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Día 37 - ¡Eres hijo de Dios!

Hay verdades tan fuertes que si las contemplas detenidamente alucinas. ¿Te has parado alguna vez a pensar eso de que somos hijos de Dios? “¡Soy hijo de Dios!”, “¡Soy hija de Dios!” Son palabras fuertes, sobre todo porque son verdaderas. Y si hay algo que sin duda te hará #crecerxaadentro es ese saber que Dios es tu Padre.

El consejo de hoy es...

¿Sabías qué durante todos los días de la semana pasada se ha celebrado la Misa como de la Resurrección del Señor? Es lo que se llama la Octava de Pascua: del domingo de Resurrección al domingo de la Misericordia. Es como un “para que se nos meta en la cabeza” que lo que ha pasado tiene todo que ver con tu vida. Tanto es así que san Pablo recordará una y otra vez a los cristianos —a ti y a mí— que hemos muerto y resucitado con Cristo a una vida nueva. ¿A qué vida? A una vida en Cristo (de ahí lo de “cristiano”) que triunfa sobre el pecado y la muerte. ¿Cuándo? Cuando te bautizaron. En ese momento, Cristo plantó la semilla de su Vida en ti, para que poco a poco fuera creciendo y dando fruto. Así que unida o unido a Jesús también tú puedes decir que eres hija o hijo de Dios. ¿No es para “venirse arriba”? Pues ese “venirse arriba” (casi, casi, como el del borrico, ¿te acuerdas?) te lo aconseja vivamente san Josemaría:

Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo... ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, "engallado" el cuerpo y soberbio por dentro... ¡hijo de Dios!"
Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la "soberbia".

Camino, n. 274


Propósito del trigésimo séptimo día

Seguramente ya sabías que eres hija o hijo de Dios. Lo habrás escuchado muchas veces, pero… ¿te has dado cuenta de lo que significa? Significa que Dios es tu Padre que te quiere incondicionalmente y hace todo lo posible y lo imposible para que seas plenamente feliz y dé abundante fruto en ti esa Vida nueva que recibiste en el bautismo: la Vida en su Hijo Jesucristo. El afecto de nuestros padres —haya sido muy intenso o, desgraciadamente, haya pasado por dificultades— se queda muy, pero que muy corto comparado con lo que Dios te quiere. Pero ¿te das verdaderamente cuenta? ¿No es para vivir con mucha tranquilidad, pase lo que pase, saber que estás en las mejores manos, que son las de Dios? Necesitamos repetírnoslo “para que se nos meta en la cabeza y en el corazón”, quizá también ocho veces, como la octava de Pascua. Y si sientes que te vienes arriba, deja #crecerxaadentro ese sentimiento de soberbia por ser hija o hijo de Dios. Hoy el reto lo puedes cumplir ahora mismo en este rato de oración: repítete con convicción a lo largo del día ese “¡soy hija -o hijo- de Dios!”. Ojo, que quizá te engancha y no puedes dejar de repetirlo cada mañana al levantarte…

Evangelio según san Juan 3, 7b-15

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Nicodemo le preguntó:

«¿Cómo puede suceder eso?».

Le contestó Jesús:

«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

San Josemaría también tuvo un momento en su vida pocos años antes de la Guerra Civil en el que se dio cuenta verdaderamente de lo que significaba para él que era hijo de Dios, es decir, no sólo saber que Dios era su Padre, sino sentirlo en lo profundo del alma. Y también él se llenó de esa santa soberbia que le llevó a clamarlo por la calle.

En un tranvía

Esos años treinta son escarpados y difíciles para el joven Josemaría, empujado por Dios a «meterse a fundador», sin medios materiales, sin un céntimo en los bolsillos, palpando a su alrededor más incomprensión y más soledad de la que puede soportar cualquier hombre que empieza a mirar la vida de frente. Escrivá explica la Obra, que aún no tiene nombre, ni casa, ni aprobación ninguna. Son muy pocos los que la entienden. Otros se acercan, les gusta «el ideal»..., pero, a la hora de arrimar el hombro en serio, escurren el bulto, desaparecen por donde llegaron, insalutato óspite, sin despedirse siquiera.

Josemaría topa también con el anticlericalismo beligerante, que en esos años es la atmósfera normal de la calle. Se siente agobiado e impotente. Sin fuerzas, sin recursos, sin “calle del medio” por donde tirar. Y con toda la Obra por hacer. Pero... una vez más Dios va a mover sus fichas.

El joven curita ha tomado un tranvía en Atocha, en aquel Madrid republicano de 1931. De repente, con una fuerza insospechada experimenta la certeza rotunda, tremenda, incuestionable, de ser hijo de Dios. Nunca antes lo había sentido así. Nunca antes lo había entendido así. Nunca antes lo había sabido así. Las palabras, esta vez, son crenchas del salmo 2: “Tú eres mi hijo... Yo te he engendrado... Tú eres mi Cristo”. Se sorprende a sí mismo, deambulando por las calles, después de haber bajado del tranvía, como enajenado, borracho de alegría, repitiendo un par de sílabas que también el Espíritu Santo ha escanciado en su pecho: es una palabra hebrea entrañable, familiar, de andar por casa; una palabrita leve, que sabe a beso, con la que los niños judíos llamaban a su padre: ¡abba! ¡abba!, papá, papaíto...

Desde ese momento, Escrivá no necesita filosofías ni teologías, ni hacerse un nudo en el pañuelo para recordar en todo tiempo y en todo lugar que él es hijo de Dios. Más aún: ese rasgo de la filiación divina queda impreso en la espiritualidad del Opus Dei, con más fuerza que si fuese un trallazo de amor, como una marca genética que define en los miembros de la Obra un talante de confianza, de nobleza, de seguridad, de alegría... y el regusto feliz de cierto orgullo legítimo.

Justo de su apostolado de esos años, de esos meses, es la experiencia que plasmará en Camino, un libro que tendrá siempre mordiente espiritual, porque está escrito en vivo, sobre el asfalto de la gran ciudad, entre gente de carne y hueso:

«Padre –me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central–, pensaba en lo que usted me dijo... ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, engallado el cuerpo y soberbio por dentro... ¡hijo de Dios!

»Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la soberbia».

De “El hombre de Villa Tevere”, de Pilar Urbano

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