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Día 23 - Judas no supo cortar

El Judas del final no fue el del principio. Y es que a pesar de estar tan cerca del Señor, dejó que su Palabra, destinada a #crecerxaadentro en él y dar mucho fruto, quedara ahogada por otras cosas que también dejó que entraran en su corazón.


El consejo de hoy es...

Hoy leeremos en el Evangelio el episodio de la traición de Judas. Había sido elegido por Jesús como uno de los Doce Apóstoles: como Pedro, Juan, Santiago, Mateo… Contaba con toda la confianza del Señor: nada más y nada menos que el que llevaba la bolsa del dinero. Había escuchado en primera fila las enseñanzas del Maestro, que llenaban de alegría y de esperanza el corazón de todos. Había visto con sus propios ojos cómo Jesús devolvía la vista a los ciegos, sanaba a los cojos y paralíticos, limpiaba la lepra o resucitaba a los muertos. ¡Jesús hasta le lavó los pies! Por fuera parecía que vivía según el espíritu de Jesús; pero por dentro se iba alejando poco a poco de Él, al principio quizá en cosas pequeñas y sin darle importancia. Su amor a Dios empezó sincero, pero poco a poco se fue enturbiando y junto a la semilla de la palabra de Dios dejó crecer las malas hierbas, hasta que no pudo más. Muchas cosas quieren #crecerxaadentro en nuestro corazón: el amor —en todas sus modalidades— nos da la felicidad, lo que no es amor —aunque lo parezca por fuera— nos quita la felicidad. ¿Cómo hacer para que crezca sólo el amor, que es el espíritu de Dios? Podrás ver un ejemplo de la vida de san Josemaría en la lectura, donde pone en práctica este consejo que te da:

Si algo no está de acuerdo con el espíritu de Dios, ¡déjalo enseguida! Piensa en los Apóstoles: ellos no valían nada, pero en el nombre del Señor hacen milagros. Sólo Judas, que quizá también obró milagros, se descaminó por apartarse voluntariamente de Cristo, por no cortar, violenta y valientemente, con lo que no estaba de acuerdo con el espíritu de Dios.

Forja, n. 607.


Propósito del vigésimo tercer día

Ojalá no te veas como Judas traicionando a Jesús: mejor así. Pero su caso te puede ayudar a pensar: “¿hay algo ahora en mi corazón que no va con el espíritu de Dios?” No por fuera, sino en tu corazón, es decir, en tus decisiones, en tus actitudes, en tus deseos, en lo que consientes de forma continuada, aunque sabes que a Dios no le agrada. No se trata de descubrir faltas puntuales: un enfado, una crítica, una blasfemia, un mal pensamiento, un día que no voy a Misa… Se trata de descubrir aspectos de tu vida que sabes que no agradan a Dios pero que no estás decidida, decidido, a cortar valientemente: amistades de Instagram y series que amenazan la limpieza en tu modo de mirar, esa lista de agravios que no perdonas, canciones de moda cuya letra es pura basura, videojuegos que te van aislando cada vez más de los que tienes a tu lado, rendirte a que te domine el “me apetece”, un supuesto “noviazgo” que crece torcido, el egoísmo de no ayudar en casa a menos que te obliguen… El reto de hoy es que en tu oración revises con el Señor si no habrá alguna de esas malas hierbas creciendo en tu corazón. Y si la descubres: que te decidas a cortarla violenta y valientemente para dejar que en tu corazón crezca solo el amor que te hará muy feliz. ¡Esto sí que es #crecerxaadentro con la gracia de Dios!

Evangelio según san Juan 13, 21-33. 36-38

Lo tenía guardado para el día de mi sepultura

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».

Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?».

Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».

Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto».

Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.

Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”».

Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?».

Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».

Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».


Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Huyendo de la persecución religiosa durante la guerra, san Josemaría necesitaba encontrar otro refugio en el que confinarse cuanto antes, porque el registro era inminente. Entonces, alguien llegó con buena solución, pero… ¿estaba de acuerdo san Josemaría en salvar la vida a toda costa?

Lo que vale un compromiso de Amor

Llevaba ya el Padre tres semanas en el chalet, en compañía de Álvaro, de Juan y de Pepe del Portillo. En el relativo sosiego de su escondite les cogió el primero de octubre, víspera del octavo aniversario de la fundación de la Obra. Esperaba el Padre un favor del Cielo, una de esas “dedadas de miel” con que Dios solía endulzar su afán apostólico, enviándole alguna nueva vocación. Esta vez soñaba con gran ilusión cuál sería la sorpresa que el Señor les tenía preparada: Álvaro, hijo mío, mañana es 2 de octubre; ¿qué caricia nos tendrá reservada el Señor?

Muy pronto lo supo. Esa misma mañana llegó Ramón, otro hermano de Álvaro, con noticias alarmantes. Peligraban todos. Los milicianos podían presentarse allí de un momento a otro. Ya habían registrado el domicilio de los propietarios del chalet donde se encontraban y asesinado a seis personas de esa familia, entre ellos un sacerdote. Ahora venían rastreando los domicilios de parientes y conocidos. Era preciso abandonar ese refugio. La bandera argentina no era impedimento que frenase a los milicianos. Antes de partir, el Padre les dio la absolución y sintió henchírsele de gozo el alma al pensar en el martirio. Al mismo tiempo tuvo la sensación de que se le desvanecían los ánimos, de que el cuerpo se desmadejaba y, con la flojera, las piernas le temblaban de miedo.

Pronto se repuso y comenzaron a buscar otro escondite. El Padre llamó por teléfono a José María González Barredo y quedaron en verse en el paseo de la Castellana, una arteria principal que corta Madrid de norte a sur, no lejos del chalet. Según habían convenido, salió a la calle y, después de un cierto tiempo, regresó al chalet. Venía tan acongojado que, ya en el umbral de la puerta, rompió en sollozos: —Pero, Padre, ¿por qué llora? —le preguntó Álvaro.

En el rato que permaneció fuera de casa se había tropezado con una persona, que le informó del asesinato de don Lino Vea-Murguía, aquel sacerdote que visitaba con él los hospitales y atendía a las mujeres de la Obra. También le dieron pormenores del martirio de aquel otro sacerdote, don Pedro Poveda, amigo suyo, cuya muerte ya conocía.

Explicó luego el Padre por qué había vuelto tan pronto. Efectivamente, se vio con José María González Barredo en el lugar convenido del paseo de la Castellana. Gozoso de haber hallado solución al apuro, extrajo Barredo del bolsillo de su chaleco una pequeña llave y se la entregó a don Josemaría. La casa en cuestión pertenecía a unos amigos que se encontraban fuera de Madrid. El portero, además, era persona de confianza. Todo estaba resuelto.

¿Es que había reparos que poner?

El Padre le escuchaba atentamente, como haciéndose cargo de la situación:

— Pero, solo y en casa ajena, ¿qué voy a decir si se presenta una visita o llaman por teléfono?

—No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite.

— Y, ¿qué edad tiene esa mujer?

—Pues, veintidós o veintitrés años.

Entonces sacó la llave, que ya se había metido en el bolsillo, y le hizo esta consideración:

— Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor.

Después, por vía de ilustración, para que se hiciese cargo, le insistía:

— ¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla.

Dicho y hecho. Se acercó al agujero y la tiró.


Fragmento de "El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia" de Andrés Vázquez de Prada.

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