• Crecer para adentro

Día 28 - Jesús ha resucitado

Ayer, silencio. Hoy, todos corren. Corren porque Jesús ¡ha resucitado! Y es que en este Domingo de Resurrección #crecerxaadentro es correr al encuentro de Cristo resucitado.



El consejo de hoy es...

Es domingo. Y al amanecer, María Magdalena va con serenidad al sepulcro, considerando en el silencio de su corazón las cosas que han ocurrido en su vida, especialmente los últimos acontecimientos. Y de repente… echa a correr en busca de Pedro y Juan. Estos dos discípulos la escuchan y echan a correr hacia el sepulcro. ¿Qué ha pasado? ¡Todos corren! Y es que María Magdalena ha visto el sepulcro abierto y que Jesús no estaba dentro. Y Pedro y Juan van y ven lo mismo y se dan cuenta de que la sábana —santa sábana— que envolvía el cuerpo de Jesús está igual pero como desinflada, caída sobre la losa, como si su cuerpo simplemente la hubiera traspasado. Y todos creen en la palabra de Jesús: ha resucitado, como les había anunciado. Y entonces lo ven, a Él. Jesús se les aparece vivo, con su cuerpo glorioso en el que ha dejado las señales de su Amor: las llagas de sus manos, de sus pies y de su costado. La fe en Jesús resucitado es lo que nos permite #crecerxaadentro rápidamente. Mira cómo te lo cuenta san Josemaría:

¡Ha resucitado! —Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. —La Vida pudo más que la muerte. Se apareció a su Madre Santísima. —Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. —Y a Pedro y a los demás Apóstoles. —Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho!

Santo Rosario, 5º misterio de Gloria


Propósito del vigésimo octavo día

Hoy toca correr. Pero no alocadamente, sino hacia Jesucristo resucitado. Correr con alegría hacia Él y dejar atrás los pecados pasados, las inseguridades, los miedos, las cobardías… y todo lo que en tu vida te ha impedido ser hasta ahora una buena amiga, un buen amigo, de Jesucristo. Alégrate porque Él ha vencido al pecado y a la muerte. Alégrate porque esa victoria la quiere compartir con todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Alégrate porque la quiere compartir contigo. ¿No es para llenarse de alegría saber que pase lo que pase Él siempre va a estar a tu lado? ¿Qué cosas le vas a decir? Imagínate la alegría de Santa María, Madre suya y Madre nuestra. Por eso, hoy (y, si quieres, durante toda la Pascua) el reto es rezar el Regina Coeli (en vez de el Ángelus), a las 12:00h: Reina del cielo, alégrate, aleluya. Porque el Señor al que has merecido llevar, aleluya. Ha resucitado según su palabra, aleluya. Ruega al Señor por nosotros, aleluya. Gózate y alégrate Virgen María, aleluya. Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya. Oración: Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.


Y para celebrar la Pascua de Resurrección te pueden ayudar estas palabras de san Josemaría. Feliz Pascua de Resurrección.


Evangelio según san Juan 20,1-9

Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Tras mucho tiempo encerrado en el edificio de la Legación de Honduras por la persecución religiosa en la zona republicana, san Josemaría emprende la gesta de cruzar a través de los Pirineos a la zona nacional de España. Nada más pisar tierra libre, esta fue su reacción y la de quienes le acompañaban.

El fin de una larga aventura

Hacia las cinco de la tarde, dio inicio la que sería la última marcha. Antes, comieron un poco de pan y un pedacito de queso y otro de chorizo, lo que quedaba del día anterior. Con la perspectiva de sobrellevar como fuera las largas horas de camino que tenían por delante, don José María rogó a Juan Jiménez Vargas que distribuyera el azúcar entre todos. El médico -que seguía muy de cerca el estado de salud del Fundador, y que refunfuñaba cuando Escrivá renunciaba a beber vino o comía menos—, apuntó cuál fue su particular división del azúcar: «Naturalmente lo repartí como me dio la gana. Puse en su bolsillo la que me pareció conveniente, di un puñado a Miguel y a José María, otro a los otros cuatro; y me quedé con una buena parte en el bolsillo de mi impermeable, para administrarlo yo durante la noche».

Comenzaron la ascensión al Collado de la Torre por una zona de árboles y muchos matorrales. Por el cansancio acumulado y por las pequeñas heridas que se habían hecho, se cayeron con frecuencia. De nuevo, se ayudaron unos a otros: «Paco va delante del P. [Padre] ayudándole como puede. A ratos se ayudan mutuamente a caer. Yo [Jiménez Vargas], que voy detrás algunos momentos, le sujeto por la ropa. Otras veces, bastante hago si consigo frenarme, apoyando fuertemente el bastón con las manos, para no rodar empujándolos a ellos». Después de superar unos cuatrocientos metros de desnivel, bajaron hacia el río de Civís. Entonces, se quitaron los impermeables blancos porque eran demasiado llamativos.

A las once y media reanudaron la marcha y, enseguida, llegaron al río. Los guías indicaron que extremaran el silencio y que se movieran con prontitud. Estaban en un lugar muy peligroso porque una patrulla de milicianos rondaba la zona y otras estaban apostadas en lugares estratégicos. En previsión de un posible enfrentamiento, los guías montaron las carabinas y pistolas; además, ofrecieron armas a los expedicionarios, que las rechazaron. Luego, Cirera indicó que se tumbaran en el suelo, sin moverse, y se fue a inspeccionar la zona. Debido al frío intenso, los fugitivos se apretaron unos a otros y se protegieron con las mantas. Don José María temblaba fuertemente a pesar de que Juan y Paco le rodeaban para ofrecerle algo de calor.

Tras dos horas eternas, Cirera y sus ayudantes regresaron. Los expedicionarios pasaron rápidos el río por una pasarela de troncos, y luego emprendieron una nueva subida, el barranco de la Cabra Morta. Dado el agotamiento físico, la pendiente de algunos tramos y la tensión de encontrarse en un sitio peligroso, la ascensión se les hizo muy dura. En más de una ocasión, se agarraron con las manos a la roca o a los arbustos, clavándose algunas espinas. Sin demasiadas energías para quejarse, cada uno sobrellevaba lo mejor posible sus pequeñas lesiones, como Sainz de los Terreros, al que se le había arrancado la uña de un pie, o Alvira, que empezó a sangrar en la planta por las rozaduras que le hicieron las alpargatas.

Hacia las tres de la madrugada de aquel 2 de diciembre, llegaron al collado de la Cabra Morta. Tras una enésima parada, en la que sufrieron el rigor del frío, entraron en una zona boscosa. Abajo, a su derecha, quedaba el pueblo de Argolell. El riesgo era grande porque iban a cruzar la frontera por una zona muy vigilada. De repente, los guías les dijeron que se echaran a tierra, cada uno debajo de un árbol: habían visto una casa iluminada y una hoguera cerca del camino que debían seguir. Tras haber inspeccionado el terreno, les indicaron que avanzaran «despacio para no hacer mucho ruido —recordaba Jiménez Vargas—, y sin apoyar los bastones. Así llegamos a la vista de una casita con tres luces encendidas, enclavada a pocos centenares de metros, en la pendiente que baja desde la derecha de nuestro camino: es un puesto de carabineros». Aunque ladraron los perros del puesto, los fugitivos siguieron adelante sin que saliera nadie. Poco después, atravesaron el torrente de Argolell.

A continuación, abordaron una subida fuerte. A la media hora, cruzaban la frontera. El peligro no había disminuido pues, aunque los puestos de vigilancia quedaban en el valle, podían seguirles o dispararles por la espalda, como había ocurrido con otras expediciones; de hecho, mientras ascendían, oyeron los disparos de un fusil. Pasaron junto a las inmediaciones de Mas d’Alins, la primera casa de la zona andorrana, y continuaron adelante otra hora. Por fin, los guías confirmaron que estaban en Andorra desde hacía rato. Después de mostrarles la dirección que debían seguir, se despidieron. Algunos expedicionarios se marcharon también. Escrivá y sus acompañantes rezaron una salve a la Virgen María. El fundador repetía «Deo gratias... Deo gratias».

Como temían perderse, esperaron el amanecer. Se sentaron «en el suelo, bien apretados unos contra otros —hacía mucho frío— y envueltos en las mantas. Encomendamos a los [Ángeles] Custodios que apareciese el guía [de nuevo]. Empezamos a hacer la oración. A los pocos minutos, oímos un silbido y enseguida otro. Seguramente nos buscaban. Contestamos a los silbidos, para que se orientasen, y apareció un guía con una linterna que nos llevó al bosque donde ellos estaban calentándose en una hoguera. Nos dejaron sitio junto al fuego, y nos sentamos para secamos».

Al alba, bajaron a Sant Julia de Loria, rezando el rosario por el camino. A la entrada del pueblo, pasaron un control de la policía francesa. Luego, tomaron un desayuno caliente y se acercaron a la parroquia del pueblo para dar gracias a Dios. Concluía así una larga aventura.


Extracto de “El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia”, de Andrés Vázquez de Prada.

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