• Crecer para adentro en vacaciones

3/08: Déjate lavar los pies

¿A Misa? Sabemos que hay que ir los domingos, pero ¿no es verdad que a veces te pierdes y no sabes qué hacer? Y, sin embargo, ya desde el primer siglo los cristianos no podían vivir sin la Misa y arriesgaban su vida. Descubrir ese “qué tiene la Misa” y “qué hacer en Misa” es importante para querer ir a Misa y disfrutarla. Por eso te vamos a ir proponiendo 5 retos para #AmarLaMisa y, de ese modo, #crecerxaadentro.


Aprender de Jesús para #AmarLaMisa


Te acordarás de que al comenzar la Última Cena, Jesús tomó una toalla, echó agua en un pequeño barreño y se puso a lavar los pies de los discípulos. Uno tras otro, al fin llegó a Pedro, que se resistió hasta que Jesús le dijo: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Este gesto se representa en la Misa del Jueves Santo en el lavatorio de los pies, pero ocurre en cada Misa, porque no podemos tener parte con nuestro Dios si no estamos limpios. Por eso, lo primero que hacemos en Misa después de ponernos en presencia de Dios es reconocer que somos pecadores y que necesitamos que Jesús nos limpie: “Yo confieso…”. En la Misa, Jesús nos lava los pies para que podamos tener parte con Él, para que seamos más amigos. Quizá como a Pedro, se te podría ocurrir decirle: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza”. Jesús le responde: “el que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio”. Si hubieras roto con Él por el pecado grave, Jesús te regala la confesión para reconciliarte y retomar vuestra amistad. Pero ahora, cuando vas a recibir a Jesús en la Eucaristía, ya vais como amigos. Por eso, ¿cómo rezas el “Yo confieso” en Misa? Si tienes la impresión de que lo rezas un poco sin darte cuenta, este consejo de san Josemaría podría ayudarte a #crecerxaadentro y darte más cuenta de que Dios es quien más te quiere a pesar de tus pecados:


Un consejo de san Josemaría para #AmarLaMisa


¡Qué deuda la tuya con tu Padre-Dios! —Te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios...
—Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes?

Forja, n. 11


Un reto para #AmarLaMisa


Quizá te das cuenta de que tu correspondencia no está a la altura de su amor. Es verdad: así que no te rayes, alégrate de que Dios te quiera tanto y haz como Pedro y los demás apóstoles: déjate lavar los pies. En la Misa, Jesús quiere lavarte de tus pecados veniales y de tus faltas de correspondencia para que le recibas con el alma bien limpia. ¿Tú quieres dejar que te lave los pies? Hoy el reto para #AmarLaMisa es hacer el propósito de procurar estar siempre en amistad con Dios, -retomándola en la confesión cuando haga falta- y orar despacio, quizá ahora, sobre ese “lavatorio de pies” con el que casi comenzamos cada Santa Misa: “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor”. No tengas miedo en #crecerxaadentro reconociéndote un pecador o una pecadora que necesita de Jesús. En Misa, Jesús te quiere hacer más amigo suyo, más amiga suya. Así que siente la alegría de que te lave los pies rezando tus "Yo confieso…" igual, pero diferentes.

Evangelio según san Mateo (14,13-21)

Dio los panes a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.


Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»


Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»


Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»


Les dijo: «Traédmelos.»


Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Para la lectura


Cada día, san Josemaría se preparaba para la Misa. Aquí podrás leer algunos ejemplos y anécdotas de su vida que muestran bien cómo quería llegar a ese momento tan especial.

“Quiero que me quieras siempre como hoy”

Ciertamente, Josemaría Escrivá es un hombre de una pieza. No ya por su temple indesmontable, sino porque en él la interioridad y la exterioridad se acoplan y se empastan de un modo enterizo, sin desdoblamientos, sin dobleces, sin estéreos. Pero afirmar eso no pasa de ser un ejercicio adjetivo. Más sustantivo, más medular, más quintaesencial es señalar lo que en este hombre es siempre un ahora pujante, un ahora radical, un ahora total: él es un sacerdote de Jesucristo. Ésa es su realidad totalizante. En todo ahora de su existencia, sin distraerse jamás, Escrivá se sabe y se siente hombre elegido, puesto y ungido para hacer lo que otros hombres –por sabios, ricos o poderosos que sean– no pueden hacer: celebrar la misa. Todos los momentos de todas las jornadas de toda su vida se centran y se arraigan en su misa. Ése es el qué de su vivir. Renovar el sacrificio del Calvario no es sólo el acto más cimero de cualquiera de sus días: es lo que les da razón de ser. De ahí parte todo. Ahí desemboca todo.


Divide cada de sol a sol en dos amplios tramos: medio día, para preparar y desear la misa, el otro medio, para agradecerla y saborearla.


Josemaría no es introspectivo, pero en el examen nocturno, después de aquilatar lo que no ha hecho bien, lo que ha hecho mal y lo que podía haber hecho mejor, carga toda la potencia de sus afectos en lograr «un corazón contrito y humillado». Le apremia recuperar el candor y restaurar «con lañas» su barro desportillado: calzarse las sandalias del hijo pródigo que vuelve a casa y entonar el leitmotiv optimista y alegre de quien estrena andadura: nunc coepi!, ¡ahora comienzo! Acabará su examen, sellándolo con un propósito menudo pero bien afinado. Un propósito en el que se alían el amor y el ingenio.


Tampoco es escrupuloso, pero la finura de la piel de su alma le impele a limpiarse por dentro cada vez con más exigencia, cada vez con más detalle, cada vez con más claridad, para descubrir «algún pequeño mohín de disgusto que a Ti, Dios mío, te haya podido doler». Y buscará a don Álvaro, para que le oiga en confesión, una, dos o varias veces por semana. Y la razón, hay que insistir, no es otra que adecentar y limpiar todas las potencias de su alma y todos los sentidos de su cuerpo. ¿Para qué tanta «higiene»? Para ser, con la mayor dignidad posible, el propio Cristo, ipse Christus, cuando al día siguiente celebre la misa.


Una noche, al terminar la tertulia con sus hijos, Escrivá se levanta, rápido y sin remoloneos. Su costumbre es que, a partir de ese momento, empieza un tiempo que llama «de silencio» o «de mayor silencio». Como todos están disfrutando con la conversación que habían enhebrado, uno de los presentes, Emilio Muñoz Jofre, protesta con cariño, tratando de retener al Padre un rato más. Ya de pie, Escrivá le dice: –Hijo, ¡qué poco me conoces... o qué poco me quieres! ¿No sabes que yo, a estas horas, estoy deseando quedarme a solas con mi Señor, con mi Dios?


No es un «corte» desatento. Es que hambrea de esa soledad, soledad silenciosa y sonora, con Dios. Obedeciendo el consejo de aquel antiguo proverbio: adoraturi sedeant, y consciente de que va a ser oferente y adorador del más egregio sacrificio, se dispone a entrar en la quietud, en el reposo vigilante, en la serenidad del ánimo, en el apaciguamiento de todo impulso, en el sosiego de toda turbación. Quiere tomarse tiempo para «sentar el alma».


Si no tiene que viajar o ausentarse de casa, Escrivá celebra su misa al mediodía, después de haber desarrollado media jornada madrugadora de intenso trabajo. Quince minutos antes, le avisan para que pueda prepararse, de modo más inmediato, rezando solo en el oratorio. Da importancia grande a este preámbulo, en el que se dispone para actuar ante el altar de modo «digno, atento y devoto».


En cierta ocasión, los asuntos de trabajo se complican y prolongan más de lo previsto, y, como él no usa reloj, se ve mal sorprendido cuando Javier Echevarría le advierte: «Padre, se nos ha echado el tiempo encima y es ya la hora de su misa».


Más que contrariado, malhumorado por tal precipitación, se dirige hacia la sacristía. Con ese estado de ánimo, comienza a revestirse: el amito, el alba, el cíngulo, la estola, la casulla.


Cuando acaba de celebrar, permanece –como todos los días– diez minutos dando gracias. Después, llama a Echevarría y a Ernesto Juliá. Uno y otro le han visto antes, serio y adusto, y les sorprende verle ahora con la mirada tan chispeante de emoción y de alegría: –Venía disgustado, de mal humor... Y así empecé a revestirme. ¡Con genio! Pero ya, al besar el amito y recitar la oración impone, Domine, capiti meo galeam salutis..., noté que esas preces me salían ¡bordadas! Y luego, toda la misa ¡una maravilla!, como si la hubiese preparado horas y horas... En la acción de gracias le he dicho al Señor: «Quiero que me quieras siempre como hoy... ¡Ámame siempre como hoy me has amado!».


De El hombre de Villa Tevere, de Pilar Urbano.

Para otro rato de oración te puede servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):


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