• Crecer para adentro en vacaciones

2/08: Vivir sin máscaras

¿No te has sentido alguna vez atrapado por las apariencias? Y es que tener que aparentar quien no se es… agota. Para amar y sentirnos amados necesitamos mostrarnos como somos, libres de máscaras: #crecerxaadentro también es mostrar lo que llevas dentro.


Aprender de Jesús para #AmarDeCorazón


Probablemente hayas tenido este pensamiento sobre alguna persona: “vaya falso”. Y es que con las personas falsas… cuesta. Le costaba hasta a Jesús. Jesús, durante su paso por la tierra, no rechazó nunca a nadie, por muchos pecados que tuviera: te acordarás de Zaqueo el publicano (considerados pecadores), la mujer samaritana con un montón de “maridos”, la pecadora pública que lava sus pies con sus lágrimas… Sin embargo, con los falsos e hipócritas… Jesús nos previene contra ese veneno de la hipocresía. En una ocasión rodeado de miles de personas no tiene ningún miedo en gritar: “guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Hipócritas, no.


¿Conoces el origen de la palabra “hipócrita”? Así se designaba en el mundo griego al actor o la actriz que, con una máscara y un disfraz, asumía ante el público otra personalidad: reina, mendigo, general... Ocultaba su propio ser detrás de la máscara para tomar cualidades y sentimientos postizos. Él era quien fuera, pero de cara al público era otro. Para divertirse está bien, pero en la vida real… ¿qué te parece ser un hipócrita -una hipócrita- con los demás? Y, sin embargo, a veces casi sin darte cuenta ¿no vas con tus tres o cuatro máscaras? Una para estar con las amigas y amigos, otra para andar por casa, otra ante el sacerdote o personas que te ayudan en tu vida cristiana, o la máscara (ahora en desuso por vacaciones) ante los profesores… y ¿tienes también una máscara para Dios? Fíjate en lo que san Josemaría te aconseja para #crecerxaadentro y abandonar esas máscaras:


Un consejo de san Josemaría para #AmarDeCorazón


Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Señor, si quieres -y Tú quieres siempre-, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus.

Es Cristo que pasa, 93


Un reto para #AmarDeCorazón


Ya ves que el Señor es como el médico, que para que nos cure hemos de mostrarnos como somos. ¿Cuesta? Pues claro. Pero dile al Señor que seas una chica o un chico sin máscara, sin disfraz: con tus virtudes y también con tus defectos, contra los que con la ayuda de Dios lucharás y mejorarás. La sinceridad es la virtud que nos ayuda a manifestarnos hacia fuera tal como somos por dentro. Todos tenemos la tendencia de que cuando hacemos algo mal, lo ocultamos o lo justificamos; o la culpa siempre la tienen los demás. Para #AmarDeCorazón no has de tener miedo a mostrarte como eres, ni miedo a aceptar a los demás como son. Por eso, el reto de hoy es abandonar tus máscaras y mostrarte como eres: llamar a las cosas por su nombre, no disimular tus fallos, no justificarte buscando excusas, contar las cosas como son, como han sido, no cambiar tu comportamiento según con quien estés. Verás cómo te ayuda a #crecerxaadentro cuando reconozcas tus límites, porque Dios te ayudará a superarlos. Y te liberarás del peso de las máscaras para amar de verdad.

Evangelio según san Mateo (14, 13-22)

Comieron todos y se saciaron

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»


Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»


Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»


Les dijo: «Traédmelos.»


Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Para la lectura


Pedro Casciaro, uno de los primeros del Opus Dei, narra en primera persona su primer encuentro con san Josemaría. Podrás ver cómo llevaba puestos sus prejuicios y sus máscaras para hablar con el fundador del Opus Dei, pero la autenticidad que encontró en él hizo que se quitara sus máscaras y se mostrara tal como era.

"Le abrí mi alma como nunca había hecho antes"

Eso no significa que yo fuera por aquel entonces una especie de pagano recalcitrante. Creía en Dios, me consideraba católico, tenía fe y acudía a los sacramentos de vez en cuando; pero carecía de unos conocimientos religiosos mínimamente adecuados para mi edad. Había heredado de mi padre algunas suspicacias anticlericales y experimentaba, por ejemplo, una gran prevención –casi alergia– hacia los sacerdotes y religiosos.


No sabría definir bien la causa de esta prevención: pero el caso es que la tenía, y no sabía –ni quería saber– nada con “los curas”, como los denominaba con deje despectivo. Y lo curioso es que hasta entonces nunca había charlado con uno cara a cara, salvo en las ocasiones en que me acercaba a un confesionario. Por supuesto, jamás había tenido confesor fijo.


Esas prevenciones me habían llevado siempre a mantener las distancias con los pocos sacerdotes que se habían cruzado en mi camino: algún profesor del Instituto de Segunda Enseñanza o algún cura de la parroquia. Los observaba con espíritu crítico, y me repelía la educación que yo juzgaba –sin duda injustamente– un tanto peculiar de los clérigos de aquel tiempo.


Por eso, cuando en 1935, tres años después de mi llegada a Madrid, un amigo de la infancia, Agustín Thomás Moreno, me habló con admiración de un sacerdote al que había conocido recientemente, don Josemaría Escrivá, y me invitó a conocerle, le respondí con una irónica reacción de autosuficiencia y un comentario sarcástico.


Nos volvimos a ver –tiempo más tarde, porque nos tratábamos poco– y Agustín me volvió a hablar de aquel sacerdote; yo le di largas de nuevo y seguí en este punto como quien oye llover.

Afortunadamente, Agustín fue tenaz. Y en una de esas raras ocasiones en las que coincidimos me dijo algunas frases de profundo contenido espiritual –que yo supuse que no serían de su cosecha, sino del sacerdote en cuestión– que me hicieron, muy a pesar mío, cierta mella. Y accedí a que me lo presentara.


Cada uno es como Dios le ha hecho. ¿Por qué accedí? He de reconocerlo: pura y simplemente, por curiosidad. La curiosidad era parte de mi modo de ser: me gustaba tratar a gente mayor que yo, conocer nuevos ambientes y fijarme en todo, hasta en los más mínimos detalles. Pero, naturalmente, acudí con el firme propósito de no hablar con aquel cura de cuestiones personales: iba a ver, a observar, a analizar; nada más.


Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número 50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en una placa reluciente: Academia DYA. Entramos. El recibidor me produjo una grata impresión inicial. No era lo que yo me pensaba: me había imaginado un local destartalado y frío, y me encontré en el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, decorado con buen gusto y, sobre todo, muy limpio.

El ambiente era cordial y distendido. Buen comienzo. Me gustó. Nos indicaron que pasáramos a una pequeña salita, donde esperamos unos momentos. Y de pronto entró un sacerdote joven y sonriente, de unos treinta años, que se detuvo un instante mirándome afablemente por debajo de los bordes superiores de sus gafas redondas de concha, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.


–Padre –dijo Agustín–, éste es mi amigo, Pedro Casciaro...


Entonces aquel joven sacerdote, excusándose ante Agustín –¡como si yo fuera un personaje importante!–, le rogó que nos dejara solos unos minutos. Nos sentamos a charlar y aquella conversación bastó para echar por tierra, de golpe, todos mis prejuicios.


Realmente el Padre, como le llamaban todos siguiendo la costumbre habitual para denominar a los sacerdotes en aquella época, no tenía nada que ver con la idea que yo me había hecho de él: me esperaba un curita espiritualista y algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió desde el primer momento una gran confianza y al mismo tiempo un respeto muy superior al propio de su edad. Me llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen humor... y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a lo largo de toda mi vida.


No sabría precisar cuánto tiempo estuvimos charlando; lo más probable es que no pasara de los tres cuartos de hora. Sólo recuerdo que al despedirme le dije:

–Padre: me gustaría que usted fuese mi director espiritual.


Del libro Soñad y os quedaréis cortos, de Pedro Casciaro,

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