• Crecer para adentro en vacaciones

4/08: La confesión: el lugar de la victoria

Hoy es la fiesta del Santo Cura de Ars. ¿Qué pasa con las amistades rotas? ¿Y si rompo con Dios? Entonces es el momento de ir al lugar de la victoria, al lugar donde Dios y yo vencemos a mi peor versión. Al presentar de rodillas al Señor mis pecados recibo el perdón de Dios, poder -el de perdonar los pecados- que el mismo Jesús confirió a los apóstoles y sus sucesores para que siempre podamos #crecerxaadentro. De este modo volvemos a retomar la amistad con Dios.


Aprender de Jesús al #InspirarseEnLosSantos


En el Evangelio de hoy el Señor dice a los fariseos y escribas por qué sus discípulos quebrantan la tradición de los “mayores”. El Señor conoce la intención de los fariseos y escribas, porque es Dios y puede ver dentro de los corazones de todas las personas. Y ve cómo su corazón está lejos de Dios, porque creyéndose “mayores” están más atentos a cumplir una serie de normas para ser perfectitos que a ser más amigos de Dios, ser santos. Y encima, así lo enseñan a los demás. Por esta razón, Jesús les advierte: si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo. Y es que no se trata de ser perfectitos, sino de ser buenos amigos o amigas de Jesús, eso es ser santos. ¿Y qué hacer si rompemos?


Para volver al Señor hemos de saber encontrar el lugar adecuado donde recuperar la gracia de Dios, su amistad. Ese lugar es la confesión. Y por eso a los sacerdotes -como el santo cura de Ars, que hoy es su fiesta- les encanta confesar y dedican tanto tiempo a este sacramento. La confesión es donde retomamos la amistad, donde nos levantamos de cada caída. Es decir, como cualquier deportista profesional, que sabe que detrás de cada medalla hay muchas caídas. Por eso dicen muchos deportistas que después de cada caída se está un paso más cerca de la medalla. Si te levantas, claro. Cada confesión es un paso más hacia la victoria definitiva, que es el cielo. Por eso san Josemaría hablaba de tener espíritu deportivo, consejo que te puede venir bien en estos días de vacaciones:


Un consejo de san Josemaría de #InspirarseEnLosSantos

Da muy buenos resultados emprender las cosas serias con espíritu deportivo... ¿He perdido varias jugadas? —Bien, pero —si persevero— al fin ganaré.

Surco, n. 169


Un reto de #InspirarseEnLosSantos


Si vives tu vida con ese “espíritu deportivo” lo normal será que ames la confesión, porque cada confesión será el lugar de tu victoria definitiva. Volver a levantarse en la confesión es recomenzar a estar con el Señor, a pesar de las dificultades. Por eso podemos afirmar que el confesionario es un podio, el lugar donde se colocan los que han vencido la competición. Cada confesión te coloca en la zona de los ganadores, porque has sabido derrotar a tus caídas, a tus pecados. Has sabido recomenzar, con espíritu deportivo, sabiendo volver a estar con Jesús y volviendo a #crecerxaadentro. El reto de hoy es pensar cómo son tus confesiones. ¿Te confiesas con frecuencia y siempre después de las caídas más graves? No dejes que la vergüenza o la pereza te robe la alegría de entrar en el lugar de la victoria, de tu victoria -con la ayuda de Dios- sobre tus pecados. Tener a Dios en tu alma vale mucho más que cualquier medalla.

Evangelio según san Mateo (15, 1-2.10-14)

La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, y le preguntaron:

«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?»

Jesús, llamando a la gente les dijo:

«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre.»

Se acercan los discípulos y le dijeron:

«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tu palabra?»

Él les respondió:

«La planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. Dejadlos: son ciegos y guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.»

Para la lectura


San Josemaría pasó horas confesando y recorrió kilómetros de aquí para allá para confesar a las gentes. Así lo recuerda el beato Álvaro en esta entrevista:

Si os confesáis, ¡seréis más felices!

Decía el beato Álvaro del Portillo que San Josemaría hablaba muchísimo de la confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.


Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la confesión con mucha constancia.


Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: "yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!" Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador, san Josemaría, permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.


Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.


Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.


Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.


Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.


En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.


Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.


Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen "el carisma de la confesión": he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.


Del Libro Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo.

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