• Crecer para adentro en vacaciones

3/09: ¿Por qué siempre alegres?

Lo único que le falta a un día aburrido es una cara triste, enfurruñada a tu lado, capaz de hacer sombra al sol que brilla en lo alto del cielo. Qué diferencia cuando te encuentras con una persona alegre, sonriente, de esas que saben sacarle el lado bueno a cualquier situación, que te amenizan el rato, de las que no quieres que se marchen. Da gusto escucharlos, contarles, compartir lo que sea. Al #crecerxaadentro seguro que te preguntas: ¿Y no podría ser yo de estos?


Aprender de Jesús #ContagiarTuAlegría


Es difícil imaginar a Jesús con cara seria o contrariada, de mal humor, al menos por mucho tiempo, porque ¿quién iría con Él? Hoy en el evangelio se nos dice que las multitudes se agolpaban: había tanta gente que para hablar con calma se sube a una barca y desde allí se dirige a la gente que está en la orilla. Todas esas personas no se querían ir. Debía ser ameno estar con Jesús. Su mensaje es de amor, de servicio, de comprensión… y no es posible trasmitir eso con enfados y gritos. No… los apóstoles no dudaron en dejar todo para seguir al Maestro: imagina cómo sería la mirada de Jesús, su sonrisa, su comprensión, su alegría… no podría ser de otro modo. Nadie apuesta por seguir a un amargado.

La vida de los cristianos ¿no debería ser siempre alegre? Se supone que hemos descubierto que Dios nos ama con locura, que está siempre con nosotros, que nos cuida, nos acompaña, que está preparando un lugar para nosotros increíble en el Cielo; que quiere hacernos muy felices. Todo eso se descubre al #crecerxaadentro, al aprender de Jesús y acoger su Espíritu: entonces serás de verdad la persona más feliz en la tierra y luego para siempre en el cielo. Por eso no se comprende una cristiana o un cristiano triste, abatido, huraño, apagado… Si hasta lo más duro y pesado de la vida si lo llevamos con Jesús se hace ligero y vamos llenos de paz. Si quieres a Jesús de verdad, estarás alegre y muchos se preguntarán por el secreto de tu alegría. San Josemaría te pide que no lo olvides:


Un consejo de san Josemaría #ContagiarTuAlegría

"Sois todos tan alegres que uno no se lo espera", oí comentar. De lejos viene el empeño diabólico de los enemigos de Cristo, que no se cansan de murmurar que la gente entregada a Dios es de la "encapotada". Y, desgraciadamente, algunos de los que quieren ser "buenos" les hacen eco, con sus "virtudes tristes". –Te damos gracias, Señor, porque has querido contar con nuestras vidas, dichosamente alegres, para borrar esa falsa caricatura. –Te pido también que no lo olvidemos.

Surco, n. 58.


Un reto #ContagiarTuAlegría


Es verdad que hay situaciones que afectan a nuestro estado de ánimo. Pero es entonces cuando hay que recordar con más fuerza que eres cristiano, que eres cristiana, con todo lo increíble que eso significa. Y así, con Jesucristo, podrás recuperar tu sonrisa y tu buen humor siempre. Y contagiar esa alegría -y su causa- a tu alrededor. El reto hoy para #ContagiarTuAlegría es que nadie te borre hoy la sonrisa: verás cómo se pega. Comienza desde temprano porque son muchas personas las que necesitan tu buen humor, tu compañía, no te escondas. No tengas miedo de sonreír y seguir sonriendo, de ser amable, de mostrar lo positivo… y verás que los demás comenzarán a ver las cosas también de ese modo. Disfruta con las personas y hazlas disfrutar y te darás cuenta de que no son tan aburridas o malas como pensabas. Puedes llenar el día de cosas interesantes, divertidas, para compartir con los demás. E incluso aquello que se hace un poco pesado, con tu buen humor, y con unas bromas, se hará para todos mucho más llevadero. Y quizá te pasará como a Jesús, que la gente está a gusto contigo porque contagias lo que llevas dentro: la alegría de los hijos de Dios.

Evangelio según san Lucas (5, 1-11)

Dejándolo todo, lo siguieron

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.


Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».


Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».


Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.


Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Para la lectura


Durante los meses previos a la guerra civil y durante la misma, tenemos varios testimonios de cómo San Josemaría hacía lo imposible para que el ambiente no fuera de derrotismo, tristeza, pesimismo… contagiando a los demás con la alegría que él llevaba dentro.

“Lo que es buen humor hay para exportar”

Realmente el Padre, como le llamaban todos siguiendo la costumbre habitual para denominar a los sacerdotes en aquella época, no tenía nada que ver con la idea que yo me había hecho de él: me esperaba un curita espiritualista y algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió desde el primer momento una gran confianza y al mismo tiempo un respeto muy superior al propio de su edad. Me llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen humor... y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a lo largo de toda mi vida.

Naturalmente, Ignacio de Landecho fue uno de los primeros amigos a los que invité a venir por Ferraz. Comenzó a asistir a los Círculos que nos daba el Padre y le tomó un gran afecto desde el primer momento. Eso no me extrañó: no recuerdo una sola persona que tratara al Padre con cierta profundidad y que no quedara admirado por su alegría, su buen humor constante, su don de gentes verdaderamente excepcional y su profundo amor a la libertad.

Los residentes entendieron, poco a poco, cuál era el perfil de estudiante que se buscaba en DYA. Según Amann, «el Padre no quiere de ninguna manera, ni gente que enrede a los demás, ni apáticos que solamente estudien, a secas».


La juventud de DYA era impetuosa. La alegría de los jóvenes se manifestaba en los encuentros programados y en la convivencia informal: «Aquí pesetas no habrá pero lo que es buen humor hay para exportar», escribió Jiménez Vargas. «No sé cómo es posible que nadie nos haya llamado tristes y cosas así porque el buen humor que hay hoy aquí es una cosa habitual en esta casa. El desayuno ha sido una risa continua»

Las cartas del Padre rezumaban cariño y buen humor, especialmente con sus hijos en la Obra. A González Barredo le comentó que «tenemos temperatura de horno bien encendido: un poquillo de envidia nos causáis los veraneantes, a qué negarlo. En este momento, me dice Ricardo: “voy a quitarme la chaqueta”. Y se la quita. ¡Quién pudiera quitarse, un ratico, la sotana!»

Escrivá apuntó que en Santa Isabel, «al oír a todo el mundo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores…, me encogí y —el pavor es pegajoso— tuve miedo un momento. No consentiré pesimistas a mi lado: es preciso servir a Dios con alegría, y con abandono». Esta actitud fue percibida por los universitarios de Ferraz. Según Fernández Vallespín, el Padre, «con una fortaleza que nos contagiaba, nos inmunizaba contra el ambiente derrotista».

Día tras día, fui comprobando también cómo tenía constantes detalles de cariño con unos y otros, y hablaba bien de todos. Recuerdo una anécdota muy significativa: una vez había invitado a desayunar a un chico, y tomamos chocolate con churros. Cuando se fue, comentamos al Padre que su invitado había demostrado verdaderamente tener buen apetito: se había ido zampando, una tras otra, varias tazas de chocolate y varias raciones de churros. El Padre lo disculpó, como siempre, con caridad y buen humor: nos dijo que lo que le pasaba es que no sabía calcular: se le acababan los churros cuando todavía le quedaba chocolate, y se le acababa el chocolate cuando todavía le quedaban churros... Este comentario es un elocuente botón de muestra de la finura de su caridad: sabía dar siempre un sesgo simpático a cualquier comentario que pudiera ser crítico, o parecerlo; aunque fuera de broma o sobre algo intrascendente, como en este caso.

«Puede suceder que el coche vuelque. Entonces, a ponerlo de nuevo sobre sus ruedas, a arreglar lo descompuesto, y a seguir andando como si tal cosa. Siempre contentos: con alegría y paz, que nunca, por nada, me debéis perder».

Para otro rato de oración te pueden servir (toca la imagen para ir a su canal de YouTube):



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