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Día 21 - Un borrico por trono

Actualizado: abr 5

Es el Domingo de Ramos. Un simple borriquillo lleva triunfalmente a Jesús por las calles de Jerusalén. Seguro que ese borrico se vino arriba. También al #crecerxaadentro te puedes venir arriba… ¡sin olvidar quién eres y Quién te pide que le lleves!


El consejo de hoy es...

Nos gusta hacer las cosas bien… y también que nos digan lo bien que las hemos hecho. Y si nos lo repiten varias veces, mejor aún. Y es que ¡tenemos talento! Jesús escogió un borriquillo para entrar en Jerusalén: por el camino la gente le iba aclamando y aplaudiendo. ¿Qué pasaría por la mente de aquel borrico? ¿Se vendría arriba por los aplausos, por las alfombras hechas con palmas o por los gritos de “abran paso”? Sería ser un poco burro venirse arriba por creer que todo aquello era por él, un simple borrico. Pero sería de ser más burro aún no venirse arriba por haber sido elegido por Jesús para llevarle a lomos. Son más sonoros los aplausos y los vítores, pero mucho más grande es ser elegido para llevar al Hijo de Dios: cada uno en su sitio. Muy pocos reyes elegirían un animal tan simple como montura y, sin embargo, Dios lo elige. ¿Por qué? Este comentario de san Josemaría te puede ayudar a #crecerxaadentro y entenderlo, y entonces qué alegría reconocerse “borricos”:

Te entendí bien, cuando concluías: decididamente casi no llego a borrico..., al borrico que fue el trono de Jesús para entrar en Jerusalén: me quedo formando parte del montoncillo vil de trapos sucios, que desprecia el trapero más pobre. Pero te comenté: sin embargo, el Señor te ha elegido y quiere que seas instrumento suyo. Por eso, el hecho —real— de verte tan miserable, ha de convertirse en una razón más, para agradecer a Dios su llamada.

Forja, n. 607.


Propósito del vigésimo primer día

A veces puedes sentir que tienes muchas cosas que mejorar e incluso puedes pensar que eres un poco ese “trapo sucio” que dice san Josemaría: el último que eligen en el fútbol, no eres la que mejor baila, las notas que pueden mejorar, no ríen tus gracias… y mil cosas más que te llevan a desear con fuerza que alguna vez por fin te aplaudan a ti. Piensa en el borriquillo, al que quizá muchos ni le prestaban atención y, sin embargo, era el que más cerca estaba de Jesús. Tú no eres un maniquí para poner en el escaparate y que muchos admiren y busquen la etiqueta con el precio; tú eres de carne y hueso y alma… y ¡no tienes precio! Tendrás tus defectos y también muchísimas más virtudes y un Dios que llevas dentro de ti y que te quiere infinito. Hoy el reto es que no te acuestes sin dar las gracias a Dios por ser como eres y le pidas ayuda a Dios para querer a los demás como son, con sus cosas malas y sus cosas buenas. Porque todos somos un poco borricos que al #crecerxaadentro llevamos a Jesús a lomos para que le aplaudan a Él.


Además, por ser el inicio de la #semanasantaencasa estas palabras de san Josemaría te podrán servir para enfocarla bien.



Evangelio según san Mateo 21, 1-11

Bendito el que viene en nombre del Señor

Al acercarse a Jerusalén y llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá.

Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta:

Decid a la hija de Sión:

“Mira, tu Rey viene hacia ti

con mansedumbre, sentado sobre un asna,

sobre un borrico, hijo de animal de carga”.

Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban diciendo:

¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!

Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban:

— ¿Quién es éste?

— Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea — decía la multitud.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Hay un animal que contaba con una especial simpatía para san Josemaría: el borrico. Entre otras cosas, porque un jumento llevó a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén. Él mismo se veía como un borrico ante Dios, porque... Lo vas a leer a continuación.

Eso soy yo: un borriquillo… ¡ante Ti!

Los santos son gente afable, alegre, sencilla, desolemnizada y sin afición a las tragedias; más fáciles a la sonrisa que al rictus, más amigos de la conversación coloquial que del engolado sermonario. Los santos son gente que, desapegados de su honra, han convertido el sentido del honor en sentido del humor. ¡Tienen tanto que ver – humus, tierra, barro, suelo– la humildad y el buen humor!

¡Tienen tanto que ver – humus, tierra, barro, suelo– la humildad y el buen humor!

Mil novecientos cuarenta y dos. Josemaría Escrivá está en el punto de mira de demasiadas acusaciones, habladurías, injurias y calumnias. Disparan de todas partes. Ha comenzado, escociente y cruel, la que él llamará «contradicción de los buenos».

Una noche, en la residencia de Diego de León, desvelado e inquieto por todos esos malévolos ataques, va al pequeño oratorio. Allí, solo, de rodillas junto al sagrario, llora como un hombre acosado que no se puede defender. Solloza, sin preocuparse de enjugar las lágrimas que arrasan las mejillas. Al cabo de un rato, con un vigor de inusitada valentía, se encara a Jesucristo:

Señor, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?

Pasado el tiempo, confesará: «Y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones... Desde entonces, ¡me importa un pito todo!».

Esa noche, desamarrado de su propia estima –«si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?»–, ha traspasado el umbral de la genuina libertad: nada tiene que temer, porque nada tiene que perder. Desdramatiza. Hace el quiebro humilde del honor al humor: «¡me importa un pito todo!». Y arreciando en el único respeto que le merece la pena, el respeto a lo divino, va dejando atrás, muy atrás, los respetos humanos. El primero, el suyo propio.

Como un estribillo natural, repite con frecuencia una especie de letanías de la bajeza: «no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada... ¡nada!». Cuando sus hijos acuden a felicitarle el día de su cumpleaños, muy familiarizado con la imagen del borrico, el jumento faenero de pelaje rudo, les comenta: «sesenta años, Josemaría: ¡sesenta rebuznos!». Y también: «he trazado la raya debajo de todos esos años y me ha salido... ¡una carcajada!».

Desde los inicios de su sacerdocio, se ha considerado como un «burro sarnoso». En sus cuadernos de notas íntimas de conciencia, ya en los años treinta, aparecen con frecuencia las letras «b.s.», iniciales de «burrito sarnoso», porque así se ve ante Dios: lleno de sarna; y porque le gusta parecerse al asno humilde y trabajador, que nada exige y a todo se acomoda.

En ocasiones, sobriamente emocionado, rememora aquella locución interior en la que escuchó con nitidez: «un borrico fue mi trono de gloria en Jerusalén». Sin hacer alusión alguna a esa vivencia, comenta:

–¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros, pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como un jumento.

Un día, Joaquín Mestre, canónigo de la catedral de Valencia y durante años secretario de monseñor Marcelino Olaechea, pide a Escrivá un retrato suyo.

Sí, hombre, sí, con mucho gusto. Ahora mismo lo doy.

Josemaría va a una habitación contigua. Al instante, vuelve trayendo en la mano la pequeña figura de un asno en hierro forjado. Se la tiende:

Toma. Ahí tienes un retrato mío. Eso soy yo: un borriquillo. Y ojalá sea siempre un borriquillo de Dios, instrumento suyo de carga y de paz.

La última vez que va a Torreciudad, en mayo de 1975, sonríe al descubrir, en un pequeño oratorio, el relieve de un burro, que forma parte de una escena de «la huida a Egipto» y que suele pasar inadvertido. Se acerca ligero y lo besa, diciéndole:

–¡Hola, hermano!

También, en el despacho, en Roma, tiene una talla tosca y popular de san Antón, patrón de los animales domésticos. Entre bromas y veras, celebra cada año el día de su fiesta, como si fuera la de su propio patrono.

Ya al final de su vida, durante una breve estancia en Madrid, está con tres o cuatro hijos suyos que le cuentan cosas diversas. Uno de ellos, Francisco García Labrado, sentado muy cerca de él, oye con claridad cómo Escrivá musita varias veces en voz muy baja las palabras del Salmo 72: «ut iumentum factus sum apud te!».

Ésa es su meditación profunda. Ahí están los dos extremos del arco: ut iumentum... apud te; «como un burro», pero «ante Ti». Es el engarce del barro y la gracia. La pértiga audaz para saltar, desde un sincero «complejo de inferioridad» hasta «el endiosamiento bueno».

Del libro El hombre de Villa Tevere, de Pilar Urbano.

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