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Día 31 - ¡Cuánta paciencia!

¡Cuántas cosas nos resultan agotadoras! Más aun estos días, en que todo pasa tan tremendamente lento y se hace tan aburrido. Además, casi seguro que lo que más te acaba agotando no son las cosas, sino las personas. Pues ojo y cuidado. Es mejor no atascarse ahí. Saber tener un poco de paciencia es clave para #crecerxaadentro, para moderar ese buen genio, para sacar lo mejor de aquellos que en el fondo más queremos.



El consejo de hoy es...

Cuánta paciencia ha tenido el Señor con nosotros. En el Evangelio de hoy Jesús nos lo muestra de nuevo con los dos discípulos que se encuentra en el camino de Emaús. Estos dos buenos amigos de Jesús han presenciado la vida del Señor, también su Pasión y Muerte, pero cuando llega la Resurrección a pesar de los testimonios de María Magdalena, se cansan y se marchan. No han sabido esperar ni escuchar de verdad con serenidad ¿Cómo reacciona Jesús? Les sale al encuentro en el camino y en silencio los escucha. Ellos se desahogan y Jesús, después de escucharlos, con paciencia les explica todo de nuevo. No se inquieta, ni les reprende, sino que con cariño les enciende de nuevo el corazón. Ése es el fruto de la paciencia, que es como una ciencia de la paz. Nos ayuda a pensar con serenidad y facilita acertar a la hora de explicarnos. ¡También cuando estamos hartos! Fíjate qué consejo te trae hoy san Josemaría para ayudarte a #crecerxaadentro:

No reprendas cuando sientes la indignación por la falta cometida. —Espera al día siguiente, o más tiempo aún. —Y después, tranquilo y purificada la intención, no dejes de reprender. —Vas a conseguir más con una palabra afectuosa que con tres horas de pelea. —Modera tu genio.

Camino, n. 10.


Propósito del trigésimo primer día

Llevamos más de un mes encerrados en casa. Es casi imposible que no hayamos tenido ganas de explotar al menos unas cuantas veces ya: con tu hermano pequeño que está súper pesado, con tu hermana mayor que está insoportable, con tus profes que te cargan de deberes y tele-estudio, con quien sea que inventó las cuarentenas y las pandemias, con.... Es más, quizá te haya pasado alguna vez que las ganas de explotar hayan acabado en palabras o hechos de los que luego te sientes arrepentido. En definitiva, que has perdido la paciencia y has acabado por pelearte por cualquier bobada. ¡No pasa nada! Hoy es un buen día para volver a empezar a moderar ese genio. ¿Qué tal si procuras dejar algún silencio para escuchar a los demás cuando quizá te enfadan un poquito? Así podrás pensar con claridad y seguir también el ejemplo del Señor. Piensa en tu oración cómo lo haría Él en tu lugar y seguro sabrás llegar a esa palabra afectuosa, sin las tres horas de pelea que ni a ti te gustan…

Evangelio según san Lucas 24,13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

Él les preguntó: «¿Qué?»

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.» Entonces

Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Cuando san Josemaría y sus acompañantes estaban confinados en la Legación de Honduras su único contacto con el mundo de fuera era Isidoro Zorzano, que podía moverse con libertad por el Madrid en guerra. En una ocasión, Isidoro le propuso a san Josemaría un plan que, de llevarse a cabo, dificultaría la vida del resto de personas de la Obra. Después de escuchar sus argumentos ésta fueron la respuesta y la reacción de estos dos hombres tan enamorados de Dios.

"Si ves las cosas de otra manera, dímelo"

Dos soluciones cabían al Fundador para seguir haciendo la Obra. Una de ellas, prácticamente suicida, era lanzarse a la calle con riesgo inminente de su vida. La otra, esperar en el Consulado la hora de ser evacuado, para unirse a sus hijos en la otra zona del país, donde no sufriría persecución como sacerdote. El temperamento del Padre no era lo más a propósito para aguantar el encierro y la inactividad. Le repugnaba profundamente imitar la conducta del legendario capitán Araña, dispuesto a embarcar a sus seguidores en peligrosas aventuras, mientras él se quedaba tranquilamente en tierra. (No era exacta la comparación, ya que el riesgo que corría un sacerdote por la calle era altamente aventurado. Su condición de asilado, además, era producto de las circunstancias y no de su capricho).

El papel de capitán Araña —confiesa a Isidoro— nunca me gustó. Más de una vez —hoy mismo— me viene el pensamiento de salir a la calle. Y pienso, inmediatamente también, puesto en la realidad, que voy a verme, como tú sabes que me he visto algunos días, sin saber dónde dormir, ocultándome igual que un criminal [...]. Para mi carácter, esta vida de refugiado es una tortura no pequeña...: sin embargo, no veo otra salida. Paciencia, y, si por fin se evacua, marcharme; si no, esperar encerrado, hasta que pase la tormenta.

La dispersión de los miembros de la Obra, y las andanzas y peripecias a que se vieron sometidos todos ellos, sin poder decidir el destino propio, hacía imprescindible una labor de coordinación; más necesaria aún si el Fundador salía algún día de Madrid. Cuál no sería, pues, su sorpresa cuando Isidoro le planteó la conveniencia de solicitar de la Embajada argentina ser evacuado al extranjero, en su calidad de ciudadano nacido en Buenos Aires.

Por escrito, para que pudiese meditarlo con reposo y atención, el Padre le expuso los pros y los contras del asunto. En primer lugar, por su condición de extranjero no tendría por qué temer persecuciones, gozando de la libertad de que carecían sus hermanos para atender las necesidades de la Obra. Tampoco debía olvidar que algunos estaban lejos de Madrid. Los de Valencia, ¿no quedarían aislados si él se marchaba al extranjero? En cambio, si permanecía en la capital, podría recibir y orientar a los que pasasen por Madrid, coordinando la correspondencia de todos. En fin, ¿qué peligros podía correr? Ciertamente —razonaba don Josemaría— los mismos que van a pasar las mujeres y los niños de Madrid, los que pasará mi Madre: si los creyera tan terribles, ¿me crees capaz de abandonar a mi Madre y a Carmen? Quizá, quizá un poquito de hambre.

Una vez hechas estas consideraciones, dejaba a Isidoro decidir por su cuenta: Conste que la visión que tengo de este problema tuyo no debe coaccionarte: tú obra con enterísima libertad [...]. Si ves las cosas de otra manera, dímelo: yo no quiero sino acertar, hacer lo que a la hora de mi muerte quisiera haber hecho.

La decisión que tomó Isidoro —no abandonar su puesto de enlace en la capital—, fue noble y desprendida: No esperaba menos de ti, Isidoro. La solución que has dado a tu asunto es la que nuestro Señor quiere, sin duda alguna —le aseguraba el Fundador—.


“El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia” de Andrés Vázquez de Prada

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