• Crecer para adentro

Día 20 - No te desalientes

Estamos a un día de empezar la Semana Santa. La de este año será sin duda única y la recordarás toda tu vida. No sólo por el confinamiento, sino que, sobre todo, porque esta puede ser tu ocasión de #crecerxaadentro.


El consejo de hoy es...

“Supérate cada día”, recomendaba el Fundador del Opus Dei. No es un consejo fácil: es la receta de los que luchan por amor. Hay jornadas que las cosas van bien y otras… pues que no van bien. O días en los que las cosas salen mal… y muy mal. Pero lo importante no es que salgan mal o bien, sino volver a luchar por querer más a Jesús. Esta ha sido, en definitiva, nuestra Cuaresma que hoy acaba. Para empezar bien esta Semana Santa tan especial, escucha este consejo de san Josemaría:

No te desalientes. —Te he visto luchar...: tu derrota de hoy es entrenamiento para la victoria definitiva.

Camino, n. 263.


Propósito del vigésimo día

En el Evangelio de la Misa de hoy, se lee el momento en el que los sumos sacerdotes y los fariseos decidieron dar muerte a Jesús. ¡Qué pena que a veces rechacemos así al Señor! Pero, ¿qué te parece si tú y yo damos muerte a alguna derrota con la que nos habíamos conformado? Quizá habías “tirado la toalla” con tu oración diaria. O hace tiempo que tu propósito de no perder el tiempo ha estallado por los aires, o quizá tu sonrisa está empezando a desaparecer…

Hoy termina la Cuaresma: ¿qué tal si te propones acabarla con el propósito de levantarte en alguna derrota con la que te habías conformado? ¡No te desalientes! Ve a la oración y examina con el Señor cuál es esa lucha que todavía le puedes ofrecer, esa que a Jesús enamora y te hará #crecerxaadentro. Deja que san Josemaría mismo te lo cuente.

Evangelio según san Juan 11,45-57

Jesús iba a morir para reunir a los hijos de Dios dispersos

En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.


Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:

«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».

Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:


«Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: « ¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

En un momento dado de su estancia en la Legación de Honduras, confinado después de varios meses, san Josemaría atravesó una prueba muy dura, en la que llegó a pedirle al Señor la muerte antes que no cumplir su voluntad. También esta experiencia le enseñó que el desaliento no debe nunca conducir a perder la esperanza, sino a volver a nuestro Padre Dios.

Una mala noche y a crecer para adentro

Cada vez que parecía que la evacuación era inminente, se volvía a retrasar; y tras numerosas gestiones por parte del cónsul durante los meses de abril y mayo, esa evacuación no llegó a producirse, y tanto ellos como el resto de los refugiados tuvieron que permanecer en la Legación.


Durante aquella primavera de 1937 Escrivá padeció lo que la mística denomina con el nombre genérico de noche oscura del alma. En toda esta temporada –escribía el 6 de mayo en una carta– los peores días son los que llevo metido en... ¡semejantes honduras! Desde luego, se está mejor en la cárcel. Ya se sufre, y se ofrece lo sufrido.


Esa prueba interior no le llevó a perder la alegría externa a pesar de sus sufrimientos interiores; y como entre los numerosos asilados que vivían en el piso de arriba, había tres sacerdotes, religiosos de los Sagrados Corazones, podía confesarse y abrir su alma con uno de ellos, Recaredo Ventosa.


He sufrido esta noche horriblemente –escribió el 9 de mayo–. Menos mal que pude desahogarme, a la una y media o a las dos de la mañana con el religioso que hay en el refugio. He pedido, muchas veces, con muchas lágrimas, morir pronto en la gracia del Señor [...]. Morir –oraba–, porque desde arriba podré ayudar, y aquí abajo soy obstáculo y temo por mi salvación. En fin: de otra parte, entiendo que Jesús quiere que viva, sufriendo, y trabaje. Igual da.


Pocos días después le escribía a Pedro Casciaro, empleando expresiones singulares para despistar a la censura:


¡Qué voy a hacer! No tengo ganas de enfadarme: así y todo, hace unas noches, sobre las dos de la mañana o por ahí, se despertó vuestro tío Santiago, que usufructúa con Jeannot y conmigo dos colchones, y me gritó: «¿qué haces, hombre? ¿estás... llorando?».


Y después ha tenido la frescura de decir que paso la madrugada dedicado al cante jondo. La verdad: no sé a qué carta quedarme: a lo mejor –¡viejo, viejo, abuelo!– es que canto y lloro. Pero, eso sí, siempre con una alegría muy, muy honda y esperanzada: que no es jonda, ni tiene nada que ver con la ópera flamenca.


En otra carta, fechada dos semanas después, el 23 de mayo, pone de manifiesto algunos rasgos de aquella prueba interior: se consideraba un mal instrumento para sacar adelante lo que Dios le pedía, y era tan fuerte la conciencia de su poquedad y de su falta de correspondencia, que llegaba a sentir temor por su salvación.


23-domingo-1937: Oración mía de esta noche pasada, ante el temor de no cumplir la Voluntad de Dios, y ante las preocupaciones que siento por mi salvación: Señor, llévame: desde el otro mundo –desde el purgatorio–, podré hacer más por la Obra y por mis hijos e hijas: Tú promoverás otro instrumento más apto que yo –y más fiel–, para sacar adelante la Obra en la tierra [...] Jesús, si no voy a ser el instrumento que deseas, cuanto antes llévame en tu gracia. No temo a la muerte, a pesar de mi vida pecadora, porque me acuerdo de tu Amor: un tifus, una tuberculosis o una pulmonía,... o cuatro tiros, ¡qué más da!


Desde la Legación enviaba numerosas cartas, con las que continuaba manteniendo el trato con las personas que le seguían, aconsejándoles que aprovecharan aquel periodo para «crecer para adentro». Escribió en total, durante los meses que residió allí, más de ciento setenta cartas.


Fragmento de “Cara y Cruz”, José Miguel Cejas.

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