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Día 19 - El dulcísimo precepto

“Un pueblo que no cuida a sus abuelos, no tiene futuro”. Con estas palabras, en diciembre de 2017, el Papa Francisco animaba a todo el mundo a considerar el tesoro de las personas mayores que llevan consigo la sabiduría de toda una vida. Si quieres #crecerxaadentro, hoy puede ser un día especialmente bueno para recordar esto.


El consejo de hoy es...

Estos días abundan las noticias sobre ancianos que están sufriendo las consecuencias del coronavirus. Y eso que sólo nos hablan de los que están enfermos. Son muchos más los que se sienten solos y, quizá, un poco asustados. Desgraciadamente, también son muchas las personas que tienen un familiar enfermo a quien no pueden acompañar en sus últimos momentos. Pero la distancia nunca será lo suficientemente grande como para no seguir queriéndoles cada un día poco más, como nos ha enseñado a hacer Jesús. Y es que el mandamiento del amor se aplica en primer lugar a quienes el Señor ha puesto a nuestro al lado, a nuestra familia. San Josemaría usaba una expresión muy gráfica al referirse al deber que tenemos todos de amar a nuestra familia: “dulcísimo precepto”. Lo dejó escrito en un punto de Forja:

El mandamiento de amar a los padres es de derecho natural y de derecho divino positivo, y yo lo he llamado siempre "dulcísimo precepto". —No descuides tu obligación de querer más cada día a los tuyos, de mortificarte por ellos, de encomendarles, y de agradecerles todo el bien que les debes.

Forja, n. 21.


Propósito del décimo noveno día

Posiblemente sepas que hoy es el santo de la madre de san Josemaría, doña Dolores, a quien en la Obra siempre se la ha conocido como “la abuela”, por ser la madre del “Padre”. Quizá este evento te sirva para acordarte especialmente de que debes rezar todos los días por tus abuelos. Seguramente las personas mayores son las que más sufren en estos días de confinamiento. Pero rezar no basta. Como le gustaba decir a san Josemaría: “obras son amores y no buenas razones”. Por eso, piensa en qué se puede manifestar tu cariño a los abuelos u otros familiares: una llamada, grabarles un video simpático, etc. Este puede ser el regalo que podrás llevarle hoy a Jesús en tu oración. Son las obras las que nos hacen #crecerxaadentro.

Evangelio según san Juan 10,31-42

Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.


El les replicó:


«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».



Los judíos le contestaron:


«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».


Jesús les replicó:


«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».


Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.


Muchos acudieron a él y decían:


«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».


Y muchos creyeron en él allí.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

"Padre, la Abuela ha muerto". Por teléfono y mientras predicaba un retiro a sacerdotes en Lleida, san Josemaría se enteró del fallecimiento de su madre, doña Dolores, con sólo 64 años. Al otro lado del teléfono y desde Madrid, hablaba el beato Álvaro del Portillo. San Josemaría recibió con serenidad la noticia y se fue al oratorio para llorar ante el sagrario. Justo antes de saber la noticia, había predicado una plática sobre el oficio inigualable de una madre junto a su hijo sacerdote. Él mismo lo comprobó personalmente en muchas ocasiones, también durante la Guerra Civil, cuando se encontraba forzosamente confinado en la Legación de Honduras.

Una abuela entregada a su familia

En la última semana de marzo de 1937 se presentaron a visitarle en el Consulado de Honduras su hermana Carmen y doña Dolores:

Vino a verme la abuelita, y mi hermana también vino antes: supón la alegría —dice a los de Valencia—, después de tanto tiempo sin vernos. ¡Qué será, cuando el pobre loco pueda abrazar a sus hijos!

La impresión que a aquellas dos mujeres produjo el encuentro fue desconcertante, aun dentro de la alegría, porque doña Dolores, en el Consulado, no reconoció al hijo más que por la voz, que era lo único que no había cambiado. Tan breve encuentro no sirvió más que para remover su corazón; al gozo de la visita siguió la tristeza de la separación:

¿Sabéis —a la vejez, viruelas— que tengo muchas ganas, muchas, de dar un abrazo a la abuelita, y quizá no va a ser posible? La he visto diez minutos, en nueve meses: y ahora parece que la quiero más, lo mismo que a tía Carmen, porque han defendido muy bien mis cosas y porque, cuando las vi, las encontré muy estropeadas, aviejadas. Además: ¿quién sabe, si no será preciso pedirles algún otro sacrificio?

Esta idea de buscar la colaboración, directa y entregada, de doña Dolores en los apostolados de la Obra se irá abriendo paso rápidamente en su cabeza, porque a la semana siguiente insiste a los de Valencia:

Os pido que os acordéis de la abuelita, porque ella se acuerda mucho de vosotros; y además porque las circunstancias la han metido en medio de sus nietos... ¡y quién sabe si estará dispuesto que les dedique, como yo, el tiempo que le quede de vida! Es para pensarlo despacio.

En la entrevista con su madre le pidió que de nuevo quedase como depositaria del famoso baúl, que contenía el archivo de la Obra. Unos días antes de salir del sanatorio lo había enviado a la calle de Caracas, indicando a Isidoro que llevase a la abuela todos los papeles y cartas para que en el futuro ella los guardase en el baúl.

Pero llegó un momento en que no cabían en él más papeles. Entonces, doña Dolores fue sacando lana del colchón, remplazándola por papeles. Hasta que vino a suceder —cuenta Santiago, recargando ligeramente las tintas— que «en el colchón en el que dormía mi madre había más papeles que lana». No se dieron registros. Mas, de cuando en cuando, aparecían los milicianos por la casa pidiendo mantas y colchones para el frente. En tales ocasiones la abuela se metía rápidamente en cama simulando una enfermedad.

En el mejor de los casos la vecindad con los milicianos era algo como para echarse a temblar. Frente a la casa tenían el Monasterio de la Visitación, convertido ahora en cuartel de la brigada anarquista “Espartacus”, y una checa de la C.N.T.; y, no muy lejos, la checa de la Inspección General de Milicias Populares, con otra dependencia en la calle de Caracas. Por esos días, a poco de refugiarse el Padre en el Consulado de Honduras, sucedió que doña Dolores se vio obligada a abandonar por unas horas el baúl, alejándose de allí, porque en una de las refriegas que se produjeron entre comunistas y anarquistas se corría el peligro de que volasen el polvorín de la brigada “Espartacus”. De ser así, se hubiera llevado medio barrio al otro mundo.


Fragmento de "El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia", de Andrés Vázquez de Prada

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