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Día 15 - Tu buen ejemplo

Actualizado: mar 30

¡Empieza hoy la última semana de clases! Además, estando en casa todo el día y teniendo en cuenta que es la última semana antes de la Semana Santa… ¡Qué gran oportunidad para #crecerxaadentro con el reto de hoy!


El consejo de hoy es...

¿Te puedes creer que llevamos ya dos semanas de confinamiento? Seguro que ya habrás tenido muchas oportunidades para #crecerxaadentro, como Jesús espera de ti. Ahora se nos alargan los días. Bien, pues es la ocasión idónea para que sigamos procurando buscar al Señor en cada instante, en esta vida diaria que quizá ahora no nos parece tan atractiva. Además, lo mucho que ya has aprendido en estos días de cuarentena te puede servir para seguir ayudando a los de tu casa de una manera que, quizá, todavía no habías percibido. Fíjate el consejo que te ofrece san Josemaría:


No dudo de tu rectitud. —Sé que obras en la presencia de Dios. Pero, ¡hay un pero!: tus acciones las presencian o las pueden presenciar hombres que juzguen humanamente... Y es preciso darles buen ejemplo.

Camino, n. 275.


Propósito del décimo quinto día

Tanto si te has esforzado hasta hoy por corresponder a Jesús en estos momentos, como si has tenido tus ratos en los que no te apetecía demasiado, ahora tienes un motivo más para esforzarte por seguir cumpliendo tu horario, estudiando y siguiendo las clases por Internet (si es que tienes esa suerte), para hacer un rato de oración todos los días, por asistir a Misa telemáticamente, para ayudar en casa… Y además, y este es el reto de hoy, piensa que tu buen ejemplo ayuda mucho a los demás: a tus padres, a tus hermanos, a tus amigos. Siempre ha sido así (lo verás en la lectura de hoy), cuando uno procura hacer las cosas bien arrastra a los demás y, entonces, puede de verdad ayudarles a salir adelante. Hoy que es lunes, ¿intentarás vivir “ejemplarmente” tu horario para ayudar a quienes te rodean a #crecerxaadentro?

Evangelio según san Juan 8, 1-11

El que esté sin pecado, que tire la primera piedra

Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.

Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.

—Maestro —le dijeron—, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? —se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.

Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra.

Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

—El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.

Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo:

—Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

—Ninguno, Señor —respondió ella.

Le dijo Jesús:

—Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

No todos los jóvenes que seguían a san Josemaría estaban confinados en la Legación de Honduras en Madrid. Pedro Casciaro, como ya hemos visto, estaba en su “pueblo”, en Torrevieja, cuando estalló la guerra. Allí siguió viviendo su plan de vida espiritual y de trabajo, a pesar de la incertidumbre del momento. Su hermano menor, José María, narra cómo el ejemplo cristiano de su hermano lo enderezó a él también para esforarze en seguir de cerca de Jesús en la vida ordinaria —a pesar de la situación tan extraordinaria como un confinamiento por culpa de la guerra—, aunque todavía no llegaba a los trece años.

El ejemplo de un buen hermano

El único que seguía trabajando normalmente, sobreponiéndose a la situación tan inquietante, era Pedro. Había venido, sin duda, con un plan bien organizado: las prácticas habituales de piedad cristiana, estudio (en septiembre se proponía terminar, me parece, la Licenciatura en Ciencias Exactas, que compaginaba con los estudios en la Escuela Superior de Arquitectura), y algo de deporte, sobre todo acuático, natación y piragua, que eran a los que más afición tenía, aunque lo del deporte, dadas las circunstancias, resultaba poco hacedero. Los demás le decían, casi como reproche:

—¿Pero por qué estudias tanto, si no sabemos qué va a ser de nosotros?

A lo que él solía dar respuesta, más o menos del siguiente tenor:

—Pues, precisamente por eso, porque no sabemos, yo continúo con mis planes previstos.

A sus espaldas se admiraba su serenidad, circunstancia que yo anotaba en mi conciencia.

***

Una de aquellas noches, después de contemplar —también a veces participábamos en la partida los jovencitos— el juego de las siete y media [juego de cartas], fui a acostarme. Pedro, como de costumbre, estaba en cama, esta vez vuelto hacia la pared. Me había dejado un papel escrito, que conservé durante muchos años, hasta que en un traslado de domicilio se me extravió. Venía a expresarse, poco más o menos, en los siguientes términos:

—¿Piensas que la vida que llevas es coherente con la de un cristiano?:

No rezas nada.

Pierdes el tiempo todo el día. No coges un libro. No sientes la responsabilidad de corresponder al esfuerzo que hacen nuestros padres para darnos estudios.

Incluso tampoco descansas razonablemente, acostándote más tarde de lo conveniente.

Te propongo un plan, si quieres, para corregir esa situación. Consiste en.

Rezar algo del Rosario. Yo te acompañaré algún rato para hacértelo más fácil.

Ahí te dejo los Evangelios, de la biblioteca del abuelo (era un volumen de las Biblia, del Abate Crampon, con texto latino, traducción francesa y notas explicativas). Podrías leer un trocito cada día, como unos cinco minutos, meditándolo y leyendo algunas notas.

También te dejo La imitación de Cristo de Kempis: se trataría de leer unos pocos puntos diariamente y meditar sobre ellos otros cinco minutos.

En cuanto al estudio, lo mejor será dedicar todos los días un rato a repasar las lecciones del método de francés (era el de Ahn), que también tienes ahí, y hacer algunos ejercicios. Como complemento para la lectura en francés, tienes en la mesa otro libro de la biblioteca del abuelo: Le Génie du Christianisme, de Chateaubriand.

Si quieres, puedo aclararte algunas cosas.

Leí varias veces el papel, mirando de vez en cuando hacia la cama de Pedro. Seguía vuelto hacia la pared. Intentaba yo saber si estaba despierto. No me atreví a decirle nada, pues parecía dormido. Continué con el papel ante mí: Pedro llevaba toda la razón. Yo me rendía. Con 12 años y muchos meses se me vinieron las lágrimas a los ojos. Después de estar un buen rato pensando sobre aquello, me acosté, sin hacer ruido, como siempre, para no despertarle.

Es claro que pronto hablamos del asunto y el plan se puso en marcha. Efectivamente, me fue explicando más cosas. Un día me ampliaba noticias sobre la Residencia de Ferraz en Madrid, y sobre el Padre (así llamaba de ordinario al Fundador del Opus Dei) y de su apostolado con estudiantes. Por supuesto se iba abriendo un mundo nuevo para mí. Antes sólo sabía que Pedro había vivido en aquella Residencia durante el curso anterior. Por mi parte, iba observando su conducta.

Fragmento tomado de "Vale la pena" de Jose María Casciaro.

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