemplo de Jesús y de san Maximiliano Kolbe nos recuerda que no hay mayor alegría que poner la vida al servicio de los demás, sin buscar una recompensa humana. Y… ¿yo? ¿Tengo que ofrecer mi vida en martirio? ¿Moriré en una cruz? Si hiciera falta, ¿estarías dispuesta o dispuesto? Pero es improbable que llegues a esas situaciones, aunque hay cristianos en el mundo que sí mueren mártires, jóvenes como tú. #InspirarseEnLosSantos nos ayuda a comprender que vale la pena dar la vida por los demás. El reto de hoy que te ayudará a #crecerxaadentro será aprender a morir, a entregar la vida, en cosas pequeñas… Puedes pensar ahora en tener algún pequeño detalle con tu familia o amigos, pero sin que lo noten, disfrutando porque les haces felices sin que puedan agradecerlo siquiera, sólo lo verá Jesús. Por ejemplo, puedes recoger u ordenar algo en la cocina o en la sala de estar; acompañar un rato a tus padres o abuelos; escuchar con verdadera atención a alguien que te cueste más; llamar a alguien; hacer el encargo de algún hermano… O aquello que se te ocurra.

Evangelio según san Juan (15, 9-17)

Ya no os llamo siervos; a vosotros os llamo amigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.


Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.


Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.


No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

Para la lectura


En las primeras casas y residencias de la Obra, antes de la guerra civil, San Josemaría se ocupaba de muchas tareas que no le correspondían, pero que hacía de mil amores para ayudar a los demás. Y lo hacían sin que lo supieran los beneficiados.

Lava que te lava...

El funcionamiento de la Residencia el año anterior había sido, verdaderamente, un milagro cotidiano. En 1934 habían comenzado con una buena plantilla de criados: dos mozos de servicio y un cocinero profesional, al que hubo que despedir enseguida, debidamente remunerado, por supuesto, porque no tenían residentes. Ahora, más precavidos, redujeron el personal doméstico a una cocinera y a un joven criado.


El joven criado no se excedía, precisamente, en el cumplimiento de sus deberes. Sacerdote (san Josemaría) y director realizaban las faenas domésticas cuando los residentes salían de casa. Hacían las camas. Barrían los cuartos. Fregaban platos y preparaban la mesa. Venían entrenados desde el curso anterior. Eran veintitantos los residentes y las faenas de limpieza se hacían a mano y con buen ánimo.


“El día de S. Carlos, 4 de nov. -se lee en un apunte del mismo San Josemaría -, hizo dos años de la vocación de Ricardo. Lo celebramos, fregando él toda la vajilla de la casa aquella noche. Yo la secaba y llevaba a su sitio. Terminamos cerca de las doce, con santa alegría”.


Del libro DYA. La Academia y Residencia, de José Luis González Gullón

Para otro rato de oración te pueden servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):



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