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Día 34 - Llegar más lejos: ¡a todos!

Muchos mueren estos días. ¿Irán al Cielo? Es posible que te haya surgido esa preocupación en tu corazón, quizá seguida de esta otra: ¿qué podría hacer por esas personas? Es señal de que al #crecerxaadentro te vas pareciendo más a Jesucristo.

El consejo de hoy es...

A diario constatamos cómo muchas personas se nos van a causa de la pandemia. Quizá han fallecido familiares o personas que conoces, o familiares de amigas y de amigos. Es lógico que te venga la pregunta sobre su destino después de la muerte: ¿el Cielo? ¿El infierno? Porque eso, Cielo o infierno, sí que es para siempre. Jesucristo quiere que todos los hombres se salven y lo quiere hasta el punto de habernos redimido entregando su vida por la nuestra, como hemos recordado en esta #SemanaSantaencasa. ¿Cómo puede conseguirlo? Sin duda, ha dejado en cada corazón ese deseo de felicidad eterna, que toca en la conciencia de cada uno para dirigirse a Dios y pedirle perdón por los pecados y acogerse a su infinita misericordia. Y ¿te acuerdas de aquellas palabras de Jesús a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”? Por eso, sin duda, también cuenta con la ayuda que cada una y cada uno podemos prestar en estos momentos, aunque estemos a kilómetros de distancia de los enfermos. ¿Qué ayuda es esa? Tu oración… y la oración de tus amigas y amigos. Lee este consejo de san Josemaría:

Me gusta que, en la oración, tengas esa tendencia a recorrer muchos kilómetros: contemplas tierras distintas de las que pisas; ante tus ojos pasan gentes de otras razas; oyes lenguas diversas... Es como un eco de aquel mandato de Jesús: «euntes, docete omnes gentes» —id, y enseñad a todo el mundo. Para llegar lejos, siempre más lejos, mete ese fuego de amor en los que te rodean: y tus sueños y deseos se convertirán en realidad: ¡antes, más y mejor!

Surco, n. 462.


Propósito del trigésimo cuarto día

¡Con tu oración puedes llegar muy lejos!: puedes llegar a cualquier cama de hospital, a cualquier residencia de ancianos, a cualquier familia… de tu país o de cualquier otro. Puedes llegar al corazón de cada persona para que, aunque sea en el último momento de su vida (como el buen ladrón), crea en Jesús y se acoja a su misericordia. Pero, para llegar antes y más lejos, no vayas tú sola o tú solo: mete esa preocupación en los demás e invita a rezar a tus amigos contigo y entre todos haremos posible que los que se encuentran al final de sus vidas a causa de la pandemia se encuentren pronto con Jesús y la Virgen y san José y todos los ángeles y los santos para siempre en el Cielo. Tener un corazón para todos es #crecerxaadentro: el reto de hoy es que reces al menos una avemaría con una amiga o un amigo pidiendo para “que los que hoy van a morir a causa de la pandemia vayan al Cielo”. Y si ese amigo reza con otro, y el otro con otro, y el otro con otro… veremos nuestra oración convertida en realidad.

Para la lectura

Fueron varias las ocasiones en las que san Josemaría, en su oración personal en voz alta, manifestó a los que estaban refugiados con él su preocupación por todos los que seguían por las calles con sus vidas corriendo peligro. Y así, animaba a los demás a rezar unidos unos por otros, como los primeros cristianos.

"Pido por todos aquellos que están en un trance difícil"

«Para que nuestra oración sea verdaderamente fecunda, ¿no debe existir entre nosotros aquel contacto, aquella unión que había entre los Apóstoles, no por la permanencia física en un mismo lugar sino por la identidad de pensamiento, de sentimiento, de voluntad? Sí, querer con la Obra; sentir con el Corazón de Cristo; pensar con aquel que es cabeza entre nosotros. Esta es la unidad verdadera, propia del cuerpo sano, en salud cabal, en plenitud de vida».

La cohesión de unos y otros —«que todos seamos uno en el corazón y en la inteligencia y en la voluntad»— era un don que debían implorar a Dios en la oración y en la mortificación. Les dijo, por ejemplo, que podían ofrecer al Señor las mil pequeñas incomodidades de todos los días:

«Acompañar a cada uno de nuestros hermanos en peligro, y velar por ellos; y cada mortificación que dejemos de hacer, el tiempo que quitemos a la oración, es un perjuicio que causamos a nuestros hermanos, es no ayudarles a llevar bien sus penas, a rechazar sus tentaciones. Tened esto siempre muy presente. Que este recuerdo os sirva de estímulo en vuestra vida interior».

Las meditaciones estaban empapadas por su paternidad espiritual:

«Yo padezco en aquellos miembros de la Obra, hijos míos, que están ausentes, en la trinchera, en la cárcel, y comprendo perfectísimamente las palabras de San Pablo: “¿Quién de vosotros está triste y yo no estoy triste? ¿Quién de vosotros está enfermo y yo no estoy enfermo?”».

A veces mencionó a quienes estaban en condiciones más duras:

«Chiqui —¡con cuánta paz nos cuentan que lleva sus sufrimientos!— tendrá sus cruces interiores, mas también, este y todos, sus consuelos, esos consuelos que Tú sabes dar. Pido también por todos aquellos que están en un trance difícil, sin saberlo nosotros» ; «hablo a mi Señor: “Acuérdate de Chiqui, que ha de salir de la prisión; que llegue a un sitio seguro sin contratiempo. Y de aquel cuya vocación se ha conservado, entre tantos obstáculos, tan maravillosamente. Y de aquel cuyo sacrificio es tan admirable. Y de aquel, y de aquel otro. Y en el otro lado, piensa, Dios mío, en ese que ha trabajado por Ti tanto y tan bien; si algo hay en la vida pasada de todos que te ofenda, bórralo y danos ahora fortaleza y perseverancia y luz”».

Fragmento de "Escondidos" de José Luis González Gullón.

Evangelio según san Marcos 16, 9-15

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Y les dijo:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


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