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Día 35 - Con una mirada de Amor

Hoy es un domingo muy especial, pues es el Domingo de la Divina Misericordia. Quizá lleves semanas sin poder confesarte, sin poder decirle a Jesús ese: “¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!” Si es así, entonces hoy es el día para que redescubras en el Señor su mirada de Amor, que te hace #crecerxaadentro.

El consejo de hoy es...

Todos tenemos despistes, caídas e incluso puede que grandes pecados. No nos vamos a extrañar: le pasó a los apóstoles, le pasó a los santos, le pasa a todo el mundo, porque, al fin y al cabo, somos pecadores. Sin embargo, algunos se arrepienten, pero se desaniman y se dejan vencer fácilmente por la tentación y caen más veces. Otros, en cambio, se arrepienten, pero parece que siguen tan contentos, aunque también después vuelvan a caer en las mismas cosas. ¿Dónde está la diferencia? En que unos se quedan anclados en dar vueltas al propio pecado y piensan “¿Cómo he podido hacer esto otra vez, yo?”. Pero otros eligen darse la vuelta hacia Jesús y ¿con qué se encuentran? Con su mirada de Amor. Por eso consiguen decirle: “Jesús, he vuelto a pecar, perdón, no quiero volverlo a hacer y con tu ayuda ya no lo haré más, porque te amo de verdad”. Y arrepentidos, saben que Jesús les perdona, les ayuda a #crecerxaadentro y tan contentos, aunque de vez en cuando caigan en las mismas cosas. ¡Cuántos pecadores vemos en el Evangelio que cruzan su mirada con la mirada de Amor de Jesús y cambian de vida! Esa mirada es la que también encontró san Pedro, como nos recuerda san Josemaría, que te aconseja imitarle:

El Señor convirtió a Pedro —que le había negado tres veces— sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor. —Con esos mismos ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá podamos decirle, como Pedro: “¡Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo!”, y cambiemos de vida.

Surco, n. 964.


Propósito del trigésimo quinto día

También ahora nos sobra tiempo para caer en las cosas de siempre, porque en casa o fuera de casa seguimos siendo pecadores. Pero desde ahora, después de cada caída puedes darte la vuelta enseguida hacia Jesús y encontrar su mirada de Amor, sin quedarte anclado en tus faltas o desanimado por tus pecados. Ese darse la vuelta es lo que la iglesia llama “actos de contrición o de dolor de amor” y esa mirada de Amor de Jesús es la que nos revela la infinita misericordia de Dios, que hoy celebramos con toda la Iglesia. Hoy, ¿por qué no intentas darte la vuelta hacia Jesús tantas veces como te des cuenta de que has hecho algo mal? Pides perdón a Jesús con tus palabras, o con las de san Pedro, y adelante: tan contenta, o tan contento. Y si necesitas del sacramento de la confesión, recuerda el post El perdón de Dios para tiempos de confinamiento. ¡Feliz Domingo de la Divina Misericordia!

Evangelio según san Juan 20, 19-31

¡Señor mío y Dios mío!

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Dirigiéndose a quienes estaban unos días de retiro espiritual, san Josemaría les hablaba de la alegría que resulta de los actos de contrición, porque el arrepentimiento se cruza con la misericordia de Dios. Eso fue también su propia experiencia, como relata y dejó por escrito.

Entre los dos, ¡lo arrancaremos!

El tono de sana vitalidad, que caracterizaba a don Josemaría como director de ejercicios espirituales, era producto de su elaboración de moldes nuevos. Permitía que fluyeran, libremente, los actos de fe y de esperanza, y el fuego del amor de Dios que llevaba dentro. Pensamientos risueños, que situaban a los asistentes en un contexto afirmativo, en contraposición a la desesperanza:

¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?

Su grato acento de optimismo frente a la vida, de serenidad ante la muerte, y de esperanza en el más allá, proceden de un continuo ejercitar el alma en la contrición perfecta; derivan de su «dolor de Amor». Concepto que aparece con frecuencia en las páginas de sus Apuntes, como indicio inequívoco de las rutas que sigue en su vida interior:

No olvides —había escrito en Camino— que el Dolor es la piedra de toque del Amor.

El auténtico Amor arranca ese ejercicio de compunción que se manifiesta en el aborrecimiento del pecado:

Dolor de Amor. Porque Él es bueno. Porque es tu Amigo, que por ti dio su Vida. Porque todo lo bueno que tienes es suyo. Porque le has ofendido tanto... Porque te ha perdonado... ¡Él!... ¡¡a ti!! Llora, hijo mío, de dolor de Amor.

Como todo mortal, experimentaba don Josemaría el peso de la naturaleza caída, se sentía sujeto al agravio del pecado; el cual, por leve que sea, supone un impedimento entre el Señor y el alma enamorada. ¿Qué vehemente impaciencia de liberación no experimentaría el Fundador cuando escribió aquellas, ya comentadas, palabras?:

Querría, Señor, querer, de veras, de una vez para siempre, tener un aborrecimiento inconmensurable de todo lo que huela a sombra de pecado, ni venial. Querría una compunción como la tuvieron quienes más Te hayan sabido agradar.

De muy atrás venía pidiendo, por intercesión de Nuestra Señora, el bien preciadísimo de una perfecta contrición:

Es justo, dulce Señora, que me hagas un regalo, prueba de cariño: contrición, compungirme de mis pecados, dolor de Amor... Óyeme, Señora, Vida, Esperanza mía, condúceme con tu mano —tenuisti manum dexteram meam!...— y si algo hay ahora en mí que desagrade a mi Padre-Dios, haz que lo vea y entre los dos lo arrancaremos.

Esto pedía en 1932, haciendo su retiro en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia. Años después, seguía implorando con insistencia a Nuestra Señora ese dolor de Amor, cuando un día se sintió arrebatado haciendo oración:

Madre mía, Señora: besé el suelo, me persigné —después de gritar nuestro «serviam!»— en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y te recé el «Acordaos»... Me distraje: volví a estar en la oración, y sé que me has oído. ¡Madrecica!: otra vez te invoco, ahora, al escribir en el papel. Tú sabes bien lo que necesito. Antes que nada, dolor de Amor: ¿llorar?... O sin llorar: pero que me duela de veras, que limpiemos bien el alma del borrico de Jesús. Ut iumentum!...

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