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Día 18 - Como un muelle comprimido

Actualizado: abr 2

Con el avanzar de los días puedes tener la impresión de que esto es inaguantable. Que tienes unas ganas locas de correr por el mundo, de volver a la vida siempre… y no puedes. Encima, todos te repiten lo mismo: “paciencia”, “sólo un par de semanas más”. Si es así: ¡estupendo! Te estás preparando para el gran salto de #crecerxaadentro.


El consejo de hoy es...

Es normal estar cansado en situaciones normales. Uno de nuestros grandes consuelos es saber que Jesús, al encarnarse, también quiso probar la fatiga: Dios y hombre se cansa. Y, a veces, hasta parece que pierde un poquito la paciencia con los discípulos… Ahora, quizá, estás viendo lo que significa estar cansado en situaciones extraordinarias como la del confinamiento. Bueno, pues es el momento de ir a la oración y contárselo a Jesús, porque te entiende mejor que nadie. Y es posible que ahí, al hablar con Jesús, entiendas mucho mejor este consejo de san Josemaría:


Crécete ante los obstáculos. —La gracia del Señor no te ha de faltar: "inter medium montium pertransibunt aquae!" —¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?

Camino, n. 12.


Propósito del décimo octavo día

¿Te sientes tú también como un muelle comprimido? ¿Notas las ganas enormes de querer ser mejor, de aprovechar mejor el tiempo que quizá antes habrías perdido, de volver a comulgar, a confesarte, a hacer la visita al Santísimo...? ¿Estarías dispuesto a dar hasta no se sabe qué con tal de poder volver a la vida de siempre? Si es así, aprovecha el reto de hoy y proponte ofrecerle al Señor esas ganas enormes de volver a la “normalidad”. Verás cómo entonces también tú empiezas a soñar los sueños grandes, esos que de verdad hacen #crecerxaadentro (como podrás ver en la lectura).

Evangelio según san Juan 8, 51-59

Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi días

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».

Los judíos le dijeron:

«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».

Jesús contestó:

«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».

Los judíos le dijeron:

«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».

Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».

Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Estando confinados en la Legación de Honduras, y escribiendo cartas con lenguaje que no pudiese interpretar la censura en tiempos de guerra, san Josemaría animaba a los primeros fieles de la Obra y les recordaba que, si él moría, ellos tendrían que seguir con la misión que el Señor dejaba en sus manos. Así los hacía soñar con la enorme labor apostólica que habría de venir.

Soñando con salir del encierro

Desde su encierro continuaba el Fundador haciendo la Obra en un intenso trato con el Señor, y mediante un apostolado epistolar para el que no era mayor obstáculo la censura, que se saltaba con ingenio y buen humor. Hay una carta, del 29 de abril de 1937, en la que recuerda, a sus hijos del “Levante feliz”, la responsabilidad que tienen de hacer el Opus Dei en caso de que él muriera:

Yo espero —espero— que no tardaré en poder abrazaros. Mientras, no os olvidéis de este pobre viejo y, si el viejo —es ley natural— desfilara, a vosotros os toca continuar, cada día con más ímpetus, el negocio familiar. Te digo, en confidencia, (confidencia de abuelo a nieto) que, al verme propietario de tanto hueso desconocido, me encuentro con magnífica salud: y —será lo que sea— pienso que se alargará por años mi vida, hasta ver en marcha, bien colocada, a toda la chiquillería de mis hijos y mis nietos. Pero, ¡pero!, no te olvides de que —insisto— si desfilo, no debéis abandonar por nada mi negocio, que os llenará de riqueza y bienestar a todos. Casi no sé qué escribo. ¿La vida? ¡Bah!... ¡¡La Vida!!

[...] ¡Criotes! Un negocio veo, para un futuro próximo, tan espléndido, que sería bobo pensar que nadie deje la oportunidad de enriquecerse y ser feliz. ¡Con qué razón aseguran que, al llegar a los setenta, ochenta tengo yo, se acentúa la avaricia! Os querría a todos cubiertos por los rayos del Sol, que haga brillar sobre los míos el oro puro, adquirido, bien adquirido, con el esfuerzo de sacar adelante el patrimonio de mi casa.

Mariano: dices muchas tonterías. Es cierto. Pero, genio y figura hasta la sepultura. He sido ambicioso siempre. Lo he querido todo. Y, además, como no me parece camino torcido, por él pienso empujar a mi gente.

¡Ambición! ¡Bendita ambición! ¡Cuántos obstáculos allanas!... Con sed de alturas, dificilillo es meterse en charcas, que son lo contrario: simas. Si me reservo —¡bendita ambición, nobilísima ambición!— para lo grande —y he nacido para lo grande—, sabré —con los auxilios oportunos— no entretenerme en lo pequeño. Dije. No he dicho despreciar lo pequeño, porque esto sería una barbaridad, ya que lo grande, lo más grande, a fuerza de pequeños esfuerzos se logra.

Y luego les notifica, muy veladamente, el serio compromiso contraído con el Señor para desagraviar por deudas propias y ajenas, implorando protección para su negocio:

No sé si sabrás que me metí, por la familia, que es siempre mi debilidad, en un lío económico: empeñado en pagar todas las deudas. No te digo más. Tú no puedes ignorar que también de deudas andaba yo bueno. Así es que se ha unido el hambre con las ganas de comer. Ahora es cuando me veo realmente viejo, sin fuerzas, y... pachucho en todo. Pero, lo dicho, dicho. No me vuelvo atrás. Compadécete tú —y lo mismo los otros nietos— y ayudadme como podáis. ¡Tendría poca gracia que mis ambiciones acabaran en un “crack”, o, por lo menos, en una suspensión de pagos! Tiemblo: cuento —creo— con el esfuerzo y los sacrificios de toda mi gente.

Dos meses más tarde, interiormente robustecido por las duras pruebas a que le sometía el Señor, tornaba a la gestión de su empresa —su “negocio”—, con redoblado optimismo: Este abuelo vuestro —les escribía el 24 de junio— ha vuelto a tomar las riendas. ¡Qué noticia! Y os aseguro que con más fuerzas que antes de su enfermedad, aunque ahora pese cuarenta kilos menos.

No desanimaban al Fundador las adversidades propias de aquellos días, pues la guerra —les decía—, no sólo no entorpece sino que puede dar más intensidad a muchas empresas, si los que las dirigen no se duermen.

El Fundador tenía, ciertamente, muchas ganas de dar otro empujón a su empresa divina, y le quemaba la impaciencia, como escribía a los de Madrid:

En cuanto comience a trabajar —que será pronto— voy a renacer. Conste que el abuelo está satisfechísimo de todos sus nietos, sin excepción. ¿Está claro? Y piensa que ellos sabrán vivir siempre con optimismo, con alegría, con tozudez, con el convencimiento de que nuestros negocios han de ir necesariamente en auge, y con la íntima persuasión de que todo es para bien.


Fragmento de "El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia", de Andrés Vázquez de Prada

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