• Crecer para adentro en vacaciones

6/08: ¡Qué bien se está contigo, Señor!

La transfiguración del Señor. Todos queremos estar alegres y rodearnos de personas alegres. Pero no es tan fácil. Podemos comprar entretenimientos y ratitos de felicidad. ¿Dónde conseguir la alegría auténtica? ¿dónde está? Está en tu interior… depende de ti. Es un regalo, un don que Dios nos “regala” cuando al #crecerxaadentro nos gastamos por los demás.


Aprender de Jesús al #InspirarseEnLosSantos


Hoy es la fiesta de la Transfiguración del Señor. Jesús subió al monte con tres de sus apóstoles y se transfiguró ante ellos enseñándoles toda su gloria, todo su poder y todo su amor. Los tres apóstoles se quedaron fascinados, pero fue Pedro el que se atrevió a decirle: “qué bien se está aquí contigo”, al comprobar que teniendo a Dios en su corazón nunca habría nada que temer, y nunca le faltarían fuerzas para ir por el mundo como Jesús, a servir a los demás. Se está tan bien cerca de Dios, que el mismo Pedro afirmó que quería quedarse allí con Él para siempre. Y así ha sido, o al revés: Jesús se queda con nosotros para siempre asegurándonos su presencia en el alma. Y con Él, qué fácil es querer vivir siempre haciendo el bien, llevando a los demás esa alegría de tener a Dios en nuestro corazón, como decía Montse Grases (lo podrás leer en la lectura de hoy). Y haciendo el bien, qué fácil es encontrarse a Jesús. Por eso, si te dan bajones de vez en cuando, piensa en este consejo de san Josemaría:


Un consejo de san Josemaría para #InspirarseEnLosSantos

Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría.

Forja 591


Un reto de #InspirarseEnLosSantos


Darse a los demás, vivir pensando en los otros, gastarse sirviendo a quienes tengo a mi alrededor no da de Dios esa la alegría serena, profunda, estable, pacífica y auténtica, capaz de contagiar a los demás… Esa es la alegría a la que Dios se refiere y de la que quiere llenarnos, y no depende del dinero, de la salud, ni de éxitos o fracasos, ni del placer. Tarde o temprano todo eso faltará, o llegará y se marchará. Es una alegría que no depende de lo de fuera, sino de lo de dentro. Nuestra alegría viene de saber que soy hijo de Dios. De que estamos en sus manos. De que Él nos quiere de verdad. De que no nos ha dejado solos, sino que se ha quedado en tu corazón. El reto para hoy para #crecerxaadentro es disfrutar de que tienes a Dios en tu corazón, si estás en gracia. Puedes cerrar los ojos y pensarlo y verás como también te saldrán esas palabras de san Pedro: ¡qué bien se está aquí contigo! Y también nacerán esos deseos de encontrarle en los demás, de darte a los demás.

Evangelio según san Mateo (17,1-9)

"Señor, ¡qué bien se está aquí!”

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo."


Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

Para la lectura


Montse Grases fue una muchacha que percibió, en plena juventud, la llamada de Dios a servirle en la vida ordinaria, así que con 16 años pidió ser admitida en el Opus Dei. Pronto se encontró con una dura enfermedad y todos sus amigos y parientes coinciden en que la afrontó contagiando la paz de su cercanía a Dios. Murió con 18 años y está en camino de de ser canonizada. Aquí podrás leer esa alegría que contagiaba:

La alegría de tener a Dios en el corazón

La alegría de Montse se manifestaba en cosas muy humanas, en cosas corrientes, detalles que hacían más agradable la vida familiar. Antes de estar enferma, esta virtud era patente en la ilusión ante una excursión, por celebrar una fiesta con su familia, por bailar sardanas o participar en un concurso de tortillas durante su veraneo. Le gustaba cantar, hacer teatro, disfrazarse para divertir a los demás, hacer deporte, etc. Sus amigas recuerdan que, en las excursiones por el campo y por el monte, a Montse le gustaba cantar canciones a ritmo de marcha y a pleno pulmón. Esta alegría irá adquiriendo una mayor profundidad en la medida en que se vaya identificando con lo que Dios le pida. Cuando llegue la enfermedad, Montse podrá corresponder con generosidad a la gracia, porque esta habituada a decirle un sí alegre al Señor en la cruz de cada día. Veamos algunas manifestaciones de este abandono en las manos de Dios: El Centro del Opus Dei que frecuentaba se llamaba Llar. Cuando pidió la admisión corno Numeraria del Opus Dei, estaba ilusionadísima, y tenía verdaderos deseos de entregarse a Dios y de llevarle mucha gente. A partir de entonces, corno recuerda la directora de Llar, no hacía nada llamativo ni extraordinario. Sin embargo, luchaba realmente por buscar la santidad en medio del mundo a través de la santificación del trabajo, que es a lo que se compromete un fiel del Opus Dei. Así pues, Montse continuó su vida normal.


A primera hora de la mañana iba a Misa a Llar, luego estudiaba, volvía a casa y ayudaba a su madre en los diversos trabajos del hogar, ya que como eran las vacaciones de Navidad, aquellos días no tenía que ir a la escuela’. Poco tiempo después, comenzó a dolerle la rodilla. Al principio lo atribuyó a una caída que tuvo practicando esquí, a la que no le había dado la más mínima importancia. "Todo lo suyo -comenta su madre- fue siempre muy pequeño, porque el amor de Dios está lleno de cosas pequeñas hechas por amor... Todo muy pequeño, como el dolor de la rodilla, que no se le quitaba, y que además no sabía localizar bien: unas veces le dolía más arriba, otras más abajo... Pero eso no parecía importarle; seguía haciendo deporte, aunque le doliera: "coja y todo (bromeaba), seguiré jugando'''. Una de las facetas que muestra su sencillez, y al mismo tiempo su fortaleza es precisamente, lo que su madre aduce a continuación: Montse sentía dolor, "pero esto no parecía importarle". Y es que procuraba olvidarse de sí misma y servir a los demás. De todos modos, como los dolores en la pierna aumentaban, la llevaron al médico. Después de muchas pruebas, se le diagnosticó un sarcoma de Ewing.


Sus padres lo supieron el día 20 de junio de 1957. Decidieron no comunicarle aún a Montse que se trataba de un tumor maligno; sólo le dijeron que tenía un tumor. Ella aceptó la situación con naturalidad y, al comentarlo con la directora del centro, le dijo que, aunque tenía un tumor, se curaría pronto.' Probablemente lo dijo así porque así lo pensaba y porque no quería hacer sufrir a sus seres queridos. En poco tiempo comenzaron a aplicarle sesiones de radioterapia, que se prolongaron un mes. A raíz de esto, bromeaba sobre "lo morenita que se le estaba poniendo la pierna", debido a las quemaduras de la radioterapia. Como la pierna le seguía doliendo, no podía trasladarse a los sitios caminando y tenía que coger un taxi para ir a las sesiones. En algunas ocasiones, le cabía la pierna extendida, pero otras no, según el tipo de coche. A propósito de esto decía con buen humor: "necesito un taxi a medida". Rosa Pantaleoni, gran amiga suya desde antes de que Montse pidiera la admisión al Opus Dei, la acompañaba a veces a los tratamientos de radioterapia, y señalaba que cuando iban a esas sesiones, todas las enfermeras le preguntaban qué le pasaba, pero ella cambiaba la conversación y acababa preguntándole por sus cosas.' "Aprovechaba la ocasión para hacer apostolado -añade-, no perdía comba". A veces, al terminar, la enfermera le comentaba a Rosa -además de sus impresiones por el cariño y la alegría de Montse- que le costaba adivinar si las curas le dolían o no.


No resulta dificil descubrir tras este testimonio de Rosa la santidad creciente de Montse que, de nuevo, se manifiesta en este no quejarse cuando la pierna le dolía y se le hinchaba, limitándose, a lo sumo, a contraer la cara por el dolor, sin pronunciar palabra. Sus padres, preocupados, preparaban el momento oportuno para decirle a Montse la verdad, ya que los médicos pronosticaban pocos meses de vida. Llegó el verano y durante un breve plazo de tiempo los dolores disminuyeron como consecuencia de la radioterapia. Montse se fue a Seva, un pueblo cercano a Vic, donde solían veranear desde hacía tiempo. Montse no quería tener un trato de excepción. Tampoco sus padres le fomentaron que se sintiera distinta por estar enferma, y le ayudaron a vivir en las manos de Dios. Así es que hacía vida normal.


Seguía tan contenta como de costumbre, bulliciosa, divertida, muy a menudo con una canción en los labios. Aunque ella ya les había preguntado por su enfermedad, sus padres no veían oportuno decirle nada en esas circunstancias, porque en la casa de verano estaban además sus hermanos, algunos muy pequeños, y se requería un ambiente de calma y de paz. De todos modos, un día que fueron a Barcelona con ella, decidieron que era el mejor momento para decírselo. El viaje en tren desde Seva fue muy incómodo para Montse, pero no se quejó. Llegaron un poco tarde a Barcelona, y antes de acostarse le dijeron lo que tenía. Le explicaron que se trataba de un cáncer y que era incurable. Montse sólo preguntó: "¿Y si me cortaran la pierna?" Su padre le contestó que esta pregunta se la habían hecho ya ellos a los médicos y la respuesta había sido que no era conveniente. Ella hizo un gesto, un mohín, como diciendo: "qué lástima", y se fue a su habitación a dormir. Su madre entró para acompañarla en ese trance, y encontró a Montse sentada, haciendo el examen de conciencia. Rezó de rodillas tres avemarías antes de acostarse, se metió en la cama y se durmió.


Su madre escribió recordando estos momento: "Le dije a Manuel (su marido): 'me voy con ella'. Me parecía imposible que después de decirle una cosa así pudiera dormir... Llegué a su cuarto y la empujé un poquito para que me hiciera sitio, y me dijo: ¿Qué haces mamá? -Pues mira, ¡dormir contigo! - ¡Ay qué suerte!, me contestó, en tono jovial. Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro y al cabo de unos instantes, sólo unos instantes, vi que respiraba profundamente... Me di cuenta de que se había dormido. Me cercioré bien y me marché. Y eso fue todo"'. Montse se daba cuenta de su enfermedad, pero estaba dispuesta a hacer la voluntad de Dios, a amarla, y se abandonó de tal modo en la Virgen que tardó muy poco en dormirse. De nuevo no estarnos ante algo espectacular, pero sí sobrenatural. Al arrodillarse a rezar las avemarías le había dicho a la Virgen: "lo que Tú quieras". Esta breve oración de Montse recuerda la de la Santísima Virgen: "Hágase en mí según tu palabra". Es fácil imaginar lo que supondría para Montse conocer que su enfermedad era mortal a corto plazo. Era una chica muy joven, tenía mucha vitalidad y proyectos; sentía "impaciencia" por ayudar a sus amigas, tratar de que se acercaran a Él, a través de su amistad, y también, como es natural, deseaba ir a vivir a un centro del Opus Dei. Pues bien, todo esto se truncó de golpe. Y no deja de impresionar la sencillez con la que Montse aceptó y amó la voluntad de Dios en un momento tan dificil.


Al día siguiente, a primera hora de la mañana, su madre llamó por teléfono a la directora del centro del Opus Dei por el que iba, y le dijo que Montse ya sabía de su enfermedad. Después la acompañó a confesarse. Al terminar, se notaba que había llorado, pero estaba contenta. Más tarde Montse fue a Llar. Entre otras cosas, le comentó a la directora: "el sacerdote me ha dicho que soy una "enchufada", porque pronto voy a disfrutar de Dios. Fíjate, al principio no me lo parecía y ahora sí... Y estoy muy tranquila y muy contenta. Tengo una gran paz. Y quiero la voluntad de Dios. Recuérdamelo por si lo olvido: yo quiero la voluntad de Dios... y esta es la segunda entrega que he hecho al Señor. La primera ya la hice."


Del artículo La alegría y la sencillez: Montse Grases, de Montserrat Negre

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