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Día 33 - El milagro de la obediencia

Hay días en los que uno se levanta con ganas de hacerlo todo bien. Y días en que harías lo que fuera menos lo que toca hacer. Es el momento en que, para #crecerxaadentro, hay que elegir hacer lo que debes, pero porque te da la gana. Ese es siempre el milagro de la obediencia y entonces la obediencia hace milagros.



El consejo de hoy es...

A todos nos cuesta obedecer. A Jesús también le costó hacer lo que Dios Padre le pedía en el Huerto de los Olivos. Y de su obediencia vino nuestra salvación. A los Apóstoles les costaba todavía más hacer lo que les decían… Pero al final también obedecían, como en el Evangelio de hoy, que nos da un gran ejemplo. De entrada, porque siendo unos pescadores expertos, obedecen a un perfecto desconocido. Al inicio no reconocieron al Señor después de una jornada laboral desastrosa y podrían haber pensado algo más o menos así: “Después toda una noche sin pescar nada ¿quién se cree que es este tipo para pedirnos ahora de comer?”. Sin embargo, los discípulos obedecieron, echaron la red a la derecha y sacaron tantos peces que apenas podían sacar las redes. El gran milagro de su obediencia no fueron los peces, sino que supieron reconocer a Jesús al pescarlos. Por eso san Josemaría decía que la obediencia era muy poderosa:

¡Oh poder de la obediencia! —El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro. Toda una noche en vano.
—Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron "piscium multitudinem copiosam" —una gran cantidad de peces.
—Créeme: el milagro se repite cada día.

Camino, n. 629.


Propósito del trigésimo tercer día

¿Quieres hacer milagros? ¿Quieres saber cómo cumplir estos días el mandato de echar la red a la derecha? ¿Quieres #crecerxaadentro en tu confinamiento? Si la respuesta es un “sí a todo”, entonces hoy podrías hacer eso que siempre te propones, pero para lo que no siempre tienes ganas: obedecer, porque te da la gana hacer las cosas bien. Obedecer a tus padres que te piden mil cosas, a los profes que te atiborran de deberes, a quien sea que inventó el confinamiento y que cumples rigurosamente desde casa… No dejes de echar “tu red” a la derecha y verás cómo el Señor se sirve de tus manos para hacer grandes milagros. Piensa que, en último término, es a Dios a quien obedecemos cuando nos decidimos a hacer las cosas bien. Y es Él quien obra cada día el milagro de que Le reconozcas en esos instantes.

Evangelio según san Lucas 24,35-48

Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis

Después se apareció de nuevo Jesús a sus discípulos junto al mar de Tiberíades. Se apareció así: estaban juntos Simón Pedro y Tomas, llamado Dídimo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Les dijo Simón Pedro:

Voy a pescar.

Le contestaron:

Vamos también nosotros contigo.

Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Llegada ya la mañana, se presentó Jesús en la orilla; pero sus discípulos no sabían que era Jesús. Les dijo Jesús:

Muchachos, ¿tenéis algo de comer?

Le contestaron:

No.

Él les dijo:

Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y ya no podían sacarla por la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús dijo a Pedro:

¡Es el Señor!

Al oír Simón Pedro que era el Señor se ciñó la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Desde la Legación de Honduras san Josemaría procuró que la Obra no perdiese fuelle. Si bien el Opus Dei estaba empezando a dar todavía sus primeros pasos, era importante que la gente, aun desde el confinamiento y en medio de la guerra, siguiese buscando sacar adelante las muchas gestiones necesarias para hacer la labor apostólica. Y los primeros de la Obra respondían con muy buenas disposiciones.

Siguiendo al Padre con buen ritmo

Por de pronto don Josemaría les iba enseñando, a paso rápido, cómo sacar adelante y con perseverancia las cosas de Dios y de la Obra: Adelante con el asunto de la casa, a pesar de los baches y barrancos del camino. Puede suceder que el coche vuelque. Entonces, a ponerlo de nuevo sobre sus ruedas, a arreglar lo descompuesto, y a seguir andando como si tal cosa. Siempre contentos: con alegría y paz, que nunca, por nada, me debéis perder.

En la adversidad aprenderían el orden y la diligencia, sin dejar las cosas para el cómodo mañana: “¡Mañana, mañana!” Y os repito: “¡¡¡Hoy, ahora!!!” Mañana y después son palabras definitivamente abolidas, en nuestro léxico. ¿Estamos?

Un mes de actividad llevaban cuando urge a Isidoro, y con él a los demás a insistir en el asunto de la reclamación de los inmuebles perdidos por la guerra: sin impaciencia, pero con perseverancia: un gotear constante, sobre la roca de los obstáculos. ¿Me reciben bien? Bueno. ¿Me reciben mal? Mejor. Seguiré —la gota de agua— visitando con santa desvergüenza, a prueba de sofocones y de humillaciones y de sofiones y de ordinarieces (¡cuánta riqueza!), muy contento y con paz, hasta que se aburran —yo no me he de aburrir, debe ser vuestro propósito—, y acaben por recibirme con agasajo: como a un amigo..., o como a una calamidad inevitable [...]. ¡Si supiera hablar claro! Es una confidencia de Don Manuel [Dios].

Esa “santa desvergüenza”, armada de tozudez y dispuesta a recibir humillaciones, no era solamente una táctica humana sino un comportamiento que obedecía a una inspiración del Señor, a una confidencia de Don Manuel:

Hijos: ¿os habíais hecho la ilusión de que es posible andar sin vencer resistencia? Pues, claro, que siempre y en todo hemos de encontrar grandes dificultades unas veces, y otras, pequeñas dificultades. Por cierto que las primeras, de ordinario, se notan menos, porque enardecen: es en las segundas, que producen escozor a nuestra soberbia y nada más, donde Él nos espera. Sí: en esas antesalas; en esas incorrecciones; en aquel oír: “ese individuo”...; en la amabilidad de ayer, que hoy se vuelve descortesía.

La energía interior del Padre, que difícilmente se dejaría encerrar en la costra de tedio que sofocaba a tantos refugiados, buscaba dar una nueva y superior dimensión a los esfuerzos, sacudiéndose de encima la ociosidad, para crear así tarea abundante a sus hijos, para despojarles de la soberbia, de la rutina y de las preocupaciones, y para hacer que pusieran en ejercicio las potencias del alma, agarrotadas por las circunstancias del momento. Quería infundirles el Padre moral de victoria y espíritu deportivo para vencer vallas y resistencias. Pero llegaban a puntos de estancamiento. No por falta de tenacidad sino por las barreras propias de la burocracia.

“El Fundador del Opus Dei. Dios y Audacia” de Andrés Vázquez de Prada

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