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Día 14 - Los enfermos son Él

En las últimas semanas son muchas las personas que se han puesto enfermas. Muchos están muriendo a causa del virus. Y cada persona que sufre en el hospital es “otro Cristo”. ¿Te ayuda acompañarles con tu oración para #crecerxaadentro?


El consejo de hoy es...

Quizá tengas algún familiar o conocido que está ingresado en el hospital o que incluso, por desgracia, ha perdido la vida a causa del virus. Es posible hayas oído historias de tantas personas que están en cuidados intensivos, solas. Es una situación dolorosa. Ante ese sufrimiento es normal que nos preguntemos dónde está Dios. “Señor, ¿dónde estás?” “¿Te has olvidado del mundo?” “¿Acaso no te importa que suframos tantos por algo que no hemos hecho?” No siempre es fácil encontrar respuesta, pero este consejo de san Josemaría te ayudará a buscarla en tu oración, porque sólo Jesús tiene la solución a esto:


—Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El.

Camino, n. 419.


Propósito del décimo cuarto día

Mi Jesús está clavado en la cama de un hospital”. Estas palabras las puedes leer después en la lectura espiritual; las decía san Josemaría acordándose de los enfermos que cuidaba en los años treinta en Madrid. Les daba asistencia espiritual, confesándoles o administrando la Eucaristía. También les procuraba atención material lavándoles, cortándoles las uñas, arreglando el lugar en el que se encontraban los enfermos. ¡Cuántas ganas en estos días de ir a los hospitales a atender a nuestros enfermos! Pero, hemos de quedarnos en casa, aunque no siempre nos guste, porque es la mejor ayuda que podemos ofrecer. Y… ¿ya está? No, podemos apoyar con nuestra oración a todos los enfermos. Hoy puedes acordarte de rezar especialmente por ello. Cada “visita” que les hagas desde tu oración será también estar muy cerca de Cristo. Y si tienes la oportunidad de atender alguno... no te olvides que los enfermos son Él (este vídeo de hoy podrá ayudarte especialmente a no olvidarte del reto).

Evangelio según san Juan 11, 1-45

Mirad cómo le amaba

Entonces María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle se postró a sus pies y le dijo:

—Señor; si hubieses estado aquí, no hubiera muerto mi hermano.

Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció en su interior; se conmovió y dijo:

—¿Dónde le habéis puesto?

Le contestaron:

—Señor; ven y lo verás. Jesús comenzó a llorar.

Decían entonces los judíos:

—Mirad cómo le amaba.

Pero algunos de ellos dijeron:

—¿Este, que abrió los ojos del ciego, no podía haber impedido que muriese?

Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo:

—Quitad la piedra.

Marta, la hermana del difunto, le dijo:

—Señor; ya hiede, pues lleva cuatro días.

Le dijo Jesús:

—¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Quitaron entonces la piedra. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la multitud que está alrededor; para que crean que Tú me enviaste.

Y después de decir esto, gritó con frene voz:

—¡Lázaro, sal afuera!

Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario.

Jesús les dijo:

—Desatadle y dejadle andar.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Cuando san Josemaría visitaba a los enfermos en Madrid no se limitaba a consolarles, confesarles o lavarles: les pedía que ofrecieran a Dios sus sufrimientos, como Jesucristo. Veía de verdad en ellos al mismo Cristo: y así les trataba.

Jesús clavado en la cama del hospital

El trabajo sacerdotal de Escrivá en la iglesia de Santa Isabel, situada cerca de la Estación de Ferrocarril de Atocha, el Hospital General y la Facultad de Medicina, le permitió concentrarse, como deseaba, en la tarea de «hacer el Opus Dei». Pero el hecho de haber dejado el Patronato no le alejó de los enfermos, a los que siguió atendiendo en los hospitales. «Mi Jesús –escribió en sus notas– no quiere que le deje y me recordó que Él está clavado en una cama del Hospital» .

La precaria situación de la medicina hospitalaria durante los años treinta hacía que ese concepto «atender a los enfermos» tuviera una dimensión mucho más amplia que la actual. «Ir a atender a un enfermo» significaba lavarle, cortarle las uñas, limpiar los vasos de noche, adecentar el lugar donde se encontraba... Muchos de ellos estaban desahuciados por los médicos y dormían en jergones puestos directamente sobre el suelo, alineados a lo largo de una sala. «Ir al hospital» se entendía, en algunos ambientes sociales, como «ir a morir al hospital».

José Ramón Herrero Fontana, un joven estudiante de Derecho, estuvo en aquel hospital por primera vez, respondiendo a una invitación de Escrivá, al que llamaban el Padre.

Era un caserón enorme, con un gran patio central y los techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro. Las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos; no había camas suficientes y estaban hacinados por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo... con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable... En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello... Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento... Esa imagen no se me borra de la memoria: le estoy viendo junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios... Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida.

Un médico del Hospital de la Princesa, el doctor Canales, recordaba: «confesaba y daba la comunión, con un cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos. Lo veía a distintas horas de la mañana. Por lo que deduzco que debía estar tres o cuatro horas». Y añade: «No temía al contagio, aunque en todas las salas en que entraba había enfermos contagiosos; más de una vez se le avisó del peligro que corría en el trato con los enfermos, y siempre contestaba, con simpatía y sonriente, que él estaba inmunizado a todas las enfermedades».

El primer día del año Lino [un sacerdote amigo] le presentó a su amigo Vegas, y al día siguiente a Somoano, que se entusiasmó con el mensaje del Opus Dei y escribió aquel mismo día en su Diario: «Me visitó por vez primera José Mª Escrivá acompañado de Lino. Me entusiasmó. Le prometí enchufes –enfermos orantes– para la Obra de Dios. Yo entusiasmado. Dispuesto a todo».

“Con José Mª Somoano hemos conseguido –anotaba poco después Escrivá, pocos días antes de cumplir treinta años–, como se dice por ahí, un enchufe magnífico, porque sabe nuestro hermano, admirablemente, encauzar el sufrimiento de los enfermos de su hospital, para que el Corazón de nuestro Jesús acelere la hora de su Obra, movido por tan hermosa expiación”.

Poco después, [Somoano], le contó a María Ignacia García Escobar, una enferma del Hospital, que aquella noche no había podido «reconciliar el sueño, de la alegría tan grande que sentía». Nada más conocer a Escrivá, Somoano puso a rezar con intensidad a muchos enfermos del Hospital –de forma especial a María Ignacia–, y a sus padres y hermanos por aquella «intención», como denominaba Escrivá al recién nacido Opus Dei.

El lunes 9 de abril ya contaba con dos mujeres, porque se había unido a la Obra, precisamente, María Ignacia García Escobar. «Gracias a Dios –anotó Escrivá–. Hoy, en nuestra reunión semanal, propondré a mis hermanos sacerdotes que recemos el Te Deum».

Tres días después se incorporó otra enferma del mismo hospital, Antonia Sierra Pau, casada y madre de una niña. Era una mujer sacrificada, piadosa y «archibuena», en palabras de Escrivá. «Queda muy contenta –escribió Somoano–, igual que María Ignacia. –Dios no desprecia al corazón humilde y que sufre».

Escrivá consideraba a estas dos mujeres –María Ignacia y Antonia– «vocaciones de expiación», que servirían para fundamentar el Opus Dei con sus enfermedades ofrecidas al Señor. Ese era su trabajo: santificar los sufrimientos diarios que Dios les enviaba.

Párrafos tomados del libro Cara y Cruz, de José Miguel Cejas.

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