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Día 27 - El silencio del Sábado Santo

Ayer la Pasión y Muerte de Jesús. El domingo, su Resurrección. ¿Y el Sábado Santo? Es un día en el que parece que no pasa nada… porque ¡ya ha pasado casi todo! Eso es: “casi”. Porque #crecerxaadentro también es esperar en silencio el anuncio de la Resurrección.



El consejo de hoy es...

Ayer volvimos a ver morir a nuestro Señor. Jesús que se entregó hasta la muerte por amor a ti. Y como estás viviendo tu #semansantaencasa es muy probable que te hayas quedado con la sensación de “me faltó algo”. Ese algo, es el que se recoge ahora en el silencio del Sábado Santo. Lo que pasó ayer y todas las cosas que han ido pasando en estos días son para que las pienses, para que las medites, para que las lleves en el corazón, para que las saques en tu oración. El Señor nos llama en cada momento y el silencio, la calma de desconectarte un rato del whatsapp, de no estar todo el día en YouTube, de procurar alzar un poco la mirada… todo eso ayuda a escucharle, a estar junto a su Cruz. Ese silencio no siempre es fácil y requiere esfuerzo, pero te ayudará a #crecerxaadentro y ver más allá, como te aconseja san Josemaría:

Distraerte. —¡Necesitas distraerte!..., abriendo mucho tus ojos para que entren bien las imágenes de las cosas, o cerrándolos casi, por exigencias de tu miopía...
¡Ciérralos del todo!: ten vida interior, y verás, con color y relieve insospechados, las maravillas de un mundo mejor, de un mundo nuevo: y tratarás a Dios..., y conocerás tu miseria..., y te endiosarás... con un endiosamiento que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres.

Camino, n. 283.


Propósito del vigésimo séptimo día

¿Qué tal si hoy desconectas un poco de “tus rollos”, de esas distracciones que dice san Josemaría? Es normal que estés cansado, que no quieras ni pensar en el lunes cuando ya no haya vacaciones, que de hecho ni siquiera han parecido unas vacaciones. Es lógico que te apetezca poco o nada pensar que la cuarentena no se acaba. Es natural que ya no tengas ganas de seguir encerrado en casa. Y aún así, no podemos desaprovechar esta #semanasantaencasa para #crecerxaadentro. Por eso mismo, es muy bueno que vuelvas la mirada a Jesús y te fijes hoy en su Cruz. Eso es el silencio del Sábado Santo, que hace descubrir las cosas con su verdadero relieve: también esta cuarentena vale mucho a los ojos de Jesús. Y si no te sientes con fuerzas para hacerlo, pídele ayuda a la Virgen. Hace ya 2000 años que en un día como el de hoy sostuvo el ánimo de todos los Apóstoles. ¿Cómo no va a sostener el tuyo? Por eso, como reto de hoy, ¿qué tal si le rezas un Rosario con especial cariño? Para darle las gracias por haber estado junto a Jesús, para pedirle por todas las personas que hoy sufren por el coronavirus igual que su Hijo, para que te ayude a no flaquear en el ánimo. En definitiva, para que te enseñe Ella a vivir el silencio del Sábado Santo, a llevar todas estas cosas en tu corazón.

Evangelio según san Lucas 2,41-50

Nota: hoy es el único día del año en que no hay Misa. Por eso, tampoco hay un Evangelio del día. Este pasaje de la infancia de Jesús es un anuncio del motivo por el que vino al mundo: para cumplir con la voluntad de su Padre, para entregarse en la Cruz. Y también muestra cuál fue siempre la actitud de María frente a este misterio.


Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban “admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre:


—Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.


Y él les dijo:


—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?


Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Después de muchos meses confinado en el Consulado de Honduras, aún a riesgo de ser descubierto, san Josemaría se lanzó a la calle camuflado y fingiendo trabajar para el Cónsul. Ésta fue su primera "misión".

Necesitado de su compañía

Don Josemaría se echó a la calle pisando fuerte, sin que le preocupara en absoluto que el traje que le había regalado el Cónsul le viniese un tanto holgado. Llevaba camisa limpia y una corbata bien cuidada, lo cual era signo privativo de las escasas personas que desfilaban por las calles de Madrid seguras de sí mismas y amparadas por una buena documentación. Ese tipo de atuendo era propio de diplomáticos extranjeros o distintivo de las autoridades civiles. Con su banderita en la solapa y su acreditación de Intendente de una República americana en el bolsillo, don Josemaría andaba por vez primera, desde hacía un año, relativamente seguro y confiado por su viejo Madrid. Si a ello se añade la palidez de los muchos meses pasados a la sombra, ¿quién iba a reconocer en aquel individuo con aspecto de burócrata famélico al antiguo Rector de Santa Isabel?


Tan pronto se vio fuera del Consulado se dirigió a la casa de Isidoro, donde pudo reunirse con Manolo Sainz de los Terreros, y con Chiqui y Rafael Calvo Serer. Este último había venido con dos días de permiso, exclusivamente para estar con el Padre; y regresó a Valencia para incorporarse a las Brigadas Internacionales, adonde había sido destinado. Chiqui se quedaría unos días en Madrid, antes de reincorporarse al Ejército de Andalucía.


La línea de comportamiento adoptada por el Intendente exigía naturalidad y mucha audacia, sin mostrarse jamás apocado en las decisiones. Como primera providencia fue a tomar posesión de un cuarto de alquiler que le había buscado el padre de Eduardo Alastrué. Era una habitación en la planta 4ª izquierda de la calle de Ayala, número 67. Acostumbrado como estaba a tener en su habitación una imagen de la Virgen, a la que de cuando en cuando dirigía miradas de cariño, notó que le faltaba esa compañía. En vista de lo cual, se encaminó al centro de Madrid, a una tienda de la plaza del Ángel, en la que pensaba encontrar aquel tipo de mercancía, aunque en el escaparate no se vieran más que marcos y espejos. Cuando pidió una imagen de la Virgen —objeto entonces prohibido y peligroso—, se organizó un pequeño revuelo en la trastienda. Para convencer al dueño de su buena fe, y de que no era un policía disfrazado, le mostró la documentación de Intendente extranjero y, no sin sobresalto, aquellas buenas gentes le sacaron una litografía de una Dolorosa, entregándole, con evidente nerviosismo, aquella imagen clandestina.


Al día siguiente, con la recomendación de un amigo de José María González Barredo, se presentó en la Legación de Panamá y pidió, y obtuvo, un certificado a nombre de “Ricardo Escribá”, para que lo utilizara Juan Jiménez Vargas, que dos fechas más tarde se fue a vivir con el Padre a la calle de Ayala. Vinculados por supuestos servicios a dos Repúblicas de ultramar, provistos ambos de documentación falsa, se hacían pasar por hermanos. Al menos tal era su intención. Juan, utilizando una vieja prescripción de oculista se encargó en un óptico unas gafas negras, que fue a recoger Isidoro. Ése era todo su disfraz.


Pero surgió una dificultad insuperable. Juan no acertaba a tratar con naturalidad a su nuevo pariente. Y, a pesar de que el Padre se empeñó en que le tutease, si de verdad querían pasar como hermanos, no lo consiguió. Tan enraizado estaba ya en Juan el sentimiento de filiación respecto al Padre que el sólo intentarlo era superior a sus fuerzas. No le venían a la boca las debidas formas gramaticales. Por lo demás, todo era posible. No andaban físicamente muy desparejados. Aunque Juan era más bajo y, por naturaleza, enjuto de carnes; así y todo, pesaba dos kilos más que don Josemaría.


En esos primeros días de septiembre se reunía a diario con los de su familia y con la gente de la Obra. Solía comer con doña Dolores. Pero el 4 de septiembre, se fueron todos los de la Obra que circulaban libremente por Madrid al restaurante “Heidelberg”. Por 1933 ó 1934 habían comido allí, en alguna fecha señalada. Estaban, pues, reviviendo el pasado. Pocas variaciones se notaban en el local. Alguna más entre el personal de servicio. Y mayores aún en el menú —escaso—, y en el precio: a peseta el plato. (Al escribir dando noticia de esta comida, el Padre no especifica el número de platos. Es de presumir que fueron dos más postre, porque si bien era riguroso con su estómago, no imponía ayunos forzados a sus hijos).


Extracto de “El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia”, de Andrés Vázquez de Prada.

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