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Día 16 - ¡Tienes un Ángel!

Dios nuestro Padre ha puesto a nuestro lado hasta un ¡Ángel Custodio! que nos ayuda a #crecerxaadentro y nos guarda y guía en nuestro camino hacia el Cielo. Aprovecha ahora que estás en casa para tratar más al tuyo.


El consejo de hoy es...

¡Cuántas veces hemos rezado de pequeños a nuestro Ángel de la Guarda! “Ángel de mi Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería”. Todos tenemos un Ángel Custodio que está junto a nosotros en la tierra y junto a Dios en el Cielo. ¡También Jesús tuvo un Ángel que le consoló en el momento más difícil! El Ángel Custodio es un regalo de Dios para ayudarte, protegerte y guiarte hacia el Cielo. ¡Cuánto vales a los ojos de Dios! San Josemaría aprendió de sus padres a tratar a su Ángel de la Guarda, pero a partir del 2 de octubre de 1928 su devoción por los Ángeles Custodios se hizo más intensa porque en ese día, que es justo la fiesta de los Ángeles Custodios, fundó el Opus Dei. San Josemaría se hizo un buen amigo de su Ángel de la Guarda: le puso por nombre “Relojerico”, le pedía favores, le daba las gracias, le encomendaba a otras personas, acudía a él ante las tentaciones, recurría a su ayuda en las dificultades, le rezaba… lo quería. Y su Ángel le respondía. Porque los Ángeles Custodios están ahí para ti, como podrás ver en la lectura. Por eso, san Josemaría te aconseja:


Ten confianza con tu Ángel Custodio. —Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día.

Camino, n. 562.


Propósito del décimo sexto día

Como san Josemaría, también nosotros —cada cristiano, cada cristiana— contamos con un gran Amigo a nuestro lado. ¿Cómo le tratas? A lo mejor hablas con él, le pides ayuda para resolver tus problemas o para afrontar con buen humor las situaciones más difíciles, para dar un consejo acertado o para consolar a tus abuelos, familiares y otras personas que puedan estar pasando por malos momentos ahora que estamos confinados en casa. Pero, a lo mejor, le tienes un poco olvidado. Bueno, hoy puede ser un buen día para retomar o agrandar tu amistad con tu Ángel. El reto es darle un nombre que te ayude a tratarle con más naturalidad y en pedirle que te ayude a hacer algo bueno pero que te cuesta. Verás cómo te ayudará encantado. Y ¡dale las gracias!

Evangelio según san Juan 8, 21-30

Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».

Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».

Y él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».

Ellos le decían: «¿Quién eres tú?».

Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.

Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

San Josemaría fue enseñando a las personas que conocía a tratar a sus Ángeles Custodios. Un ejemplo lo encontramos en Juan Jiménez Vargas (médico, uno de los primeros del Opus Dei) que ante el peligro de un registro por parte de los milicianos durante la Guerra Civil acude a la intercesión de su Ángel de la Guarda y a él atribuye lo que pasó…

El ejemplo de un buen hermano

***

En aquellas jomadas, Jiménez Vargas se acercó todas las mañanas al centro de la Obra de Ferraz 16. Ese mismo martes 21 observó que «había muchos cristales rotos, impactos en la fachada, [y que estaban] los cristales del portal deshechos»; comentó este suceso con los Escrivá y, según añade, «con el P. [Padre] estuve hablando de que, si triunfa la sublevación, hemos de sacar pesetas para revocar la fachada». Al día siguiente, entró con Zorzano en la Residencia para ordenar lo imprescindible. Tiraron la basura, cortaron la corriente para evitar cortocircuitos, escondieron la sotana del fundador y recogieron su cédula de identidad, una cartera y unas llaves. Cuando estaban comprobando los destrozos producidos por las balas, sonó el timbre. Alarmados, abrieron la puerta. Era José María Albareda, catedrático del Instituto Velázquez de Madrid y conocido de Escrivá.

Los últimos días de julio se sucedieron con lentitud en el apartamento de la calle Doctor Cárceles en el que vivía san Josemaría con su madre, María Dolores, y sus hermanos, Carmen y Santiago. Mantuvo el contacto con los que pudo, llamando por teléfono o recibiendo algunas visitas, entre otras la de Hermógenes García, que conversó con él en la tarde del 23 de julio. También cuidó de su madre, muy inquieta con la situación social; así, le rogó a su hermano Santiago que no mencionara noticias sobre la marcha de la guerra cuando ella estuviese presente.

El resto de profesionales y estudiantes de la Obra no salían de su domicilio de momento, a no ser que tuviesen gestiones específicas. Un caso particular fue el de José María Hernández Garnica que cumplía el servicio militar, aunque gozaba entonces de un permiso por motivos de estudios. Como no deseaba incorporarse a su regimiento, se refugió, junto con otros jóvenes de la familia, en casa de su tío Pablo Garnica, en la calle Jorge Juan. A los pocos días, «llegó un grupo de milicianos que registraron la casa y se incautaron del piso. A los refugiados les dio tiempo para bajar al jardín interior del edificio, saltar una valla y alcanzar la calle Goya, donde se dispersaron» [65] . Sin otro lugar al que acudir, José María regresó a casa de su madre, en la calle Conde de Aranda 14.

El 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, Juan Jiménez Vargas fue a la calle Doctor Cárceles a primera hora. Trató de dar noticias agradables —según la radio de París el Gobierno republicano no podía durar más de unos días- con el fin de tranquilizar a la madre de san Josemaría.

Después, caminó hasta la Residencia DYA para recoger una tarjeta de identidad que González Barredo había olvidado antes de la sublevación. Apenas había cerrado la puerta de la calle, escuchó que llamaban insistentemente al timbre. Se encomendó al Ángel Custodio y abrió. Aparecieron cinco milicianos de la CNT, que entraron diciendo que requisaban la casa. El jefe del grupo se identificó al cabo de un rato como antiguo cocinero del conde del Real.

Según Juan, «llevaba una [pistola] Star estupenda del nueve largo, que daba envidia». Jiménez Vargas les mostró su carné de la Federación Deportiva Universitaria, que, por tener fama de que estaba controlada por la FUE —Federación Universitaria Escolar, agrupación estudiantil de izquierdas—, gustó a los anarquistas. Con todo, registraron la vivienda minuciosamente. Durante más de una hora, Juan trató de no alejarse del jefe de la patrulla porque era el que le inspiraba menos confianza. Enseguida, advirtió que deseaban robar objetos de valor, y que estaban sorprendidos porque había cambiado el dueño. Jiménez Vargas trató de despistarlos. Dijo que el edificio todavía era propiedad del conde y que había planes de comenzar una Residencia que estaría dirigida por un ciudadano extranjero, un tal Zorzano. Los milicianos se mostraron escépticos sobre la verdadera finalidad de la Residencia cuando dieron con algunas listas de nombres, la cédula de un criado y diversos himnos de la Juventud Católica. Al llegar al cuarto del Padre descubrieron sus disciplinas y cilicios. Blasfemaron y Juan respondió con malas palabras, tratando de quitar importancia al hecho de que tuviesen un capellán. Luego, forzaron la caja de caudales y cogieron el dinero —con cierto cinismo entregaron a Juan una nota con la cantidad que requisaban—, y también se llevaron las alhajas regaladas por la condesa de Humanes. El jefe del grupo declaró que la casa quedaba confiscada y pusieron una bandera de la CNT en el balcón.

Salieron de la Residencia. Ante la vista de los curiosos arremolinados en la acera, Jiménez Vargas fue obligado a entrar en un coche. Pensó entonces que le iban a dar el paseo [así llamaban a las ejecuciones] en la Casa de Campo. Pero tuvo suerte porque acudieron a casa de sus padres para continuar el registro. Entonces, se inquietó de verdad, ya que en su habitación guardaba el diario de DYA, un fichero de personas que frecuentaban la residencia y carnets de la Agrupación Escolar Tradicionalista.

Al llegar a su cuarto, como anotó luego, «me puse delante del cajón en que guardo las cosas de la O. [Obra], que estaba en el suelo. Me hizo abrir el armario de la ropa —seguramente fue el Ángel Custodio— porque abrí por completo, bruscamente, tapando con la puerta del armario el cajón». Después de registrar el armario, el jefe comentó que ya habían visto lo necesario y que irían al domicilio del director de la Residencia. En ese momento intervino la madre de Juan. Nerviosa, dijo que acompañaría a su hijo adonde lo llevaran. El jefe del grupo contestó «que no se preocupara porque no es la CNT quien hace eso que se cuenta». Lo dejaron libre y se marcharon.

Juan esperó un rato y, a continuación, fue a casa de san Josemaría para contarle lo sucedido. Luego salió a la calle con Álvaro. Soltando la tensión acumulada, «comentábamos que ahora necesariamente tiene que triunfar la sublevación porque no nos vamos a quedar sin casa. Viendo todo en manos de Dios estábamos muy tranquilos y hasta alegres, y nadie podría figurarse lo que pasaba viendo cómo bromeábamos por la calle». Esa tarde, tuvo el ánimo suficiente para pasar visita médica a una monja que estaba enferma.

Fragmento del libro “Escondidos”, de José Luis González Gullón. Para una mayor comprensión, se ha cambiado “don José María” por “san Josemaría”.

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