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Día 32 - No es de Dios lo que roba la paz

Son muchas las cosas que nos quieren quitar la paz: los miedos, las dudas, la incertidumbre por lo que se vendrá después del coronavirus, ver las preocupaciones de las personas que queremos, el malestar de tanta gente que está enferma, los fallecidos que nunca son sólo "una estadística"… Y luego están todos esos otros asuntos que nos pesan por dentro y no nos dejan #crecerxaadentro.



El consejo de hoy es...

Es muy bueno y hasta santo preocuparse por el bien de los demás, ese “no vivir en paz” porque queremos el bien de los otros. Pero a la vez ¡qué duro resulta a veces convivir con nosotros mismos! Esos momentos en que te sientes no sólo harto de todo, sino que también estás harto ti mismo o de ti misma. Y qué desagradable cuando luego vienen las dudas, las preocupaciones que preocupan pero que no depende de ti que se resuelvan, las cosas que te pesan dentro porque no sabes si lo has arreglado del todo, recuerdos de culpas pasadas... Más ahora, después de tantos días sin poder confesarte con normalidad, sin poder hablar tranquilo con un amigo o amiga de confianza, sin poder descargar todas las penas. A los Apóstoles les pasó algo parecido justo después de la Muerte de Jesús. Les entraron los remordimientos por haber abandonado al Señor, quizá les molestaron los escrúpulos por cosas pasadas, las dudas porque todo estaba perdido, los muchos miedos. Acabaron por reunirse todos en un mismo lugar, escondidos con sus problemas. Y por eso, cuando Jesús se les aparece estando todos juntos, lo primero que les dice es “paz a vosotros”, para devolverles aquello que habían perdido. Si en estos días a ti te ha pasado algo parecido, si en algún momento has tenido la impresión de haber perdido esa paz que sólo Dios puede dar, este consejo de san Josemaría te ayudará:

Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. —No es de Dios lo que roba la paz del alma. Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy..., la paz os dejo..., la paz sea con vosotros..., y esto, en medio de la tribulación.

Camino, n. 258.


Propósito del trigésimo segundo día

El domingo que viene es el Domingo de la Misericordia. Ya desde ahora puedes ir preparándote para hacer un buen acto de contrición con el que suplir por tantas cosas de las que te hayas arrepentido durante este confinamiento. Dios no deja de ser tu Padre en ningún momento, y mucho menos ahora que sabe que es cuando más lo necesitas. Por eso hoy, para #crecerxaadentro, qué te parece si te propones escuchar esas palabras de Jesús: “paz a vosotros”, paz a ti. Cuando vayas hoy a hablar un rato con Jesús, en tu oración, puedes descargar en Él todas esas cosas que quizá te preocupan, que a lo mejor te quitan un poco la tranquilidad, la paz. Verás que tú también sentirás ese saludo: “la paz os doy” y te convencerás de que lo que quita la paz del alma no es de Dios. Seguro sabrás llevarlo a otros (como san Josemaría en la lectura de hoy).

Evangelio según san Lucas 24,35-48

Paz a vosotros

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:

«Paz a vosotros».

Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.

Y él les dijo:

«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.

Y les dijo:

«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Durante su estancia en la Legación de Honduras, san Josemaría influyó mucho en el ambiente de quienes le rodeaban y también en su espíritu. En concreto, esos meses junto al Fundador de la Obra le sirvieron al beato Álvaro del Portillo a crecer para adentro como les decía el Padre. Realmente, al lado de san Josemaría se respiraba tal paz en medio del desastre que hasta los niños lo notaban.

Un remanso de paz y de serenidad

Para las personas que acompañaban al Fundador del Opus Dei, la situación de confinamiento fue escenario de unos meses de especial intensidad. San Josemaría imprimió «heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro, que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia». Pilar del Portillo ha escrito a este respecto: «A pesar de la situación, vivían en un clima de serenidad, de sentido sobrenatural y de alegría. Recuerdo que, a veces, le pedían a mi hermana Tere que les cantara unas canciones mexicanas que estaban de moda y, con frecuencia, el Padre se ponía a cantar junto con todos».

Y es que Teresa y Carlos, los hermanos pequeños de Álvaro del Portillo, acudieron con frecuencia a la Legación de Honduras. Isidoro Zorzano, que proveía en lo posible a las necesidades más elementales de los miembros del Opus Dei encerrados en el Consulado y de sus familias, estaba en contacto con los del Portillo. Como le habían obligado a espaciar sus visitas, para mantener trato regular con san Josemaría organizó a los hermanos más pequeños de Álvaro para que los martes y los sábados acudieran con algún mensaje para el Fundador escondido en los zapatos. La Legación de Honduras se encontraba a seiscientos metros de las dependencias de la Embajada de México, donde los pequeños estaban refugiados con su madre. Su poca edad, once y nueve años respectivamente, les permitía entrar en el Consulado sin despertar sospechas y, por tanto, sin ningún riesgo para ellos.

Teresa señala que «aquellas visitas a la Legación eran muy agradables y divertidas. El Padre hacía todo lo posible para que nos divirtiéramos y organizaba, por ejemplo, carreras con las cucarachas que subían por las tuberías. —¡Vamos a hacer carreras!, nos decía. —¡A ver quién sube antes, la rubia o la negra! También nos animaba a cantar. Yo cantaba unas canciones mexicanas que le divertían mucho. Carlos recuerda que había uno que cantaba canciones asturianas».

La presencia de san Josemaría, su fe y optimismo sobrenaturales, su buen humor, habían convertido aquel infierno en un remanso de paz y de serenidad. Su ejemplo y su palabra constituyeron una ayuda incomparable para que Álvaro profundizase en la vida de oración y en la práctica del espíritu del Opus Dei. El Fundador les impulsaba a llevar un intenso plan de piedad y de estudio. Por la mañana temprano, cuando todavía no se habían levantado los demás refugiados, les predicaba una meditación. Como el encerramiento les hacía imposible desarrollar su trabajo habitual, les exhortaba a “crecer para adentro”:

Quizá asalte nuestra mente la idea de que negociar con los talentos que hemos recibido de Dios supone actividad, movimiento. ¡Y mi vida es ahora tan monótona! ¿Cómo conseguiré que fructifiquen los dones de Dios en este forzoso descanso, en esta oscuridad en la que me encuentro? No olvides que puedes ser como los volcanes cubiertos de nieve, que hacen contrastar con el hielo de fuera el fuego que devora sus entrañas. Por fuera, sí, te podrá cubrir el hielo de la monotonía, de la oscuridad; parecerás exteriormente como atado. Pero, por dentro, no cesará de abrasarte el fuego, ni te cansarás de compensar la carencia de acción externa, con una actividad interior muy intensa. Pensando en mí y en todos nuestros hermanos, ¡qué fecunda se tornará la inactividad nuestra! De nuestra labor en apariencia tan pobre surgirá, a través de los siglos, un edificio maravilloso.

Fragmento del libro “Un hombre fiel” de Javier Medina Bayo.

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