• Crecer para adentro en vacaciones

28/08: ¿Quieres ser feliz? ¡Pues elige bien!

“Recuerdo una mujer casada que decía, hablando de la boda con su marido: «yo había tenido novios más guapos, pero sabía que él era un hombre trabajador y bueno. Había visto lo bien que trataba a su hermano deficiente. Por eso me casé con él». Y acertó. Es que #SerMásLibres no es poder elegir, sino saber elegir bien. Pero... ¿qué es elegir bien?


Aprender de Jesús para #SerMásLibres


En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús pone el ejemplo de una costumbre judía: las amigas de la esposa esperaban al esposo con lámparas de aceite. En su parábola, Jesús cuenta que el esposo tarda y el aceite de las lámparas se va acabando, por lo que tienen dos opciones: ir por más aceite o no. Todas saben que es necesario el aceite en las lámparas para entrar en la boda acompañando al esposo y todas son libres para elegir. Así que unas se deciden por ir a buscar más (aunque ya era de noche, habría que pedirlo molestando a gente que estaría durmiendo…) y otras decidieron no ir por más aceite (justificándose en que era difícil de encontrar a esas horas, o que ya se lo daría alguien, o que tampoco hacía tanta falta…). Claro, cuando llegó el esposo, las que tenían las lámparas con aceite pasaron a la boda; pero a las “despreocupadas”, a las que se quedaron sin aceite en sus lámparas, se les prohibió entrar y se quedaron fuera.


Todas estaban llamadas a entrar a la boda y para eso estaban allí. Todas pudieron elegir ir por aceite para recibir al esposo con las lámparas encendidas o no ir y atenerse a las consecuencias: unas eligieron bien y entraron a la boda y disfrutaron; otras eligieron mal y se quedaron fuera y aburridas. Suena duro, pero lo enseña Jesús. ¿Te das cuenta de que lo importante no es poder elegir sin más, sino saber elegir bien, elegir lo que te lleva a entrar en la boda, lo que te lleva a ser santo, que es ser feliz? Los animales no pueden elegir hacer el bien o el mal, tú sí. Por eso, san Josemaría te aconseja lo siguiente:.



Un consejo de san Josemaría para #SerMásLibres

La religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma –no se aquieta– si no trata y conoce al Creador. Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero –¡nos quiere Cristo!– hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse.

Amigos de Dios, n. 38.


Un reto para #SerMásLibres


Nosotros no somos bestias, somos hijos de Dios. Tu destino (lo que Dios quiere para ti) es el Cielo, pero Dios no te obliga: tú eliges si caminar hacia allí y entrar con Él o no. Pero ¿quién crees que es más libre: la persona que con sus elecciones se acerca al Cielo o la que se aleja? Las bestias no eligen… tú sí, porque Dios te ha dado un alma capaz de amar, aunque tantas veces nos cuesta porque nuestra libertad está herida por el pecado. Ahora que vas volviendo de tus vacaciones y va quedando menos para comenzar el curso, además de programar tus clases, estudio, academias, deportes… ¿qué te parece prever también qué vas a hacer para mantener la lámpara de tu fe siempre bien encendida? Porque las cosas no suceden por arte de magia, las puedes elegir... y las puedes prever. Este puede ser el reto de hoy para #SerMásLibre y elegir bien: prever. Si quieres crecer en tu amistad con Jesús, piensa cuándo podrás quedar con Él para hacer oración, o recibirle en la Comunión, o confesarte; si quieres conocer mejor tu fe para vivirla con más alegría, puedes prever leer algún libro, acercarte a un centro del Opus Dei o a tu parroquia; si quieres dirección espiritual para que te ayuden personalmente en tu vida cristiana, queda con algún sacerdote o con alguien con experiencia en la vida cristiana que te pueda aconsejar bien; si quieres que tus amigos se acerquen a Dios, piensa en cómo ayudarles mejor. Si quieres ser feliz, elige bien, elige siempre vivir con quien más feliz te quiere: Dios. Y serás más libre, porque tus elecciones te irán acercando a tu destino, que es el lugar para el que Dios te ha creado.

Evangelio según san Mateo (16, 24-28)

Que llega el esposo, salid a recibirlo

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Para la lectura


Hoy te proponemos el testimonio de un joven que conoció el Opus Dei. Se trata de Saulius Matulevicius, que nació en Lituania a finales de los 70. El te cuenta cómo era la relación con sus amigos y cómo siguió a Cristo aunque eso suponía elecciones potentes.

¿Por qué no lo haces? ¡Si lo hacemos todos!

El problema vino cuando mis amigos empezaron a tener relaciones sexuales con chicas, a los catorce, quince o dieciséis años. En medio del naufragio de mis amigos, comencé a leer el Evangelio y me aferré a Cristo. Decidí comportarme como un seguidor suyo, como un cristiano. El problema es que no sabía en qué consistía eso; estaba solo y no era fácil comportarse como un cristiano en medio de aquel ambiente.


–¿Por qué no lo haces? ¡Si lo hacemos todos!


–Porque soy cristiano –decía yo.


Unos se reían y otros se burlaban descaradamente de mí. (…). Pero luego, en mi casa, durante las conversaciones interminables que se tienen a esas edades, el mismo amigo que se burlaba de mí en presencia de los demás, me decía:


–Saulius, yo no creo en Dios, pero te respeto. Es más, te admiro.


Del Libro “El Baile tras la tormenta", de J. M Cejas.


***

Aquí tienes el relato completo de esta historia, por si te ha sabido a poco:


LA PALABRA PROHIBIDA


De vez en cuando en casa de mi abuela organizaban reuniones secretas, en las que hablaban de cuestiones misteriosas en voz baja. Un día descubrí que estaban relacionadas con una palabra prohibida, que no se atrevía a decir nadie. Yo tenía cuatro años, cinco como mucho, y le pregunté a los niños con los que jugaba en la plaza si sabían algo sobre esa palabra, pero no me supieron decir demasiado. Intuí que se relacionaba con «hacer cosas buenas»; pero era bastante raro: yo hacía cosas buenas esperando que pasara algo... y no pasaba nada.

Al fin me enteré de que mi abuela estaba preparando a mi hermana y a mis primas para hacer una cosa que llamaban «la Primera Comunión»; y un día, a los seis años, me dijeron que podía formar parte del grupo si me aprendía unas cuantas oraciones. Me las aprendí, recibí mi primera catequesis, y después de confesarme, hice la Primera Comunión. «Pero no tienes que decir nada en la escuela», me recordaron muchas veces.

No entendía el sentido de esa prohibición, pero obedecía. Hasta que un día la maestra preguntó en clase:

–A ver, niños, ¿quién de vosotros piensa que Dios existe?

¡Había dicho la palabra! ¡Había dicho Dios! Enmudecí y no me atreví a contestar. Entonces una niña de mi misma edad exclamó:

–¡Sí! ¡Dios existe!

La maestra se enfureció y empezó a gritar una serie de argumentos a favor del ateísmo. Entendí el porqué de las prevenciones familiares y empecé a reflexionar sobre el asunto. Aquella respuesta visceral –ahora me doy cuenta– me desagradó profundamente, aunque a mis ocho o nueve años no sabía qué razones se podían dar, en pro y en contra, sobre la existencia de Dios. De todos modos, por mi carácter racional, pensaba (y sigo pensando) que las cosas hay que razonarlas, más que gritarlas.

Hacia los diez años me fui desinteresando de Dios y de una religión de la que nadie hablaba.

Cuando tenía once mi padre sufrió una crisis de alcoholismo que me llevó a plantearme por primera vez el problema del mal. ¿Por qué Dios, si era tan bueno, permitía aquello? Y empecé a ir por mi cuenta a la iglesia en algunas ocasiones.

Eso les llamó la atención a mis padres, porque ellos celebraban la Navidad, pero no iban a Misa. Su formación religiosa se reducía a lo poco que les había transmitido mi abuela. Además, durante muchas décadas, ir a Misa significaba un riesgo que pocos estaban dispuestos a asumir.

Empecé mi propia búsqueda de Dios. Algunos amigos míos se interesaban por el ocultismo, por la teosofía de Helena Blavátskaya, por la New Age... Me prestaron algunos libros. Los leí y no me convencieron. Era un adolescente que pensaba y escribía mucho. Me gustaba exponer mis ideas sobre un papel, reflexionar sobre ellas, autocriticarme y ver cómo mi pensamiento iba madurando.

Pero estos dos o tres amigos interesados por algo trascendente eran la excepción. La mayoría no creía en nada, porque no nos habían enseñado nada, salvo un escepticismo pesimista ante el mundo y un agnosticismo irreflexivo. Su vida se consumía en la acción: se trataba de disfrutar y «apurar el día»; de vivir por vivir, como última meta.

Los comunistas habían perdido el idealismo de los comienzos y estaban en plena decadencia. Eso hizo que fuéramos una generación perdida. Jóvenes sin guías, sin sentido ni razones para luchar.

Mis amigos no solían hacerse preguntas. Y yo, que me planteaba tantas, no encontraba respuesta. A ellos todo les daba igual, o parecía que les daba igual: las drogas, la pornografía, los pequeños robos, la mentira... y acabaron, por diversos caminos, en el nihilismo: nada podía ser bueno ni malo –me decían– porque nada tenía sentido.

No se puede decir que en aquella época fueran criminales, pero marginales, sí. En cada barrio había una tribu urbana, con la que cada uno se fue identificando e integrando con el paso del tiempo.

Hasta que un día, mientras caminaba por el bosque, fui consciente de que Dios me planteaba en el fondo de mi alma esta pregunta:

–¿A quién eliges? ¿A Mí o a los otros?

–Te elijo a Ti, Señor –le dije–. No te conozco, pero te elijo a Ti.

No fue nada sensible. No escuché «voces», ni experimenté «nuevas sensaciones». Eso no va con mi carácter ni con mi modo de ser. Pero fue mucho más que un razonamiento interior.

A partir de aquel momento empecé a recobrar una alegría que no había experimentado desde que era pequeño. Fue la confirmación de que no me había equivocado en mi elección. Porque la alegría del amor puede ser engañosa; pero aquella no; era una alegría intensa, sencilla, transparente, que nacía del gozo de lo verdadero. Solo lo auténtico puede generar una alegría de ese tipo.

Poco después tuvieron que internarme en un hospital para una operación; y como no había habitaciones libres en mi planta, me llevaron a la de los recién nacidos. Vi en aquello algo más que una coincidencia. ¡Yo era también un recién nacido!

Estaba al comienzo del camino, y lo sabía. Continué rezando y con el paso del tiempo, fui descubriendo a un Dios-Persona y un Dios-Amor en la Eucaristía.

En medio del naufragio de mis amigos, comencé a leer el Evangelio y me aferré a Cristo. Decidí comportarme como un seguidor suyo, como un cristiano. El problema es que no sabía en qué consistía eso; estaba solo y no era fácil comportarse como un cristiano en medio de aquel ambiente.

–¿Por qué no lo haces? ¡Si lo hacemos todos!

–Porque soy cristiano –decía yo.

Unos se reían y otros se burlaban descaradamente de mí; pero la cosa no pasaba de ahí. El problema vino cuando empezaron a tener relaciones sexuales con chicas, a los catorce, quince o dieciséis años. Estuve leyendo lo que decía el Catecismo de la Iglesia sobre esas cuestiones, y después de pensarlo mucho, concluí que aquellas enseñanzas eran coherentes con las enseñanzas de Jesús en los Evangelios. Me negué a actuar como ellos y me hicieron el vacío.

Fue una experiencia dolorosa para un chico de mi edad –quince, diecisiete, veinte, veintitrés años...–, porque eran mis amigos, y veía que si seguía siendo fiel a Cristo corría el riesgo de perderlos. Además, no entendía su modo de actuar: cuando estábamos en grupo, yo era el bicho raro, el motivo de bromas o de extrañeza. Pero luego, en mi casa, durante las conversaciones interminables que se tienen a esas edades, el mismo amigo que se burlaba de mí en presencia de los demás, me decía:

–Saulius, yo no creo en Dios, pero te respeto. Es más, te admiro.

Durante aquellos años estudiaba Antropología en Kaunas, que era, junto con la Filosofía, una de mis grandes pasiones. Y aunque seguía tratando a mis amigos, no sabía qué hacer ni qué decirles para que cambiaran. Mis argumentos parecían caer en el vacío. No participaba en muchos de sus planes, que solían incluir alcohol y sexo, pero no podía, ni quería, dejarles solos cuando más me necesitaban. Además, teníamos muchas cosas en común: nos apasionaba el jazz, el rock y el metal progresivo de Dream Theater. Con unos jugaba al ajedrez o tiraba con arco, que es uno de mis deportes favoritos. O hablábamos de El Señor de los Anillos –que se puso de moda entonces– o de fotografía, que es otra de mis grandes aficiones.

Hice lo que pude para detener aquella autodestrucción colectiva: al cabo de una década unos se volvieron alcohólicos, otros se enrolaron en bandas violentas o cayeron en la droga. Otros prefirieron el desenfreno sexual, que les acabó arrastrando hacia diversas perversiones. Uno pasó de la violencia al crimen y fue condenado por asesinato. Varios murieron por sobredosis y los que viven todavía padecen enfermedades venéreas. Esto me ha hecho sufrir mucho, porque les quería y les sigo queriendo: son mis amigos.

Cada vez que pienso en aquella época me viene a la cabeza Kurt Cobain, el cantante de Nirvana, uno de los grupos que más me gustaban. Se suicidó el 5 de abril de 1994, a los 27 años. La misma edad en que murieron Jimi Hendrix, por mezclar vino con somníferos; Janis Joplin, por sobredosis de heroína; Jim Morrison, por causas extrañas no determinadas; y otros muchos, antes y después, como Brian Jones o Amy Winehouse. Uno de mis amigos me recordaba unas palabras de Cobain: uno no puede levantarse desde un agujero vacío.

–Es verdad –les decía yo–, pero puedes tender los brazos y dejar que alguien te ayude para salir de esa situación.

Sigo rezando por ellos, con esperanza, porque las personas no se reducen a una simple suma de sus actos: son mucho más; y en ese más pueden encontrar su salvación.

En medio de aquella tormenta, mi relación personal con Dios se intensificó. «Dios no es una fuerza –les decía–, no es una energía ni tampoco una sensación. Es mucho más; es una Persona que te busca, que te acompaña, que te ama».

Terminé la carrera, me casé, nació mi primer hijo, me fui asentando profesionalmente..., pero seguía perdido, sin nadie que me diese un buen consejo en el momento oportuno, o me prestase un libro para profundizar en una determinada cuestión. Con el paso del tiempo empecé a preguntarme por mi lugar en la Iglesia. Iba a Misa algunos domingos, leía publicaciones relacionadas con la fe, pero seguía desorientado. Por fin, en el año 2004, que fue un año de crisis, un amigo de origen croata me invitó a participar en unas clases de formación que daban en un centro del Opus Dei, aquí en Kaunas. Fui a una, me gustó mucho, y le dije:

–¡Invítame a la siguiente!

Él siguió invitándome, pero yo, entre unas cosas y otras, aunque seguía interesado, tardé ¡un año! en volver. Me atrajo aquella propuesta para vivir el cristianismo con la audacia y la coherencia de los primeros cristianos. Ellos tuvieron que vivir su fe a contracorriente, al igual que yo, en una sociedad como la del Imperio Romano que iba autodestruyéndose lentamente, lo mismo que el marxismo de mi época.

Profundicé en las enseñanzas de Escrivá y en su ascética sonriente, llena de abandono y buen humor; descubrí la santificación del trabajo, el afán por llevar a Cristo a todos los ambientes... y poco a poco, empecé a mejorar en mi vida cristiana. No me daba cuenta; fue mi mujer la que me dijo: «No sé qué te dirán en esas reuniones, pero te veo cada vez más contento y feliz».

Poco después tomé una decisión insospechada: comprendí que Dios me llamaba por ese camino y me comprometí a seguirlo.

Digo que fue una decisión insospechada porque yo, como tantas personas de mi generación, soy alérgico a los compromisos; y menos, a los compromisos para toda la vida. Recuerdo que a los quince o dieciséis años quería hacerme un tatuaje, pero no sabía cual: ¿maorí?, ¿tribal?, ¿japonés? ¿Y qué me podría tatuar? ¿Unas palabras, un dibujo, un símbolo?

Al final no me tatué nada, por una simple razón: aquello era para toda la vida.

Sin embargo, lo mismo que cuando me casé, vi que aquel compromiso también era cosa de dos: Dios (la palabra misteriosa de mi infancia) y yo. Era Él el que me llamaba, el que me había ido guiando sin que yo me diese cuenta, protegiéndome durante todas las carreteras peligrosas que había recorrido desde mi adolescencia. Si Él me llamaba, me daría gracia, fuerza y ánimo para avanzar, para perseverar. No era solo una «cuestión mía».

* * *

He estado releyendo lo que escribí cuando estudiaba primero de Antropología. Perdida en medio de una selva de deseos y anhelos juveniles, entre historias y sucesos intrascendentes –que tenían para mí entonces muchísima importancia–, he encontrado esta frase que me ha dejado perplejo.

Sí, es mi propia letra; y refleja una ilusión que Dios puso en mi alma; algo con lo que soñaba a los dieciocho años, como si fuera una locura o un imposible:

«En el futuro quiero ser santo en medio de las cosas de cada día, santo en la vida corriente».

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