• Crecer para adentro en vacaciones

23/08: Querido Dios: estos son mis regalos...

A Misa procuramos ir bien arreglados, pero… mucho más importante que lo que llevamos por fuera es lo que llevamos por dentro. Al #crecerxaadentro te darás cuenta de que a Misa puedes llevar muchas cosas para el Señor, incluso cuando estás de vacaciones… y parece que no haces nada.


Aprender de Jesús #AmarLaMisa


Uno de los principales pasatiempos de los jubilados es sentarse con los amigos y ver pasar a la gente. Tiene su gracia que eso estuviera haciendo Jesús con sus apóstoles en una ocasión. Se encontraban frente al templo de Jerusalén y miraban tranquilamente cómo las gentes pasaban por allí y algunos dejaban sus limosnas en el gazofilacio, la hucha de las limosnas. Es fácil adivinar que algunos ricos agitarían sus bolsas para que el ruido metálico de las monedas hiciera notar a los de alrededor lo grande que era su ofrenda. Pero Jesús, ¿en quién se fijó? En una viuda que echó solamente dos monedas, pero no de las que le sobraban, sino de las que le hacían falta para vivir. Y es que Jesús es capaz de ver el corazón y contemplar el amor con el que actuamos, que es lo que realmente le agrada: ¿cómo no iba a conmoverse ante esa pobre viuda que le regala lo que tiene? También tú haces muchas obras buenas a lo largo del día, y quizá también sean sencillas, pero son las monedas que tienes y las que te hacen #crecerxaadentro. ¿Cómo hacer de todas esas obras buenas un bonito regalo para el Señor? San Josemaría te puede ayudar a acertar:


Un consejo de san Josemaría #AmarLaMisa

Insisto: en la sencillez de tu labor ordinaria, en los detalles monótonos de cada día, has de descubrir el secreto -para tantos escondido- de la grandeza y de la novedad: el Amor.

Surco, n. 489.


Un reto #AmarLaMisa


El amor es como el envoltorio que transforma todas tus pequeñas acciones de cada día en un regalo para Dios: tu estudio (o tu lectura, ahora en vacaciones), tus detalles de servicio, tu descanso en la playa o en la montaña, tu oración, tus buenas acciones, tus pequeños sacrificios, tu deporte, tus paseos con las amigas y amigos, tu diversión,... Todo, absolutamente todo, lo puedes hacer por amor y llevarlo a la Santa Misa para regalarlo al Señor, incluso con etiqueta: por tus padres, hermanos, amigos y amigas, por el Papa, la Iglesia, los enfermos, la paz... Cuando el sacerdote en la Misa ofrece el pan y el vino -después de la homilía- es el momento de dejar, hablando por dentro con el Señor, todos esos regalos para Él. ¿Te das cuenta del valor añadido que adquieren todas tus acciones, por simples que parezcan, cuando se las ofreces a Jesús? Y es que Jesús las ofrece con su vida por la salvación de todas las almas. Ofrecer a Jesús tus buenas obras te hará #crecerxaadentro al transformar tu vida en un regalo a Dios y a los demás. ¿Cómo no #AmarLaMisa? Por eso, el reto de hoy es que recuerdes qué le vas a regalar a Jesús en tu próxima Misa, con etiqueta incluida: tener tu ofrenda preparada te facilitará que no te olvides de decirle por dentro “Jesús, te ofrezco mis oraciones, mis sacrificios, mi deporte,… y ¡toda mi vida! Para ti y para los demás”. Dios ha entregado su vida por ti: ¿te imaginas la alegría que le das a Dios cuando tú entregas tu vida por Él?

Evangelio según san Mateo (16,13-20)

Tú eres Pedro y te daré las llaves del reino de los cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».


Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».


Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».


Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».


Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».


Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Para la lectura


Don Javier Echevarría, segundo sucesor de san Josemaría, vio muchas veces al fundador del Opus Dei celebrar la Misa. Aquí van algunos de sus recuerdos, escritos en primera persona.

Para que el Señor se lo encuentre

San Josemaría me confiaba en una ocasión: yo beso apasionadamente el altar. Pienso que allí se renueva el Sacrificio del Calvario; y allí, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se vuelcan con la humanidad... Llenaos de deseos de amor, de reparación y de sacrificio. Él nos ha dado su Amor, y amor con amor se paga. Que no me digan que Dios está lejos: está bien metido dentro de cada uno de nosotros, si no le echamos por el pecado.


Impresionaba mucho el tono con que leía los textos litúrgicos, con la nitidez propia de quien los pronuncia a la vez con la boca y con el corazón. Rezaba el Credo, con una fe profunda y sincera. Paladeaba cada palabra.


Preparaba luego, con gestos y miradas de verdadero amor, la hostia y el vino que habrían de transformarse después en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. El gesto de sus manos al tratar las Sagradas Especies, denotaba el afecto que abrigaba su alma y su anhelo de acariciar a ese Dios que se nos entrega. Acariciarle, no solamente con las manos, sino con la vida entera. Y cuando, llegado el Ofertorio, tomaba la Hostia o el Cáliz en las manos, resultaba evidente que colocaba allí a toda la humanidad y muy especialmente a la Iglesia Santa, al Papa, a los Obispos, y a sus hijas y sus hijos. Se advertía entonces la autenticidad de su respuesta a los que le manifestaban sus preocupaciones: mañana, cuando suba al altar, pondré todo lo que me dices en la patena, para que el Señor se lo encuentre cuando baje.


Se notaba que pedía por la santidad de toda la Iglesia. Repetidamente nos comentaba que su oración se extendía a todos los Pastores de la Iglesia y a los fieles, empezando por sus hermanos sacerdotes, para que fuesen auténticos mediadores entre Dios y los hombres.


Ponía ante el Señor lo que llevaba en el alma, con el convencimiento seguro de que le escuchaba, y de que le iba a conceder lo que pedía, de la manera más conveniente. En 1962, nos encarecía: encomendad a la gente en la Santa Misa, y decídselo así porque lo agradecen y porque eso es vida cristiana. No podemos hablar de Dios de una manera hueca y pedante, sin contenido, sino llevando la esencia de Dios a las almas con el enriquecimiento de la Santa Misa, con esa renovación del Amor y del Sacrificio de Cristo, que ha de ser el centro y la raíz de nuestras vidas.


Se apoyaba gozosa y confiadamente en la intercesión de la Santísima Virgen María. Recuerdo bien su inclinación de cabeza mientras pronunciaba su nombre. Disfrutaba con la enumeración de los Santos y Mártires. Se llenaba de alegría y al mismo tiempo de vergüenza, porque el Señor nos había colocado entre sus elegidos para que le rindiésemos culto aquí en la tierra, y para que eternamente se lo demos en el Cielo: por lo tanto, somos elegidos de Dios.


Muchas personas que asistieron a alguna Misa celebrada por Mons. Escrivá de Balaguer, han relatado la fuerte impresión que sintieron al llegar a la Consagración.


Su fe resplandecía mientras pronunciaba las palabras que actúan la Transubstanciación, sabiendo que en ese momento no es Josemaría quien las dice, sino Cristo. De acuerdo con las rúbricas de entonces, se inclinaba sobre el altar, cogía la Santa Hostia con cariño y respeto, con suavidad y delicadeza, sin afectación ninguna, poniendo todo su amor. En 1956, le escuché este comentario: "Porque esto es mi Cuerpo... Porque éste es el Cáliz de mi Sangre..." No lo digo yo, lo dice Él; yo le presto mi voz, mi persona; pero es Cristo quien consagra, porque no hay más sacerdote que Cristo, Sacerdote Eterno. Como no hay más que una Víctima: por eso me gusta a mí tanto tocar la Forma con mis manos: en ningún sitio está mejor la Víctima que en las manos del sacerdote. Y solía agregar, cuando se refería a este privilegio: yo, que soy un miserable, le presto mi voz, mi voluntad, todo mi ser. Y Él, que es el Amor infinito, que no necesita de nadie, se somete a mi pobre persona.


Pronunciaba las palabras de la Consagración con solemnidad, con encendido amor, con claridad y delicadeza, con una fe que se tocaba. Luego, con el Cuerpo de Nuestro Señor o el Cáliz en sus manos, invocaba interiormente: Dominus meus et Deus meus! ["¡Señor mío y Dios mío!"] Después añadía sin ruido de palabras: Adauge nobis fidem, spem et charitatem! ["¡Auméntanos la fe, la esperanza y la caridad!"] Inmediatamente recitaba en silencio una oración al Amor misericordioso: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo, en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Pedía después: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace ["la alegría y la paz"] a mí y a todos. Y finalmente, mientras volvía a arrodillarse, repetía: Adoro te devote, latens Deitas ["te adoro devotamente, Dios escondido"]. Eran estas oraciones modos fijos de adorar al Señor, que completaba con otras invocaciones y jaculatorias. Por ejemplo, había épocas en las que le manifestaba: ¡Bienvenido! ¡Gracias por haber venido!


Recuerdo con qué pasión nos hablaba de nuestras genuflexiones ante el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor: ¡que le adoréis, y que no tengáis vergüenza de que el pueblo vea que le adoráis, y que le adoráis con todo vuestro amor!


En el memento [recuerdo] de difuntos, volvía a recogerse con profunda piedad. Como en el de vivos, curvaba un poco la espalda, metiendo la cabeza sobre el pecho, y apoyándola en las manos juntas delante. Solía repetir que rezaba por todas las almas del Purgatorio -¡sus buenas amigas, las ánimas del Purgatorio!-, deteniéndose a pedir en concreto por sus padres y sus parientes, por sus hijas e hijos, por los padres de sus hijas y de sus hijos, por los hijos de sus hijas y de sus hijos. Con la misma devoción y con la misma caridad encomendaba a las almas de personas que habían intentado hacer daño a la Obra: no les guardaba el más mínimo rencor, ni se sintió jamás enemigo de nadie.


Ponía luego un especial cuidado en la fracción de la Hostia, con auténticas caricias de veneración. Por eso, no me extrañó en absoluto un suceso de sus últimos años: vino a su memoria la primera vez que tuvo al Señor entre sus manos y cómo había temblado entonces físicamente, por su devoción y respeto; al recordarlo, volvió a experimentar un temblor idéntico, y de nuevo imploró que nunca se acostumbrase a tratarle ni a tocarle.

Siempre me ha conmovido la intensidad con que recibía la Comunión. Su compostura traslucía un reconocimiento de su indignidad y de su nada. Dirigía al Señor con frecuencia las palabras que rezaba mientras se preparaba para sumir el Sanguis [la Sangre de Cristo]: “¿qué podré devolver al Señor por todos los dones que me ha concedido?”.


Terminada la Comunión, purificaba atentamente la patena, el corporal y el cáliz, pero sin caer en el escrúpulo de estar mirando y remirando más tiempo del debido. Exhortaba a los sacerdotes a poner los medios para que no se perdiese ninguna partícula; pero, al mismo tiempo, sin dejarse llevar por los escrúpulos, pues si alguna no se encontraba, ¡la recogerán los Ángeles!


Del libro Memoria del Beato Josemaría Escrivá, entrevista de Salvador Bernal a Mons. Javier Echevarría

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