• Crecer para adentro en vacaciones

25/08: Aprender a amar los propios límites

La alegría no es fácil. ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez triste por el éxito ajeno? ¿Quién no ha tenido envidia porque otro es más simpático o simpática, es más alta o alto, tiene más cosas, etc.? ¿Quién no se ha visto calculando lo bien que les va a los demás tan fácilmente y lo poco que le rinden a uno los muchos esfuerzos? Y, sin embargo, Dios ha pensado en todas y cada una de tus cualidades y en todas y cada una de las cosas que te faltan. Ojalá hoy tú puedas verte un poco más con los ojos con que Jesús te mira, esos ojos que te hacen #crecerxaadentro.


Aprender de Jesús #VivirConAlegría


Seguramente habrás escuchado alguna vez estas palabras de Jesús: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud». Jesús quiere que seas feliz. Jesús quiere que seamos felices y que no nos preocupemos por lo que nos parece que nos falta, porque todo lo que tenemos nos lo ha dado nuestro Padre Dios y todo lo que nos “falta” lo ha permitido Dios para que podamos luchar por ser mejores.


¿Crees que Jesús era un hombre feliz? Jesús, conectaba con todo, con todo y con todos, porque sabía que todo había sido hecho para El. Nadie ha disfrutado más de sus padres que Jesús, porque era consciente de que habían sido hechos para El. Nadie disfrutaría tanto de Nazaret, y eso que Nazaret era una aldea, porque sabía que sus calles, sus rincones, su actividad y todo lo que acontecía cada día, era para Él. Era su aldea y disfrutaba de ella. ¿Y las gentes? Quizá los demás a veces veían los defectos de los otros, pero Él sólo veía las capacidades, lo bueno que tenían, y por eso conectaba con ellos y disfrutaba con ellos. ¿Y ante las dificultades? Seguro que no te imaginas a Jesús o a la Virgen todo el día en Egipto quejándose, a ver, a ver cuando te llega ya otro sueño José. ¿Seguro que hoy no has soñado nada? Venga que esta tierra es un rollo, que Egipto es un secarral, no hay agua, sólo hay dátiles, … ufff. No, Jesús y la Virgen y san José eran felices con lo que hacían, con dónde estaban, con quién estaban, porque sabían ver que todo era bueno, todo había sido pensado por su Padre-Dios para ellos. Ser feliz en todos los momentos no es fácil, pero quizá te ayude este consejo de san Josemaría para #VivirConAlegría aceptando tus propios límites:


Un consejo de san Josemaría #VivirConAlegría

Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso…
Dale gracias por todo, porque todo es bueno.

Camino, n. 268.


El reto de hoy #VivirConAlegría


Al considerar tu propio modo de ser a la luz de Dios, estas en condiciones de aceptarte como eres: con talentos y virtudes, pero también con defectos que admitimos humildemente. La verdadera autoestima implica reconocer que no todos somos iguales y aceptar que otras personas pueden ser más inteligentes, tocar mejor un instrumento musical, ser más atléticos, más guapas, tener más dinero, ser más simpáticas o populares ... Todos tenemos buenas cualidades que podemos desarrollar y, más importante aún, todos somos hijos de Dios. En esto consiste la aceptación, que nos lleva a desechar las comparaciones excesivas que podrían conducir a la tristeza.


Nos aceptaremos como somos si no perdemos de vista que Dios nos ama con nuestros límites, que forman parte de nuestro camino de santificación y son la materia de nuestra lucha, ocasión para confiar más en Dios. El Señor nos elige, como a los primeros Doce: hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras… y admitir nuestras imperfecciones es un paso necesario para #crecerxaadentro: de aprender de los demás y de crecer en autoestima, porque si a pesar de todo Dios nos ama incondicionalmente, ¿cómo no estar siempre alegres? El reto para hoy puede ser pensar en las cosas buenas que tienes o has hecho y le das gracias a Dios por ellas; y en las cosas que te parece que te faltan o en las que has fracasado y le pides a Dios que te ayude a verlas con Sus ojos, para #VivirConAlegría siempre.

Evangelio según san Mateo (23, 23-26)

Limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera

En aquel tiempo, Jesús dijo:


«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.


¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera».

Para la lectura


Hoy la lectura es sobre el beato Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría en el Opus Dei. Decían que era un hombre bueno y alegre: en las líneas que siguen podrás conocer un poco más de cómo se fue formando ese modo de ser, con aciertos y con derrotas, porque “no era un santito”.

Un carácter que comenzaba a esculpirse

La semblanza de Álvaro en los momentos finales de su infancia se forja, precisamente, en su actitud ante las dificultades de salud. «Padecía un tipo de reuma que en ocasiones le impedía —solo en las fases agudas de la enfermedad— el comportamiento vivaz propio de un niño. En esas ocasiones debía asumir fuertes dosis de salicilatos y someterse a una dieta rígida, que seguía de acuerdo con las prescripciones del médico y las indicaciones de sus padres, que le controlaban con cariño y exigencia. Soportaba esta carga con buen humor, porque —así lo comentó en diversas ocasiones— mientras los demás hermanos tomaban un buen desayuno, al estilo mexicano, a él le correspondía solamente la medicación porque era incompatible con los otros alimentos. Entonces, hablando con sus hermanos, con tono y modos de decir mexicanos, hacía este comentario: “qué suertasa tienen ustedes, pueden tomar huevo frito con frijoles, y a mí solamente me dan salisilatos”».


Efectivamente, doña Clementina preparaba a su marido y a sus hijos muchos platos típicos de la gastronomía de su tierra patria. Álvaro conservó siempre, porque estaba acostumbrado desde pequeño, un gusto por los chiles mexicanos y, en general, por la condimentación picante de las comidas. Además, en la familia, todos eran muy aficionados al azúcar, hasta el punto de que, según refería, en la casa se consumía un kilo diario de ese producto. También era muy partidario de los plátanos, que —por deformación en su lenguaje infantil— llamaba palátanos.


Su buen humor ante las dificultades refleja dos notas de su carácter, continuamente subrayadas por los que le trataron en aquella época: un modo de ser enérgico, unido a una gran afabilidad. Su temple era cosa conocida en la familia, y fue pronto detectado también por sus profesores. En uno de los informes pedagógicos enviado a los padres, se indicaba que el carácter de Álvaro “se dibuja algo brusco”. Don Ramón, al leerlo, comentó: “¿Cómo que se dibuja? ¡Se esculpe!”.


Esa determinación, que era compatible con una cierta timidez, o al menos con un escaso interés por el protagonismo, estuvo acompañada de una gran bondad. Su prima Isabel Carles recalca que «era bueno, muy bueno: alegre, generoso y simpático. Ya desde pequeño tenía esa fortaleza y esa dulzura que le caracterizó siempre. Y tenía, además, un candor extraordinario y una gran humanidad».


Por otra parte, el calificativo de travieso que, como vimos, le acompañó desde pequeño, lejos de atenuarse, parece que se confirmó en aquella época. Su hermana Pilar cuenta que «un día, encontró un palito, yo no sé dónde, y disfrutaba pegándonos al resto de los hermanos en las piernas. Y no debió ser cosa de un día ni de dos; debió tomarle afición al juego, porque yo —que era un poco menor que él— lo recuerdo persiguiéndome por los pasillos de la casa atizándome con el dichoso palito... Pero en fin, no eran más que las travesuras normales de todos los niños. Jugábamos como todos los hermanos; pero pelearnos, lo que se dice pelearnos entre nosotros, no recuerdo que lo hiciéramos nunca».


Por último, era un chico piadoso. Sor María Luz del Sagrario Pérez, O.S.C., recordaba que en verano toda la familia se trasladaba a La Granja de San Ildefonso (Segovia), y Álvaro acudía con frecuencia a Misa a la iglesia de las Clarisas, en compañía de otros amigos de su edad.


(En su colegio) de modo habitual se practicaba fútbol, gimnasia sueca y con aparatos, esgrima, hockey, alpinismo y tenis. Álvaro cultivó estos deportes con afición aunque quizá, por lo que se deduce de algunos testimonios, con más fuerza que destreza. «Jugando al fútbol y también al hockey, había tenido experiencia de que sus entradas y sus choques podían producir lesiones en los adversarios; concretamente recordaba que abandonó el hockey porque en la primera intervención, mientras sujetaba el palo en una jugada, sin querer golpeó con el stick la cabeza del contrario».


Además, fue muy aficionado, sobre todo en los veranos, a la natación, la equitación y el ciclismo, demostrando una notable resistencia física. Estas actividades las desarrolló a partir de 1926, cuando mejoró del reumatismo que había empezado a sufrir a los diez años.


En el primer curso de bachillerato, a juzgar por las calificaciones, se produjo un bajón en su rendimiento escolar, que contrasta con los brillantes resultados obtenidos en la etapa anterior. Incluso, como recuerda uno de sus compañeros, «uno de los profesores puso, al lado de sus notas escolares, esta anotación: “payaso”. El calificativo nacería, sin duda, de alguna pequeña broma infantil que a algún severo profesor del Colegio no le habría hecho demasiada gracia (...). Eso me confirma mi recuerdo de Álvaro: un niño alegre, cariñoso y simpático; y algo travieso y “payaso”, como todos los niños. No era un “santito”; no había nada en él de beatería. Pero en aquella bondad, en aquella sencillez, en aquel deseo de ayudar a todos, se advertía ya el dedo de Dios».


Ciertamente, ese año el éxito escolar fue menor, pero también parece cierto que las valoraciones de sus profesores pecaron de pesimistas, como demuestran las calificaciones que obtuvo en los exámenes finales realizados en el Instituto: dos sobresalientes —en Aritmética y Geometría y en Religión—; y tres notables: Lengua, Geografía y Caligrafía.


En el curso siguiente, segundo del bachillerato, desaparecieron las apreciaciones negativas de los profesores sobre la conducta de Álvaro en clase, y las calificaciones permanecieron en puestos intermedios-altos. Las notas finales en el Instituto se concretaron en dos sobresalientes —Lengua Latina y Religión—; notable en Aritmética y Geografía, y aprobado en Gimnasia.


Fragmento de Javier Medina, “Álvaro del Portillo. Un hombre fiel”.

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