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21/08: ¿...Pero no en la Iglesia?

Los santos, como san Pío X que celebramos hoy, se referían a la Iglesia como “nuestra madre, la Iglesia”. Quizá te parece un poco extraño llamarla “madre”… y es que la Iglesia podría parecer algo abstracto, que no tiene mucho que ver con mi vida… ¿en qué sentido la Iglesia es mi madre, y por qué quererla me hace #crecerxaadentro?


Aprender de Jesús #InspirarseEnLosSantos


Alguna vez habrás escuchado, o incluso habrás pensado, “yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”. Y es que a veces es como para no creer: escándalos, enseñanzas que parece que están un poco pasadas de moda, personas que dicen una cosa y hacen otra… incluso revisando nuestra propia vida podemos ver que nosotros mismos en ocasiones no damos el ejemplo que deberíamos. Pero, Jesús contaba con eso, ¿no? Entre sus primeros seguidores hubo grandes santos, pero también algunos traidores, como Judas. Pero incluso los santos eran personas normales y corrientes: los apóstoles, las santas mujeres… todos con sus virtudes y defectos, como tú y como yo. Y cuando se fue al Cielo quiso que todos formáramos una gran familia, la familia de la Iglesia. Pero es que ¿se puede amar a la Iglesia a pesar de todos esos defectos que vemos en los cristianos como a una familia?


Hoy celebramos la fiesta de san Pio X, el Papa que estuvo al frente de la Iglesia entre el año 1903 y 1914. Cuando fue elegido no quería aceptar el cargo, porque se creía indigno de ser Papa. Sin embargo, unos cardenales lo convencieron diciéndole que el Espíritu Santo lo había elegido, y que le contaría con toda Su ayuda. Aceptó y eligió el nombre de Pío en honor a los anteriores papas Pío, porque habían sufrido mucho por defender la Iglesia porque la amaban mucho. Por esta razón, san Josemaría -que amaba mucho a la Iglesia, de la que el Opus Dei es una partecica, como solía decir- nombró a san Pio X como intercesor del Opus Dei para pedirle especialmente ayuda en lo que tenga que ver con las recomendaciones y consejos del Papa y la Santa Sede para la Obra, y para que la Obra defienda siempre a la Iglesia y al Papa. ¿Cómo puedo yo amar más a la Iglesia para defenderla siempre? Estas palabras de san Josemaría te pueden dar una clave:


Un consejo de san Josemaría #InspirarseEnLosSantos

Tienes un afán grande de amar a la Iglesia: tanto mayor, cuanto más se revuelven quienes pretenden afearla. —Me parece muy lógico: porque la Iglesia es tu Madre.

Surco, n. 354.


Un reto #InspirarseEnLosSantos


¡La Iglesia es mi madre! Jesús subió al Cielo, pero confió a la Iglesia todos los medios que tú y yo necesitamos para ser santos y felices: le dejó los sacramentos para nacer y crecer como hijos de Dios, las enseñanzas de Jesús para vivir como Él, el ejemplo de los santos que nos esperan en nuestra Casa del Cielo… ¡Soy cristiano y creo y vivo como cristiano gracias a la Iglesia! Por eso vale la pena cuidarla y defenderla… y ¡amarla! Puedes pedir ahora al Señor que no haya más Judas, sino que seamos todos leales a Jesús siendo muy leales a la Iglesia, sabiendo amarla y defenderla como defenderíamos a nuestras madres. No quiere decir que cerremos los ojos a lo que hacemos mal, ni que pasemos de los que critican a la Iglesia, pero sí podremos comprender que el mal es más cosa nuestra que de la Iglesia, o que las críticas tantas veces se hacen porque no se conocen las razones por las que la Iglesia enseña las cosas. Para querer a alguien necesitamos conocerlo; para querer a la Iglesia también necesitamos conocer bien lo que ella enseña y nos da. Por eso, el reto de hoy para #InspirarseEnLosSantos es buscar esas cosas que a veces no entiendes de la enseñanza de la Iglesia y apuntarlas, para ir tras una respuesta, ya sea preguntando a alguien con más experiencia, o leyendo algo que te pueda ayudar (o nos puedes escribir para cualquier cuestión que quieras…).

Evangelio según san Mateo (22, 34-40)

Amarás al Señor con todo tu corazón

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».


Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la ley y los profetas».

Para la lectura


El 2 de octubre 1928 san Josemaría vio el Opus Dei. Usaba siempre ese verbo, ver, porque no podía expresarlo de otro modo. Desde el principio san Josemaría entendió que la Obra era una partecica de la Iglesia, como solía decir, y siempre manifestó ese amor a la Iglesia y al Papa, lo que se ve en este relato de la fundación del Opus Dei.

Santos de la calle, santos en el mundo

En 1928, don Josemaría aprovechó la pausa académica para asistir a un retiro espiritual para sacerdotes en la casa central de los Paúles, desde el domingo 30 de septiembre al 6 de octubre. El martes por la mañana, 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, después de celebrar Misa, don Josemaría se hallaba en su habitación leyendo las notas sobre los favores que había recibido de Dios en los años precedentes y, de repente, le sobrevino una gracia extraordinaria, con la cual comprendió que el Señor daba respuesta a sus insistentes peticiones.


«Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé –estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática–, di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles», que volteaban en su fiesta.


Con esa luz de Dios vio personas de toda raza y nación, de toda edad y cultura, que buscan y descubren a Dios en medio de la vida ordinaria, en el trabajo, en la familia, en la amistad, en las diversiones. Y que buscan a Jesús para amarle y vivir su vida divina, hasta dejarse transformar por completo y hacerse santos. Santos en el mundo. Un santo panadero o sastre o ingeniero o banquero. Un santo sencillo, un ciudadano como todos los demás que viven a su lado, pero convertido en Cristo que pasa e ilumina. Un hombre que endereza a Dios toda su actividad, que santifica el trabajo, se santifica en el trabajo y santifica a los demás con el trabajo. Un hombre que cristianiza su ambiente, que con la sencillez y el calor de la amistad lleva a Jesús al que tiene a su vera. Un hombre que contagia la fe cristiana.


Era una visión deslumbrante. La vocación bautismal que se enciende. Los cristianos comunes, los laicos, que se vuelven apóstoles, que hablan de Dios con naturalidad y con garbo, que alzan a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Personas normales que asumen a fondo la participación en el sacerdocio de Cristo, ofreciendo cada día el sacrificio santificador de su propia vida.


La voluntad de Dios estaba muy clara: abrir a personas de todas las edades, estados civiles y condiciones sociales un nuevo panorama vocacional en medio de la calle, para su Iglesia. Una visión eclesial que prometía frutos abundantes de santidad y de apostolado en toda la tierra, porque los cristianos, en el mundo, renovarían el mundo sin separarse lo más mínimo de él.

En 1961 el fundador escribía:


«La Obra es una novedad, antigua como el Evangelio, que hace asequible a personas de toda clase y condición –sin discriminaciones de raza, de nación, de lengua– el dulce encuentro con Jesucristo en los quehaceres de cada día. Novedad bien sencilla, como son las nuevas del Señor».


Describiría siempre el espíritu del Opus Dei así: «Viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo». Esa Obra era una acción de la Iglesia, porque miembros de la Iglesia eran los que actuaban, y en el sentido más amplio e inmediato, porque el apostolado de esas personas venía a coincidir tal cual con su propio obrar y no sólo con una acción apostólica en algún ámbito concreto. Por esto, refiriéndose tiempo después al apostolado de los miembros de la Obra, el fundador diría que es «un mar sin orillas», y también «una organización desorganizada». La vida entera, desde las tareas más menudas y domésticas a los grandes proyectos de apostolado, pasando por el trabajo profesional, era la que venía a constituir la manifestación de los hijos de Dios. La Obra estaba destinada a promover el plan divino de la llamada universal a la santidad.


Del libro San Josemaría Escrivá de Balaguer. Mi madre la Iglesia, de Michele Dolz

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