• Crecer para adentro en vacaciones

31/08: Jugársela por lo que vale la pena

¿Quieres ser feliz? Quizá esta pregunta parece absurda, porque todos quieren alcanzar esa meta. Pero no todos saben cómo encontrarla. Jesús quiere que seas feliz y te deja una receta: #AmarDeCorazón. Esta es la forma de superar todas las dificultades y llegar a ser plenamente feliz con su ayuda.


Aprender de Jesús #AmarDeCorazón


Quizá te pasa que cuando miras a tu alrededor ves que todos tratan de ser feliz, pero no siempre parece que lo logran. ¿Es que es tan difícil? ¿Es que no sabemos encontrar la felicidad? Muchos se esfuerzan por llenar el corazón de cosas (móvil, consola, ropa…), o de las miradas de los demás (fotos en Insta, vestidos provocativos, abdominales top…), o de la opinión de los conocidos (ser el centro de atención, exagerar, ir al límite, ser la reina de la fiesta…). ¿Todo eso llena el corazón de felicidad? Mira a Jesús. Cuando daba cosas (milagros, multiplicación de los panes) tenía una cierta fama y le seguían muchedumbres; pero cuando predicaba, algunos se iban y lo abandonaban, porque sus palabras eran duras, decían. Su vida no fue facilona (llegó a morir en la cruz) pero fue -y es- el más feliz (porque murió por nosotros). Nadie puede decir que no fue feliz, porque su paso por la tierra siempre estuvo lleno de amor, y nos enseñó a nosotros a #AmarDeCorazón.


San Josemaría decía muchas veces que no podía ponerse como ejemplo de nada, excepto de hombre que sabe querer. Querer algo es jugarse la vida, gastarse del todo por algo o alguien que vale la pena. Como Jesús. Como los santos. A veces ante algo que te cuesta, lo que te sale natural es rechazarlo. ¡Claro! Es normal. Pero, a veces, si miras un poco más allá, te darás cuenta de que vale la pena. Te pongo un ejemplo. Quizá te has ido alguna vez de voluntariado: duermes mal, trabajas, te cansas y, en general, las comodidades son pocas. Pero al final del día te das cuenta de que estás contento, porque estás dándolo todo por los demás… ¡y no te has acordado de ti mismo! Estás amando. Es verdad que en general no tenemos las fuerzas para mantener esa actitud: Jesús quiere darte su gracia y su fortaleza para amar como Él. San Josemaría nos da una receta –que se aplica a sí mismo, en primer lugar– para #crecerxaadentro y que te puede ayudar a vivir con esa actitud en estas vacaciones:


Un consejo de san Josemaría #AmarDeCorazón

Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: todo lo puedo en Aquel que me conforta, que recoge la promesa segura de Dios de no abandonar a sus hijos.

Amigos de Dios, n. 213.


Un reto #AmarDeCorazón


Jugarse la vida por lo que vale la pena. Apostarlo todo. Pero uno se puede preguntar ¿qué es lo que de verdad merece que des tu vida? Pregúntaselo a Jesús: cuáles son las cosas por las cuales lo darías todo. Así te darás cuenta de qué es lo más valioso para ti: tu Dios, tu familia, tu amigos y amigas… pero quizá te das cuenta de que el corazón lo estás poniendo en otras cosas más facilonas pero que no logran llenarte de felicidad. Lo que realmente vale la pena exige fortaleza, porque amar no siempre es lo fácil. Pero aunque somos débiles, no olvides que Jesús está a tu lado para lograrlo. Por eso, el reto de hoy para #AmarDeCorazón es pedirle a Jesús (o a la Virgen) con valentía, que te dé luz para ver dónde pones el corazón y fuerza para ponerlo por entero donde vale la pena. Eso sí es #crecerxaadentro.

Evangelio según san Lucas (4, 16-30)

Para anunciar el Evangelio a los pobres

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.


Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: "Médico, cúrate a ti mismo". Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm».


Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio».


Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Para la lectura


Muchas veces encontraremos dificultades en nuestra vida. San Josemaría enseñaba (y eso que enseñaba, lo intentaba vivir) que era muy importante “jugársela” por lo que Dios le pedía –él no usaba esta palabra, claro–, abandonándose en sus manos, aprendiendo a querer: así llegaría a ser feliz de verdad. En ese camino, encontró varias dificultades, incluso algunas contradicciones que venían de personas dentro de la Iglesia, y que lo hicieron sufrir. Su actitud se ve en este pasaje.

"Poned siempre el signo más"

El Fundador del Opus Dei había inculcado desde siempre ese enfoque recio de la caridad. Antes de que tuviese que sufrir en su carne gravísimas calumnias, su rica vida interior le había ido preparando para pasar por encima, llevándolas con dolor, en silencio, sin una queja. Las disposiciones de su alma habían quedado reflejadas, tiempo atrás, al redactar algunos puntos de Camino, publicado en 1939: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar -y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas (Camino, 689).


Conocí personalmente al Fundador del Opus Dei el 8 de septiembre de 1960, en el Colegio Mayor Aralar de Pamplona. Estábamos un centenar de estudiantes. Uno le preguntó que cuándo se escribiría la historia de la Obra, y podríamos conocer todo lo que había pasado antes de la aprobación definitiva por la Santa Sede. Respondió con una metáfora que habla de rosas y espinas. Me quedó grabada la idea: a veces, las espinas hieren al que corta una rosa; pero prescinde del pinchazo, ante el aroma la belleza de la flor. Realmente Dios quiso servirse de personas, convencidas de que luchaban por una buena causa, para hacer que el Fundador del Opus Dei participase más aún de la Cruz de Cristo –quien sufrió antes que nadie la persecución y la calumnia de los buenos–: a pesar de todo, el Señor escribiría derecho con renglones torcidos.

Todos los testigos coinciden en que la reacción del Fundador del Opus Dei fue siempre sobrenatural. Ofrecía su Misa por los que le calumniaban. Ni una palabra de falta de caridad –expone don José Luis Múzquiz– se escapó de sus labios: era verdaderamente heroico, pues sufría mucho, porque a su labor apostólica intensísima se unía este peso de la contradicción de los buenos.


El 25 de junio de 1944 don Leopoldo Eijo y Garay confirió el sacramento del Orden a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Ese día fue a almorzar a Diego de León, 14, y después estuvo charlando con un buen grupo de socios de la Obra que habían venido de otras ciudades a la ordenación. Les confió que, en algún momento, había temido que reaccionaran con violencia o con faltas de caridad, pero se quedó muy tranquilo un día, cuando don Álvaro del Portillo le dijo, mirando el crucifijo: ¡No! Les perdonamos y además les agradecemos todo. Por qué se ha de enfadar el enfermo con el bisturí, y más si el bisturí es de platino? Don Álvaro del Portillo había aprendido del Fundador a perdonar, a contemplar en todo aquello la mano de Dios, que quería purificarle a él y al Opus Dei.


Muchos años después, en Buenos Aires, Mons. Escrivá de Balaguer aludiría de pasada a aquellos momentos tremendos de los años cuarenta: Poned siempre el signo más, que es la Cruz, la adición. De esa manera atraeréis, no repeleréis. ¿Y si os insultan? Más que a mí, me parece que no: ¡como un trapo! Llegó un momento en el que tuve que ir una noche al Sagrario, allí, en Diego de León, a decir: Señor –y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones...–, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?


Hasta el fin de sus días sobre la tierra dio ejemplo de corazón grande, capaz de perdonar sin reservas: En la Santa Misa me acuerdo de pedir no sólo por mis hijos, por mis padres y mis hermanos, por los padres y los hermanos de mis hijos, sino también por los que están en la tierra y desean molestarnos, y por los que nos han calumniado y ya han ido a rendir cuentas al Señor. Digo: Señor, yo los perdono para que Tú los perdones y para que perdones nuestros pecados. Te ofrezco sufragios por sus almas: los mismos que te ofrezco por mis hijos, y por mis padres, y por los padres de mis hijos. ¡Todos igual!


Jesucristo muere en la Cruz para redimir a la humanidad entera. Su amor, que nos gana la libertad de la gloria de los hijos de Dios, exige inequívocamente que perdonemos siempre y en todo, aunque humanamente se nos haga duro, difícil de entender y de vivir. Pero el cristiano lo puede todo con la gracia divina. Los brazos abiertos de Jesús en el Madero –con gesto de sacerdote eterno, en expresión querida al Fundador del Opus Dei, que tan de cerca sintió la Cruz durante la contradicción de los buenos–, le ayudaron a sobrellevar con garbo su tremendo peso, objetivamente duro, agotador, difícil de comprender, incluso al cabo de los años.


Del libro “Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei”, de Salvador Bernal

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