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Día 22 - La procesión va por dentro

¡Cuántas veces nos habrán repetido que esta Semana Santa no hay procesiones! Pues sí las hay. Este año que nos toca pasar la #semanasantaencasa podemos decir, más que nunca, que la procesión va por dentro. No sólo eso, sino que también así podemos #crecerxaadentro.


El consejo de hoy es...

Son muchas las costumbres que acompañan a la Semana Santa en todo el mundo. De todas las que hay, este año seguramente podrás vivir sólo unas pocas. La clave es que no perdamos de vista lo importante: en estos días Jesús pasa muy cerca de ti. Dio su vida en la Cruz por nosotros y se nos vuelve a dar cada día en la Eucaristía, aunque ahora lo más probable es que puedas verlo sólo por la tele o en Internet. Sin embargo, ahora más que nunca puedes ¡vivir la Semana Santa! Está muy bien que deseemos poder vivir plenamente la Semana Santa, con sus oficios, con una buena confesión, con algún que otro sacrificio… Está muy bien también que desees poder vivir también todas esas preciosas costumbres de siempre como las procesiones de Semana Santa. Aquí tienes el consejo de san Josemaría.

Me gusta que ames las procesiones, todas las manifestaciones externas de nuestra Madre la Iglesia Santa, para dar a Dios el culto debido...,¡ y que las vivas!

Surco, n. 49.


Propósito del vigésimo segundo día

Lo importante de las procesiones es eso: dar gloria da Dios. Pero, además, que lo vivas tú. Y ahora ¿cómo hago para vivirlas si los pasos no salen? Como lo quiere ahora el Señor, con tu #crecexaadentro, que en este caso puede ser “llevar la procesión por dentro”. Eso puede ser “vivir” la Semana Santa de siempre. Piensa, quizá, en que puedes dedicarle un rosario especial a nuestra Madre la Virgen, o que puedes ser tú el costalero que carga con el paso y le ofrece al Señor el sacrificio de ayudar un poco más en casa, o el de aguantar con una sonrisa a ese hermano que está un poco pesado, o que le dejas a otro salir a pasear al perro… El reto de hoy es que le ofrezcas al Señor un pequeño sacrificio que te una un poco más a su Pasión, verdadero motivo de la #semanasantaencasa, y que eso te sirva para mostrarle al Señor tu cariño. En el Evangelio de hoy verás cuánto le gustan a Jesús esos detalles de amor sincero.

Evangelio según san Juan 12,1-11

Lo tenía guardado para el día de mi sepultura

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:

«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».

Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.

Jesús dijo:

«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

En 1945, cuando el Opus Dei crecía en España por distintas ciudades, san Josemaría emprendió muchos viajes para impulsar la labor apostólica. Partiendo desde Madrid, en la Semana Santa de ese año recaló en Sevilla y al ver pasar a la Virgen en procesión “se le fue el santo al Cielo”.

"Estaba allí mirándola… y me fui a la Luna"

Fijaron la salida de Madrid para el martes de la Semana Santa de 1945. Acompañarían al Padre don José Luis Múzquiz, que, como sacerdote, venía haciendo últimamente viajes por aquellas provincias; y Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, y Jesús Alberto Cagigal, para poder tener de inmediato un informe técnico sobre la posible conversión en residencias universitarias de las casas que pensaban visitar. Viajarían en automóvil. El conductor, excelente mecánico, era un hombre bondadoso y reposado. Se llamaba Miguel Chorniqué y llevaba por esas fechas dos años conduciendo el coche que utilizaban el Padre y los mayores de la Obra. Ese servicio se hacía imprescindible, a causa de las dificultades e inconvenientes del transporte público, por carretera o ferrocarril. Había que pensar, sobre todo, en las muchas visitas y en los desplazamientos urgentes e ineludibles, impuestos por el desarrollo de la Obra. Se hizo, pues, necesario adquirir un coche. Cuando se contrató a Miguel disponían de uno provisto de gasógeno. (Por aquellos días la gasolina estaba racionada y los automóviles, al menos durante parte de la Segunda Guerra Mundial, se movían gracias a unas calderas instaladas en la parte de atrás del coche, donde se quemaba leña de encina para obtener el gas carburante). Al cabo de unos meses el Padre y su conductor habían corrido juntos, por aquellas destrozadas carreteras españolas, riesgos inverosímiles. Y eran tales y tantos los accidentes de que habían salido ilesos que, de allí en adelante —testimonia Miguel Chorniqué— "tuve el convencimiento de que yendo con el Padre en el coche no pasaba nunca, ni podía pasarnos, nada".

El 27 de marzo de 1945, con un sol espléndido, partieron de mañana por la carretera de Extremadura. Miguel iba al volante del Studebaker. El Padre y don José Luis venían cantando en el coche desde que se alejaron de la capital. Avistaron luego la Sierra de Gredos, con sus cumbres nevadas. En Trujillo —palacios y casas de conquistadores, piedra austera y noble— pararon a comer. Se detuvieron en Mérida. Quería el Padre que los arquitectos estiraran las piernas y viesen las ruinas romanas y el museo arqueológico de la ciudad. De nuevo en el coche, cruzaron las tierras rojas de Barros: viñedos, olivares y campos labrantíos.

Anochecía al llegar a Sevilla. Entre un apretado gentío, que iba o venía de ver las procesiones, cruzó el coche el puente de Triana. Se dirigieron a Casa Seras, donde les esperaban algunos miembros del Opus Dei. En ningún sitio había plazas, por los muchos visitantes de la Semana Santa. Así y todo, consiguieron unas habitaciones en el Hotel Oromana de Alcalá de Guadaira, pueblo vecino a Sevilla. Pero antes de irse a Alcalá se sumaron a la muchedumbre que, de noche, esperaba ver el desfile de una de las procesiones. Pensando en lo sucedido esa noche sevillana de Martes Santo, se le encendería la memoria al Fundador no pocas veces al contemplar una imagen de Santa María.

Traían en procesión un "paso", precedido por doble fila de penitentes encapuchados. Lo llevaban a hombros. La imagen de la Virgen bajo un palio sostenido por varales de plata; a sus pies, un campo de flores y un centenar de cirios, que arrancaban refulgencias de sus joyas. El Padre lo contemplaba todo en silencio.

Estaba allí mirándola, y me puse a hacer oración… Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

—Padre cura, ésta no vale ná; ¡la nuestra es la que vale!

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gusten todos, también digo: éste, éste es el bueno.


Fragmento de "El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia" de Andrés Vázquez de Prada.

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