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Día 13 - Llámala fuerte, ¡fuerte!

Actualizado: mar 28

Cuando uno está en peligro ¿qué hace? Gritar, gritar fuerte para que nos socorran. Muchas veces #crecerxadentro será atreverse a gritar, a gritar fuerte para que nos ayude nuestra Madre Santa María.


El consejo de hoy es...

“¿Le gustará, no le gustará?” “¿El azul o el verde?” “¿Este vestido o el otro?” “Ahhh… ¿qué hago? No debería tocar este banner...” “¡No puedo más!” “¡Me rindo!” ¿Quién no ha experimentado todos esos pensamientos muchas veces? Hay ocasiones en las que te puedes sentir una persona acorralada por las circunstancias: en la duda de una elección, asaltado por la tentación, sin ánimo para rezar, cansado para seguir estudiando, flojo para afrontar un problema y mil motivos más en los que desearías que alguien te sacara de los apuros, en los que a veces tú mismo, tú misma, te has metido. Pues ese “alguien” tiene nombre propio: María. Y es tu Madre que te quiere entrañablemente y que siempre está a tu lado para ayudarte. Al #crecerxaadentro te darás cuenta de que es una suertaza contar con Ella para todo, y más en los momentos difíciles. Mira con qué palabras te lo sugiere san Josemaría:

¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha.

Camino, n. 516.


Propósito del décimo tercer día

¡Cuántas cosas nos solucionan nuestras madres!, aunque a veces nos repitan todo una y otra vez. Pero ¿no es verdad que también una y otra vez hacemos oídos sordos? También nuestra Madre del Cielo nos repite una y otra vez que seamos santos, porque nos quiere felices. Aunque quizá no te lo parezca, ¡más le importa tu felicidad ahora que estás en cuarentena! Y hemos de reconocer que tantas veces subimos el volumen de nuestra música, de nuestras cosas, para no oír bien del todo sus palabras. ¿Pues sabes qué? Ella siempre tiene a tope el volumen de nuestra voz. Tu Madre Santa María, siempre va a acudir en tu ayuda. Y si a veces no te lo parece, quizá es que tienes que hacer como Ella: subir el volumen de sus palabras y bajar el de esos otros ruidos que nos impiden escucharla con claridad o sentir su consuelo, sus caricias, su socorro. Hoy llámala para que te ayude en todo, pero deja también un momento de silencio para que la puedas oír. Ella te ayudará, como a san Josemaría atravesando los Pirineos (en la lectura).

Evangelio según san Juan 7, 40-53

El pueblo se pregunta quién es Jesús

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:

«Este es de verdad el profeta».

Otros decían:

«Este es el Mesías».

Pero otros decían:

«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.

Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:

«¿Por qué no lo habéis traído?».

Los guardias respondieron:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Los fariseos les replicaron:

«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:

«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».

Ellos le replicaron:

«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».

Y se volvieron cada uno a su casa.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Tras muchos meses refugiado, a san Josemaría se le presentó la oportunidad de escapar a través de los Pirineos. Pero ya en ruta le asaltaron las dudas de si estaba haciendo lo correcto, porque algunos de los primeros de la Obra seguían en la zona republicana, donde sus vidas seguían corriendo peligro.

Una rosa de parte de la Virgen

El 19 de noviembre de 1937, Escrivá, Albareda y Jiménez Vargas tomaron el autobús hasta Oliana con unas mochilas por todo equipaje. Escrivá llevaba varias prendas prestadas: un pantalón de pana color tabaco, un jersey de lana azul marino que le quedaba grande, unas botas de suela de goma y una boina. Durante el camino seguía preguntándose: ¿había hecho bien al marcharse de Madrid? ¿Debía continuar? ¿Era realmente eso lo que Dios quería, o se estaba engañando?

Estos pensamientos le causaban graves escrúpulos de conciencia, mientras se acercaban a Oliana, situada a unos cien kilómetros al noroeste de Barcelona.

Pedro Casciaro relata en sus memorias los numerosos percances de esa travesía.

Al día siguiente, 20 de diciembre, según lo establecido, encontraron a Tonillo, un chico de diecisiete años que les acompañó hasta la masía de Vilaró, situada en un cerro. Allí Escrivá celebró Misa y estuvieron encerrados el resto del tiempo dentro del pajar. Seguía inquieto por los tres que faltaban. Fisac, Casciaro y Botella, que llegaron al fin, después de tardar veinticuatro horas en hacer un recorrido de cinco, a causa del estado de embriaguez de su guía.

Al atardecer se trasladaron desde Vilaró hasta la rectoría de Pallerols, donde pasaron la noche del 21 al 22 de noviembre. Les indicaron que podían descansar en el horno de la casa rectoral, junto a la iglesia de Pallerols, que había sido incendiada y destrozada en 1936.

Mientras los otros dormían, Escrivá no pudo soportar más la presión interior y comenzó a sollozar en silencio. Algunos de los que le acompañaban, como Casciaro, ignoraban la causa de esas lágrimas y se asombraron al oír que Juan le decía, de forma contundente: «¡A usted le llevamos al otro lado, vivo o muerto!».

Fue un trago duro para Jiménez Vargas, tener que pronunciar esas palabras, pero no tuvo más remedio, porque conocía las dudas interiores que acosaban a don Josemaría.

Al verse en aquella situación límite, Escrivá hizo algo que no había hecho hasta entonces, ni volvería a hacer en el futuro: pidió a Dios una prueba externa de que estaba haciendo su Voluntad.

No logró conciliar el sueño y a primeras horas de la mañana bajó al templo para rezar. Y allí, entre los escombros, encontró la prueba que había pedido: una rosa dorada, de madera, procedente de un retablo de la Virgen que había sido destrozado. “Cuando estaba comido de preocupaciones –contaba, años después–, ante el dilema de si debía pasar o no, durante la guerra civil, de un lado a otro, en medio de aquella persecución viene otra prueba externa: esa rosa de madera. Cosas así: Dios me trata como a un niño desgraciado al que hay que dar pruebas tangibles, pero de modo ordinario”.

Regresó transformado, y le dio la rosa a Jiménez Vargas para que la guardara. «Todos sacamos la impresión de que aquella rosa tenía un profundo significado sobrenatural, aunque no hizo ninguna aclaración», escribió Jiménez Vargas.

Al año siguiente, en una carta dirigida a Zorzano, Escrivá elogiaría la fortaleza de Juan en aquellos momentos difíciles: “¡Cuantas veces hubiera vuelto a mi país, antes de llegar a Francia, si no lo hubiera evitado!”.

Fragmento de "Cara y Cruz", de José Miguel Cejas.

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