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Día 30 - Encajar las piezas (con corazón y cabeza)

Tantas veces nos proponemos hacer algunas cosas, pero luego... nos sentimos superados y las dejamos pasar. Son oportunidades de #crecerxaadentro ajustando nuestros sentimientos y nuestra cabeza. Y seguro que estos días se te han presentado varias de estas ocasiones. Hoy puede ser el día para encajar las piezas.



El consejo de hoy es...

¿Quién no se quiere sentir bien? Nadie. A todos nos gusta sentirnos a gusto. Y es que los sentimientos —todo lo que sentimos, las emociones, los afectos, las pasiones…— nos cuentan algo de cómo nos afectan las cosas que nos ocurren: sentimos amor, miedo, tristeza, alegría, repugnancia, compasión… y toda esa gama de emoticonos que tan bien consiguen retratar nuestras emociones. También Jesús, al hacerse hombre, tuvo muchos sentimientos. Es más, san Pablo nos recomienda que tengamos “los mismos sentimientos de Cristo”. Como los de María Magdalena, que llora porque cree que han robado el Cuerpo del Señor (lo leerás en el Evangelio). Pero, ¿no es verdad que, demasiadas veces durante la cuarentena, parece que cabeza y corazón no encajan, que los sentimientos van en una dirección distinta de lo que de verdad querrías hacer? Quieres estudiar y no te sientes con ganas; quieres obedecer, pero te supera lo que te mandan; quieres rezar, pero te aburre; quieres tratar bien a los demás, pero te sale criticar; quieres hablar con una persona, pero te da vergüenza. Este "largo" consejo de san Josemaría puede ayudarte a descubrir cómo funcionan muchas veces tu cabeza y tus sentimientos (y verlo en tu oración te ayudará a #crecerxaadentro):


En tu vida hay dos piezas que no encajan: la cabeza y el sentimiento.
La inteligencia —iluminada por la fe— te muestra claramente no sólo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.
El sentimiento, en cambio, se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como —por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural— tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual... Y, a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.
Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran “motivos” para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que El te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, «ipse Christus!» -el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol: “¡te basta mi gracia!”, que es una confirmación de que, si quieres, puedes.

Surco, n. 166.


Propósito del trigésimo día

En estos días de vuelta al cole sería súper normal que se te hiciera cuesta arriba continuar con tus ratos de oración diarios, aunque sepas que te ayudan: porque sientes que ya has rezado bastante en Semana Santa, porque te sientes cansado después de tanto trabajo desde casa , porque sientes que ya solo te queda tiempo para los deberes y el estudio, porque ya no sabes qué decir en tu oración, porque sientes que el poco tiempo libre que te queda es para ver las redes o conectar con los amigos… Es el momento de ajustar todo eso que sientes a lo que te dice tu cabeza. Por eso, hoy el reto es hacer tu oración —como te sugiere tu cabeza y poniendo todo el corazón— para que aporte ese plus a tu vida que te haga sentir que merece la pena vencer las primeras resistencias..

Evangelio según san Juan 20, 11-18

He visto al Señor

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella contesta:

«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice:

«¡María!».

Ella se vuelve y le dice.

«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

Jesús le dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:

«He visto al Señor y ha dicho esto».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Pedro Casciaro narra en primera persona cómo uno del grupo que acompaña a san Josemaría atravesando los Pirineos está pasando grandes dificultades. Descansan. Pero el guía, llevado de la preocupación inmediata por llegar antes del anochecer al próximo refugio, ordena abandonar ahí a esa persona. Esta es la reacción del Fundador del Opus Dei.

Usted es hombre de corazón

Después de este descanso de pocas horas, reanudamos la marcha a media tarde, todavía con luz. Tras una prolongada escalada, vino una subida más suave, pero prolongada, casi en altiplano; finalmente, otra subida fatigosa hasta coronar el Aubéns.

Las fuerzas comenzaban a flaquear y José María y Tomás estuvieron a punto de quedar extenuados. «La pendiente era grande –recuerda Juan– y en algunos momentos sólo se podía andar trepando por las piedras. Apenas empezar este tramo, Tomás Alvira se tumbó desvanecido (...). Estaba en un estado de agotamiento que le inutilizaba. En su desmoralización estaba seguro de que no podía llegar al final». Intentamos reanimarlo. Pero, en un determinado momento, el jefe dio la orden de seguir porque había que alcanzar la cumbre antes del anochecer. Ordenó que a Tomás lo dejáramos allí. Era una decisión brutal y no estábamos dispuestos a aceptarla, pero Tomás no se sentía con fuerzas para nada. Entonces el Padre tomó al guía del brazo, habló unos minutos con él y, después, le dijo a Tomás:

– Tomás, no hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final.

Ahora, desde la perspectiva de los años, comprendo que si José María y Tomás lograron superar su agotamiento fue porque Dios quiso y porque el Padre actuó con una impresionante caridad y fortaleza. En ambos casos, el Padre les ayudó con gran cariño y habló con nuestro guía a solas. El viento nos permitió oír algunas de sus palabras, que fueron más o menos las siguientes, cuando se refería a José María:

– Piense, Antonio, que se trata de un hombre muy valioso, de un verdadero sabio de fama internacional, que ha hecho mucho bien a su patria y aún le queda mucho por hacer; usted es hombre de corazón; tenga paciencia y deje que le ayudemos hasta escalar la cima del monte; yo le aseguro que se repondrá después, aprovechando el primer descanso que tengamos y podrá seguir caminando normalmente; usted tendrá la satisfacción el día de mañana de haber salvado la vida de un hombre excepcional...

Increíblemente, nuestro inflexible guía cedió y, en un caso y otro, siguieron adelante.

A partir de entonces, varios de nuestro grupo fuimos turnándonos para ayudar a José María, que llegó a estar inmóvil, inexpresivamente sonriente y enajenado: debió sufrir una especie de mal de montaña. Si le dábamos la mano seguía caminando, pero muy lentamente; en cuanto lo soltábamos, se detenía de nuevo, sin reaccionar ante nuestras palabras. Parecía no oír.

Nos sorprendió que fueran precisamente Albareda y Alvira quienes experimentasen ese tremendo agotamiento. El primero, por su condición de edafólogo, estaba habituado a trepar por los montes, y a hacer caminatas y excursiones científicas; el segundo era uno de los más jóvenes del grupo. Pero los meses de hambre en Madrid y en Barcelona, respectivamente, habían dejado en ellos su huella y su deterioro.


"Soñad y os quedaréis cortos" de Pedro Casciaro.

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