• Crecer para adentro en vacaciones

29/08: Con los amigos, con las amigas, hay que estar

Es posible que en tiempo de vacaciones alguna vez te hayas sentido sola, o solo. Pero sabes que en realidad no es así, aunque no contemos con la presencia física de nuestros amigos junto a nosotros: ¿no es verdad que los amigos siempre están cerca? Sí, porque cuando se pasa tiempo juntos, la amistad crece y va camino de hacerse indestructible. #crecerxaadentro te llevará a querer estar con tus amigos.


Aprender de Jesús #SerMejorAmiga #SerMejorAmigo


Betania es una aldea que se encuentra a poca distancia de Jerusalén. Jesús siempre que va a la Ciudad Santa se hospeda en casa de unos amigos: Marta, María y Lázaro. ¡Qué bien lo pasaba Jesús en Betania! Los evangelios nos narran algunos de los encuentros con estos amigos. Esa amistad se forjó gracias a los largos ratos que pasaron con Él y se refleja al máximo cuando Lázaro enferma de gravedad y sus hermanas se apresuran a mandarle a Jesús el siguiente mensaje: “tu amigo Lázaro, al que quieres tanto, está enfermo”. Así le llaman: tu amigo, al que quieres tanto. Y poco antes de que Jesús fuera apresado y muriera en la cruz, pasa por Betania, y María, sabiendo que puede ser la última vez que vea a Jesús, rompe un frasco que contiene un perfume de gran valor y lo derrama sobre la cabeza y los pies de Jesús, en gesto de máxima amistad. A esa amistad tan grande no se ha llegado de repente: Jesús pasa muchos ratos con ellos.


Quizá recuerdas también aquella ocasión en la que estando tranquilamente, María está sentada escuchando a Jesús, pero Marta no para de preparar cosas… hasta que, claro, Marta se enfada y le pide a Jesús que le diga a su hermana que le eche una mano. En cambio, Jesús le viene a decir a Marta que no se preocupe, que haga como María y que se siente a estar con ellos; que no se preocupe con preparar tantas cosas, que Él es su amigo y con los amigos no hacen falta tantos preparativos, porque hay confianza. Marta parece que lo ve como una visita a quien hay que atender… y es un amigo con el que estar. Al #crecerxaadentro te irás dando cuenta de que si queremos que nuestras amistades lo importante es estar: estar con Jesús y estar con la gente, porque estando es como podremos quererles de verdad, con obras. Por eso san Josemaría recuerda:


Un consejo de san Josemaría #SerMejorAmiga #SerMejorAmigo

“Te consideras amigo porque no dices una palabra mala.- Es verdad; pero tampoco veo una obra buena de ejemplo, de servicio… -Esos son los peores amigos”.

Surco, n. 740.


Un reto #SerMejorAmiga #SerMejorAmigo


No basta no hacer nada malo a los demás. En la receta de la amistad hay unos ingredientes imprescindibles: sinceridad, confianza, compartir penas y alegrías, animar, consolar, ayudar. Pero esos ingredientes solo se pueden echar si estamos con la gente. Dicen que es en los momentos duros donde se prueban los verdaderos amigos. Pero esos buenos amigos, los amigos para siempre, se hacen pasando tiempo con ellos. Para que la amistad sea fuerte se necesita tiempo y correspondencia: hoy por ti, mañana por mí. Pero en toda amistad hay dos enemigos muy peligrosos contra los que conviene estar atentos: el egoísmo y la envidia. Cuando dejamos que entren, la amistad se deteriora y aparecen pensamientos del tipo “nunca hacemos el plan que me gusta a mí”, “hoy paso de quedar, prefiero jugar a la play, ver una serie…”, “a este/a le hacen más caso que a mí”; o se comienza a hablar mal a las espaldas… Por eso hoy para #crecerxadentro podrías hacerte estas preguntas: ¿Cuido de mis amigos y amigas, especialmente cuando me necesitan? ¿Paso tiempo con ellos? ¿Soy capaz de renunciar a un plan que me gusta más por estar con mis amigos? ¿Me alegro con sus alegrías y sus éxitos? Seguro que de la respuesta aprenderás a #SerMejorAmigo, #SerMejorAmiga.

En nuestro canal de YouTube, puedes ver un ejemplo de cómo los buenos amigos están siempre cerca de nosotros (aunque quizás físicamente estén lejos) y muy especialmente en los momentos de necesidad. Se trata de la experiencia de Bosco Gutiérrez, un arquitecto mexicano al que secuestraron cuando tenía 33 años. Durante 257 días vivió -por decirlo de alguna manera-, en un zulo de 1’90 metros de alto y 3 de ancho. Allí, iluminado por una bombilla, aislado, alimentado a través de un ventanuco, pasó las primeras dos semanas totalmente deprimido. Poco tiempo después, en el zulo, sin nada y sin nadie, empieza a rehacerse. Comienza a rezar y a pensar en las personas que estarán preocupadas por su situación. Entre otras cosas se da cuenta de que su encargo es estar bien para que su familia y sus amigos lo encuentren bien a su regreso. La historia del secuestro de Bosco Gutiérrez es impresionante, no se puede resumir en unas líneas. Pero fíjate en que una de las cosas que más le motiva para rehacerse es que sus seres queridos lo encuentren bien a su regreso. La amistad fue su gran salvavidas en el momento más duro de su vida.


Puedes ver cómo lo cuenta en el directo que tuvimos con Bosco Gutiérrez durante el confinamiento por el covid-19.

Evangelio según san Marcos (6, 17-29)

Sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo y lo pusieron en un sepulcro

En efecto, el propio Herodes había mandado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, a la cual Herodes había tomado como mujer.  Juan decía a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano.  Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y le protegía; y al oírlo tenía muchas dudas, pero le escuchaba con gusto.  


Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Dijo el rey a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré.  Y le juró varias veces: Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.  Y, saliendo, dijo a su madre: ¿Qué he de pedir? Ella dijo: La cabeza de Juan el Bautista.  Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, pidió así: Quiero que en seguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.  


El rey se entristeció; pero, a causa del juramento y de los comensales, no quiso contrariarla; y, enviando un verdugo, el rey mandó traer su cabeza. Aquél marchó y lo decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en una bandeja, y la dio a la muchacha, y la muchacha la entregó a su madre.  Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo y lo pusieron en un sepulcro.

Para la lectura


Para ser buen amigo de los amigos hay que dedicar tiempo. Puedes leer aquí abajo un ejemplo de tiempo dedicado por san Josemaría a una familia amiga que fue a visitarle a Roma. Si te gusta, te puedes descargar el libro gratuitamente:

Buenos ratos con san Josemaría

La primera mañana en Roma fuimos temprano a la casa del Padre. Enseguida le saludamos con entusiasmo. Nos celebró la Misa, ayudado por don Javier Echevarría, en el oratorio de la Sagrada Familia. La homilía fue muy entrañable. Habló de la alegría que le daba poder estar con nosotros, recordó los tiempos en que iba a dar catequesis con mi padre a los barrios pobres de Zaragoza, y afirmó que nuestra familia era predilecta de Dios, porque el Señor ya había escogido algún hijo para que se dedicara a su servicio. Cuando yo esperaba con prevención que pudiera ir a por mí, sus palabras fueron, en cambio, un canto a la libertad: que no todos teníamos que seguir la misma vocación, que cada caminante siguiera su camino, que viva la libertad, y que nadie puede coaccionar ni condicionar a otras personas. La verdad es que me sorprendió gratamente, porque yo estaba convencido de que me daban la lata, y me defendía, quizás exagerando y, a veces, dramatizando. La ceremonia fue muy piadosa y vimos de cerca la piedad con la que trataba al Señor en la Eucaristía. Nos dio la Comunión. Al terminar, hizo la acción de gracias en voz alta. Después nos contó por qué se había construido ese oratorio y el cariño de todos los de la Obra a sus padres y hermanos.


Volvimos tan felices a la residencia donde vivíamos, recordando tanta gracia de Dios recibida esa mañana, y lo mucho que habíamos disfrutado en una jornada memorable. Pero, junto a la alegría de haber tenido la Misa y la tertulia con el Padre, y la audiencia con el Papa, llegó el momento de ajustar cuentas. Según la autoridad, habíamos cometido dos delitos graves: la primera bronca fue por la gamberrada con los guardias suizos y los desórdenes en el Vaticano. Que parecía mentira, que vaya escándalo habíamos montado, que habíamos quedado fatal… Aguantamos el chaparrón como pudimos, pidiendo disculpas y fingiendo cínicamente sentir pesar. El otro punto conflictivo fue el desayuno después de la Misa. Se nos achacó que habíamos comido demasiado, sin control ninguno; que parecíamos muertos de hambre y muy maleducados…


Nos sorprendió la reprimenda porque, a la vez que era cierto que el hambre no faltaba, era el Padre el que nos animaba a repetir… Pero en fin, nos pareció exagerado y yo todavía –lo digo de broma 55 años después– sigo sin comprender los motivos de esta incorrección, aunque también estoy seguro de que nos pusimos las botas. El problema era que, al día siguiente, el Padre nos invitaba de nuevo, esta vez a merendar. Mi madre, recordando nuestro escandaloso desayuno, antes de comer recapituló la riña del día anterior y nos conminó para la merienda de esa tarde. Vino a decir: Entiendo que tenéis hambre… Ahora vamos a comer. El que quiera repetir primer plato, que lo haga las veces que necesite… El que desee tomar más segundo, que lo pida, que hay suficiente… Postre hay también todo el que queráis… O sea que esta tarde no vais a ir mal alimentados… Y, por fin, rubricó su discurso con amenazas tajantes: Ahora bien, ¡si en la merienda de hoy, se vuelve a repetir el lamentable y vergonzoso episodio del desayuno…! Y, en ese momento, llegó el ultimátum: que nos quedábamos sin la paga semanal hasta el final de los tiempos; que todo el apocalipsis se nos vendría encima; y tantas otras posibilidades tremendas nada atractivas… Es decir, la caja de los truenos en todo su esplendor…


Cuando llegamos a Villa Sacchetti nos recibieron unas chicas muy amables, de varios países. Y sucedió un raro fenómeno. Hay veces que, cuando te amenazan por algo, te disminuyen los reflejos en esa dirección: en este caso, lógicamente, debería haber disminuido nuestra hambre. Pero, curiosamente, este día no fue así: más bien pudo pasar lo contrario, y, por lo que sucedió, parece que se nos exacerbó, más aún, el apetito, en contra de lo previsible.


Tras los saludos iniciales, pasamos a la sala de estar. Nos dijeron que fuéramos tomando la merienda, porque el Padre había avisado de que llegaría un poco más tarde, pidiéndonos que fuéramos empezando. Al principio fuimos más comedidos, pero, como la merienda estaba muy rica, nuestros buenos propósitos empezaron a flaquear, ya que el hambre azuzaba angustiosamente nuestros jóvenes estómagos. Poco a poco, nos fuimos olvidando de las amenazas recibidas y, tras un breve rato, toda la merienda había desaparecido de las bandejas.


Para dar una idea de lo que sucedió en este vandálico ataque, va un botón de muestra: a mi lado estaba sentado mi hermano Carlos que me dijo en un momento: Pásame esa bandeja. Le contesté: Pero si solo quedan migas…; y él, completó: Pásamela, es para comerme las migas… Mi madre, a la que lógicamente nadie miraba a la cara, apurada, dijo a las chicas: ¡Hay que ver cómo se han puesto! Ellas estaban en un pequeño aprieto…


Cuando llegó el Padre, comentó desde lejos en voz alta: Voy a ver qué han comido estos chicos, porque seguro que, como son muy tímidos, no se han atrevido a merendar de verdad. Mi madre soltó de nuevo: Padre, ¡no sabe cómo se han puesto! Al acercarse a la mesa y ver el vacío existencial que reinaba en las bandejas –aquello parecía más bien el desierto de Gobi–, se quedó un momento en silencio y reaccionó rápidamente. Les dijo a las que nos atendían: ¡Hijas mías, haced el favor! Estos chicos lo que tienen es hambre, ¡hambre de verdad! ¿Entendéis? Así que traedles en serio una merienda abundante. Nos dieron muchas ganas de aplaudirle, pero obviamente no pudimos hacerlo. Ellas salieron disparadas con las bandejas vacías…


Seguimos un rato de tertulia y llegó la nueva remesa de alimentos, claramente más espléndida. Entonces se repitió la misma escena del desayuno y el Padre se puso a servirnos. Cogió una bandeja y le ofreció a la pequeña: Hija mía, ¿qué quieres tomar? Ana Mary miró a mi madre, temerosa y dubitativa… El Padre se dio cuenta enseguida de que habíamos sido conminados a ayunar, y exclamó: Hijos míos, no miréis a vuestra madre, comed lo que os apetezca que estáis en vuestra casa. Además, debéis de tener mucha hambre pues habéis estado caminando todo el día por las calles de Roma… Y añadió con entusiasmo: ¡Venga, hijos, comed, y a ver si conseguimos que no sobre nada…! Ese fue el pistoletazo de salida, y la caballería atacó de nuevo, dando buena cuenta de la merienda y agradeciendo esa amplitud de miras y el cariño del Padre a nuestros juveniles cuerpos, exhaustos y famélicos…


Charlamos un rato más, y también quiso enseñarnos Villa Tevere y Villa Sacchetti. Fuimos dando una vuelta por toda la casa, contándonos la historia de cada detalle. Iba con dos pequeños cogidos de la mano, pero, entre ellos, había empujones, porque todos pugnaban por ir a su lado. En un momento, vio a la pequeña que lloraba en silencio y le preguntó qué le ocurría. Le explicó que su hermano Pablo le pellizcaba para que se apartase y ponerse él en su sitio, pero que ella no quería. Se rio mucho y, desde entonces, esa pequeña fue su enchufada especial.


Al llegar al oratorio de Santa María de la Paz, cuando subimos al presbiterio, entre bromas, cogió a Ana Mary y la sentó en la sede presidencial. Ella estaba feliz, pero miraba asombrada a mis padres con cara de a ver si me va a caer una bronca. Luego, los más mayores bajamos a la cripta y nos enseñó una preciosa talla de la Dormición de la Santísima Virgen, advocación que en el alto Aragón se venera especialmente. Ante la tumba de su hermana Carmen se puso una estola morada, encendió una lamparilla y rezó un responso. A continuación, con su acostumbrada delicadeza, encendió otra lamparilla y rezó otro responso por los difuntos de nuestra familia.


Al llegar al lugar donde iba a ser enterrado, nos contó que, cuando se construyó la casa, les daba reparo a los arquitectos decirle que habían pensado hacer allí unas tumbas para él y otras personas. Y que, cuando se enteró, les aclaró que un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte. Que a él le daba igual morirse en un sitio o en otro; ser enterrado aquí o allá. Después, bromeando, dijo que se había dado cuenta de que esa cripta era el sitio más frío de la casa y que, cuando lo enterraran, iba a coger allí unos lumbagos morrocotudos.


Tengo en la memoria el momento en el que se subió encima del mármol de la losa y, golpeando con los zapatos, repitió: El Padre no tiene miedo a la vida, ni miedo a la muerte. Está siempre en manos de Dios que es un padrazo. También, divertido, nos animó a acompañarle a los que estábamos allí: Subid también vosotros aquí encima, porque, cuando yo me muera, seguro que no os dejarán hacerlo.


Del libro Los planes de los Cremades, Una familia amiga de san Josemaría, de Javier Cremades

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