• Crecer para adentro en vacaciones

17/08: Eso, eso... y eso... ¿te hace más libre o menos?

Cuántas veces nos ha venido el erróneo pensamiento de ver a alguien que “pasa de Dios” y sin embargo parece que está feliz… El demonio aprovecha ese momento para meterte una envidia falsa. Y te hace pensar que tú en cambio estás limitado por tener que pasar por el aro de los mandamientos, del sacrificio, de la virtud. Si lo has pensado alguna vez, no te preocupes…pero esa forma de pensar es veneno en el corazón. Es más esclavo el que está encadenado por la pereza, el que se deja llevar por sus instintos sin más. Sí: a veces somos menos libres porque nos esclaviza nuestra pereza, nuestras pocas ganas de ayudar… Sólo Jesús nos libera de las cadenas del pecado porque solo Él nos perdona y nos da la fuerza para hacer todo por Amor.


Aprender de Jesús para #SerMásLibres


Hoy nos cuenta San Lucas que se acercó a Jesús un muchacho joven, como tú. Le preguntó que tenía que hacer para ir al Cielo. Jesús le dijo que viviera los mandamientos. Pero que, si quería llegar hasta el final, vendiese todo y le siguiese. Siempre me ha impresionado este muchacho del evangelio. Era un crack, vivía los mandamientos. Estará seguro en el Cielo. Pero… ¡Se perdió lo mejor! Haber sido uno de los apóstoles, haber vivido una aventura espectacular, ser uno de los primeros evangelizadores… Pero se quedó atado por las cadenas de las riquezas, de la seguridad de lo que tenía. Cuando queremos seguirte Señor, haz que rompamos las cadenas de la inseguridad y que nos demos cuenta de que la única seguridad eres Tú.



Un consejo de san Josemaría para #SerMásLibres

¿Quieres tú pensar —yo también hago mi examen— si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? Volvamos la mirada a nuestro Jesús, cuando hablaba a las gentes por las ciudades y los campos de Palestina. No pretende imponerse. Si quieres ser perfecto..., dice al joven rico. Aquel muchacho rechazó la insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis, que se retiró entristecido. Por eso alguna vez lo he llamado el ave triste: perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios.

Amigos de Dios 24.


Un reto para #SerMásLibres


Cuando respondemos libremente y por amor, no perdemos cosas, sino que conquistamos una vida de amor a Dios y a los demás, conquistamos nuestra felicidad. Es Dios el que nos da esa fuerza que nos hace capaces de vencer a lo que nos ata a nosotros y nuestra comodidad impidiéndonos volar hacia el Cielo a nosotros y nuestros amigos. El reto para hoy es romper nuestras cadenas sacando almas del purgatorio. San Josemaría las llamaba “mis buenas amigas”. Cuando te cueste hacer algo, aunque sea muy pequeño, te puede ayudra a vencer la pereza ofrecerlo por esas almas que aún no han llegado al Cielo. Verás como Jesús te dará ese plus de fuerza que necesitas. Al vencerte, ofrécelo por ellas. Con la seguridad de que adelantarán en su camino hacia al cielo, e incluso entrarán por fin. Y te lo deberán a ¡ti! (Por los méritos de Cristo en la Cruz).

Evangelio según san Mateo (19, 16-22)

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con la cruz y me siga

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.»

Él le preguntó: «¿Cuáles?» Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.»

El muchacho le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?»

Jesús le contestó: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo.»

Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico.

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Para la lectura


Cuando San Josemaría tenía 22 años, murió su padre. Antes de entrar en el Seminario le había pedido a Dios un hermano para que le “sustituyese” y ayudase a sus padres... y había nacido su hermano Santiago. Pero la muerte de su Padre le ponía ante una nueva decisión que tomar...

¿Para qué quiero conservar esta llave?

Cuenta Vázquez de Prada que el 27 de noviembre de 1924 “recibió Josemaría un telegrama de su madre requiriendo su presencia en Logroño, pues el padre se hallaba gravemente enfermo. Tomó el tren de la tarde (…). Por el tono del telegrama y la urgencia con que le comunicó la noticia el Presidente del Seminario, Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, se enteró Josemaría del fallecimiento de su padre antes de salir de Zaragoza. Al entrar en casa vio el cadáver, ya piadosamente amortajado por la madre y la hermana. Descansaba en el suelo de la sala, sobre una colcha granate. Vació el hijo su pena con abundantes lágrimas; rezó con gran serenidad cristiana.


De la noche a la mañana le cayó al joven seminarista la pesada carga de tener que sostener económicamente a la familia. Las esperanzas puestas en el hermano pequeño, cuya existencia había pedido al Señor para que le reemplazase, porque él pensaba hacerse sacerdote, se habían venido abajo. Ahora tendría que hacer de padre, más que de hermano mayor de Santiago.

Examinó su situación. Era subdiácono y, como tal, atado por unos compromisos adquiridos para con la Iglesia, entre ellos el dedicarse en celibato al servicio de Dios. Así y todo, le era factible conseguir una dispensa del celibato. ¿Quién iba a extrañarse de ello en vista de sus nuevas obligaciones? Sin embargo, a pesar de la reciente desgracia, se sintió interiormente fortalecido, como más confirmado aún en su vocación. Su confianza ilimitada en la Providencia daba por enteramente resuelto el problema. Si la muerte del padre hubiera sucedido antes del subdiaconado, ¿no se habría planteado tal vez la duda de si seguir o no hasta el sacerdocio?

El día del entierro, la comitiva atravesó el puente, camino del cementerio. Josemaría iba delante (…). Bajaron la caja a la fosa. Echó el hijo el primer puñado de tierra. El sepulturero le entregó la llave con que habían cerrado el ataúd. Regresaron a Logroño y, en el camino de vuelta, al cruzar el puente sobre el Ebro, el huérfano meditaba su desamparo. Echó mano al bolsillo y sacó la llave del ataúd. Con decisión, como arrancándose de lo que podría representar un simbólico apegamiento, contrario a su vocación, tiró la llave al río. ¿Para qué quiero —se decía para sus adentros— conservar esta llave, que puede ser para mí como una ligadura?


Ahora, en contrapartida a esta nueva desgracia familiar, se le mostraba con mayor transparencia el sentido de su vida y la mano de Dios, que le acompañaba a través del sufrimiento. Por la vía del dolor se le despojaba de afectos humanos, de recursos materiales y de cuanto pudiera significar un apoyo en el futuro. Ante sus ojos desfilaban las tres hermanitas muertas en Barbastro, la quiebra del negocio de su padre, las estrecheces económicas, y la familia huérfana a su cargo. Todo ello formaba parte de la historia de su alma, que el Señor estaba forjando.


A su hermano Santiago, que no había cumplido aún seis años, se le quedó grabado el gesto de Josemaría cuando, ante el cadáver, prometió que haría las veces de su padre: “Delante de mi madre, hermana y de mí dijo –recordó siempre– que no nos abandonaría nunca y cuidaría de nosotros”.


De https://opusdei.org/es-es/article/7-muerte-de-don-jose/

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