• Crecer para adentro en vacaciones

16/08: ¡Vámonos de fiesta! -¿A qué?

Dice un proverbio japonés que los que se preocupan mucho por divertirse, ni se divierten ni dejan de estar preocupados. Es lógico, porque ¿sabes de dónde viene la palabra “diversión”? Viene de di-vertere, es decir, verterse hacia afuera. Claro, la verdadera diversión, la que llena de alegría, viene de sacar para afuera lo que llevas dentro. Al #crecerxaadentro… podrás sacar afuera lo mejor de ti.


Aprender de Jesús para #ContagiarTuAlegría


Son numerosos los momentos en los que contemplamos a Jesús en casas de amigos y conocidos, ya sea para pasar un rato o sentados a la mesa: en casa de Pedro, de Leví, de Simón, de Zaqueo o de Jairo. Y seguro que también recuerdas cuando Jesús estuvo en una boda en Caná de Galilea y realizó allí su primer milagro: convertir el agua en un vino de primera calidad. Las bodas eran fiestas que duraban varios días y en esos días los recién casados expresaban y compartían su inmensa alegría con familiares y amigos: gran banquete, sonaba la música, sala de baile, terrazas para descansar, quizá algún patio para fumar, zona de niños… y ¿sabes por qué Jesús hizo más vino? Porque se bebía vino y se había acabado. Es de cajón, pero nos enseña que se puede beber, bailar, descansar, comer… para divertirse, para expresar hacia fuera lo que se lleva dentro: en este caso fue la alegría de casarse, de emprender una vida juntos, de celebrar la familia que crece. Y allí estaba Jesús, compartiendo esa gran alegría con sus amigos recién casados y con todos los demás. Jesús, de fiesta, con una alegría sobrenatural como la que describe san Josemaría:


Un consejo de san Josemaría para #ContagiarTuAlegría

La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarse en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios.

Camino, n. 659.


Un reto para #ContagiarTuAlegría


Cuando tú sales de fiesta, ¿a qué vas y qué pretendes de los demás? Como ya habrás intuido, todo depende de lo que tengas adentro, porque eso será lo que saques afuera y lo que busques de los demás. Si alguien va a beber para desinhibirse, a bailar para buscar el roce, a comer para desansiarse, a fumar para escapar de su realidad, a enseñar cuerpo para liarse… entonces lo que tiene dentro esa persona será muy parecido a ese animalote que solo busca su placer y eso -placer- será lo que busque en los demás, aunque a lo mejor no quieran. Si en cambio, lo que tienes adentro es amor a Dios y a tus amigos y amigas, sabrás expresar eso -amor a Dios y a tus amigos- también por fuera y en modo fiesta (baile, música, hidratación, terraza…), y #ContagiarTuAlegría por estar juntos, por un cumpleaños, por el fin de exámenes, por cualquier celebración; y también será eso lo que busques en los demás: que estén alegres, que también puedan divertirse y expresar lo que llevan dentro. El reto de hoy es pensar en cómo son tus fiestas, a qué vas y qué buscas; pero también, cuando las organizan otros (colegas, desconocidos, locales, etc.) no dejes de preguntarte qué buscarán en esa fiesta. Porque el ambiente que encontrarás -qué hacen, cómo te miran, cómo te tratan…- estará marcado por a qué va la gente y qué es lo que buscan. Así, #crecerxaadentro también es saber divertirse, saber expresar hacia afuera lo que se tiene por dentro, y si en un tipo de fiestas no puedes ser tú misma, tú mismo, o la gente que acudirá se parece por dentro a ese animalote… ¿por qué no organizar otra o ir a una mejor?

Evangelio según san Mateo (15,21-28)

Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»

Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.» Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.» Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Para la lectura


Don Pedro Casciaro, cuenta el momento en que conoció a san Josemaría y cómo le impresionó la alegría y el buen humor del fundador de la Obra, y cómo le animó a cuidar el trato y el apostolado con sus amigos.

Una enorme capacidad de querer

En 1935, tres años después de mi llegada a Madrid, un amigo de la infancia, Agustín Thomás Moreno, me habló con admiración de un sacerdote al que había conocido recientemente, don Josemaría Escrivá, y me invitó a conocerle.


Le respondí con una irónica reacción de autosuficiencia y un comentario sarcástico. Nos volvimos a ver -tiempo más tarde, porque nos tratábamos poco- y Agustín me volvió a hablar de aquel sacerdote; yo le di largas de nuevo y seguí en este punto como quien oye llover.

Afortunadamente, Agustín fue tenaz. Y en una de esas raras ocasiones en las que coincidimos me dijo algunas frases de profundo contenido espiritual -que yo supuse que no serían de su cosecha, sino del sacerdote en cuestión- que me hicieron, muy a pesar mío, cierta mella. Y accedí a que me lo presentara.


Cada uno es como Dios le ha hecho. ¿Por qué accedí? He de reconocerlo: pura y simplemente, por curiosidad. La curiosidad era parte de mi modo de ser: me gustaba tratar a gente mayor que yo, conocer nuevos ambientes y fijarme en todo, hasta en los más mínimos detalles. Pero, naturalmente, acudí con el firme propósito de no hablar con aquel cura de cuestiones personales: iba a ver, a observar, a analizar; nada más.


Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número 50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en una placa reluciente: "Academia D Y A". Entramos. El recibidor me produjo una grata impresión inicial. No era lo que yo me pensaba: me había imaginado un local destartalado y frío, y me encontré en el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, decorado con buen gusto y, sobre todo, muy limpio. El ambiente era cordial y distendido. Buen comienzo. Me gustó.


Nos indicaron que pasáramos a una pequeña salita, donde esperamos unos momentos. Y de pronto entró un sacerdote joven y sonriente, de unos treinta años, que se detuvo un instante mirándome afablemente por debajo de los bordes superiores de sus gafas redondas de concha, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.


-Padre -dijo Agustín-, este es mi amigo, Pedro Casciaro... Entonces aquel joven sacerdote, excusándose ante Agustín -¡como si yo fuera un personaje importante!-, le rogó que nos dejara solos unos minutos. Nos sentamos a charlar y aquella conversación bastó para echar por tierra, de golpe, todos mis prejuicios.


Realmente el Padre, como le llamaban todos siguiendo la costumbre habitual para denominar a los sacerdotes en aquella época, no tenía nada que ver con la idea que yo me había hecho de él: me esperaba un curita espiritualista y algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió desde el primer momento una gran confianza y al mismo tiempo un respeto muy superior al propio de su edad. Me llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen humor... y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a lo largo de toda mi vida.


Quedamos en volver a vernos regularmente y en la siguiente entrevista comprobé que aquel impacto inicial no había sido la impresión pasajera de un momento. A medida que charlaba con el Padre, y le abría mi alma de par en par, iba descubriendo, progresivamente, la finura de su espiritualidad, su inteligencia privilegiada y su honda cultura. Y, muy especialmente, su enorme capacidad de querer y su gran comprensión.


No era sólo cosa mía: muchos otros amigos míos y compañeros de estudio que le conocieron, me comentaron lo mismo: como yo, se habían sentido comprendidos por el Padre desde el primer momento. Se veía claramente que nos quería de verdad y que nos tomaba muy en serio. Y que se preocupaba de todo lo nuestro; porque fui comprobando, semana tras semana, que el Padre no se ocupaba sólo de aspectos puramente espirituales: al mismo tiempo que nos exigía en determinados puntos de la ascética cristiana, nos iba inculcando un profundo sentido de la responsabilidad y nos iba educando humanamente, casi sin que nos diéramos cuenta, con la finura de su comportamiento y con la elegancia de su trato.


Del libro Soñad y os quedaréis cortos, de Pedro Casciaro.

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