• Crecer para adentro

Día 38 - Que se note que sigues a Jesús

Ya te habrás dado cuenta de que cuando te esfuerzas por hacer bien lo que toca, notas que lo de #crecerxaadentro es verdad, porque ¡intentar hacer las cosas bien engancha! Seguro te ayuda a hacer la vida agradable a los demás. Procurar hacer el bien produce una satisfacción difícil de explicar. Es una alegría profunda, permanente, estable… Si además los que nos rodean lo aprecian y se dan cuenta, ¡mejor aún! Aunque no lo hagamos buscando halagos, sino buscando agradar a Jesús.

El consejo de hoy es...

“Jesús pasó haciendo el bien”, nos dice el Evangelio, como si fuera el título de una biografía. Y la gente lo notaba, porque su actitud y ejemplo enganchaban. Atraía a los que estaban a su alrededor porque allí donde se encontraba hacía el bien y se comportaba literalmente del mejor modo posible. Eso siempre atrae, como la luz atrae a la vista, porque lo bueno y bello y verdadero siempre resulta atractivo. Como lo habrás notado tú mismo o tú misma durante el confinamiento. Ahora con el confinamiento, seguro que alguien en casa ya te ha visto barrer bien la cocina, aunque no te tocaba; o aquella vez que recogiste tu habitación mejor que nunca, hasta el punto de que “se notaba”; y esa ocasión en que acabaste un trabajo que llevaba horas pesándote en la cabeza; o el día que no te importó prestarle tu ropa a tu hermana. Y mil ejemplos más que se podrían poner. De esos que, al acabar, te dan la sensación de que se abre el cielo porque puedes disfrutar de la Play, ver un capítulo de esa serie que le gusta a tu hermano, leer tu libro favorito, escuchar la música que te gusta o llamar a algún amigo o amiga. Pues eso, es ser como Jesús, es pasar haciendo el bien y eso es señal de que funciona lo de #crecerxaadentro. Ojalá acabe el confinamiento y se pueda decir de ti lo que dejó escrito san Josemaría:

Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo.

Camino, n. 2


Propósito del trigésimo octavo día

¡Queremos parecernos a Jesús! Porque es Él quien realmente atrae a todos hacia sí. Ojalá experimentemos, al intentar hacer las cosas del mejor modo posible, que ser como Cristo engancha y nos ayuda a #crecerxaadentro y descubrir la alegría que le damos a Dios y a los demás. Y así también podrán decirnos en casa: éste está conociendo la vida de Jesús, le trata, le escucha, se ve que ya son viejos amigos. De modo que el propósito de hoy es que procures vivir con naturalidad el bien que te toque hacer hoy: tareas, encargos, deberes… sabiendo con absoluta seguridad que la persona más importante de todas es la que te está mirando: Dios, que es tu Padre, y se alegra de ver que te pareces cada día más a su Hijo.

Evangelio según san Juan 3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos. Pues todo el que hace lo malo aborrece la luz, y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se vea claramente que ha hecho sus obras según Dios.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Pedro Casciaro narra en su libro “Soñad y os quedareis cortos” la naturalidad de lo sobrenatural en San Josemaría. La Guerra Civil que los confinaría a todos durante largos meses estaba a punto de estallar y el Fundador del Opus Dei parecía tener su verdadera preocupación en otra parte. Sin desear ser visto, con su ejemplo les enseñaba a no cansarse de servir a los demás.

¿Lo entiendes ahora, Paco?

Paco y yo teníamos muchas clases, como he dicho, y ni un minuto que perder. Solíamos salir todos los días de la Residencia a primera hora de la mañana, deprisa y corriendo, para llegar a San Bernardo a la clase de ocho que daba Navarro Borrás. Nos pasábamos toda la mañana entre la Universidad y la Escuela, hasta las dos de la tarde.

Sin embargo un día -no recuerdo por qué- nos quedamos en casa, y descubrimos algo que nos llenó de asombro: el Padre iba haciendo una a una las camas de los residentes; barría el suelo de las habitaciones, limpiaba los cuartos de baño y lo iba dejando todo ordenado. Comprendimos que con lo que hacían los "botones" -chicos jóvenes y sin experiencia- no era suficiente y que el Padre venía haciendo aquello desde mucho tiempo atrás, sin que nos hubiésemos dado cuenta.

Naturalmente, nos pusimos enseguida a ayudarle. No era tarea fácil: eran veintitantas camas y unas doce habitaciones. Sin embargo, a pesar de nuestros buenos deseos, no pudimos ayudarle todos los días: no podíamos faltar a las clases de Descriptiva, Mecánica y Proyectos de la Escuela de Arquitectura; y por la tarde, de 3.15 a 6.30, era muy arriesgado saltarse la clase de Dibujo. Y en la Facultad de Ciencias Matemáticas los horarios era aún más exigentes. Por eso, decidimos turnarnos en la asistencia a clase, para que uno u otro pudiera tomar apuntes. De ese modo podíamos ayudar al Padre algunas mañanas en estas tareas.

Las faenas domésticas no terminaban ahí: proseguían por la noche, cuando ya se había marchado la cocinera. Entonces nos metíamos en la cocina para limpiar y secar los cubiertos. "El Padre entraba allí -recuerda Paco- y se ponía una bata blanca que tenía preparada. Pedro y yo, también con nuestra bata, hacíamos con el Padre la labor que nos correspondía. Esto, día tras día, pegados al Padre que nos llenaba de alegría. A la hora prevista estaba todo en regla".

Lo último que hacíamos por la noche en la cocina era dejar preparado el desayuno para el día siguiente. Utilizábamos leche en polvo Nestlé. De este menester nos ocupábamos Paco y yo, en semanas alternas. Yo pesaba cerca de ochenta kilos y Paco estaba delgadísimo, como lo estuvo siempre. El Padre bromeaba y mientras nos acompañaba en estas tareas, aludía a "las vacas gordas y las vacas flacas". Lo recuerdo en la cocina junto con Ricardo, lavando platos, sacando brillo a las manzanas con un paño, y haciendo otros servicios humildes.

Naturalmente, los residentes que no eran del Opus Dei no se imaginaban, ni por asomo, quiénes se ocupaban de esos trabajos. Y aunque los de la Obra procurábamos que el Padre realizara esas tareas las menos veces posibles, con frecuencia nuestros horarios de clases no colaboraban con nuestra solicitud. Aprendimos entonces, gracias a su ejemplo, que no hay trabajo, hecho por amor al Señor, por muy humilde que parezca, que no sea digno de un hijo de Dios y que no pueda hacerle feliz.

Estos trabajos domésticos dieron lugar a un curioso suceso. En una ocasión vino a comer a la Residencia don Francisco Navarro Borrás, un prestigioso profesor de Mecánica Racional en Arquitectura y en Ciencias. Paco y yo éramos discípulos suyos en ambos centros de enseñanza. La comida fue en el "cuarto del piano" y le acompañaban el Padre y Ricardo, en su calidad de director de la Residencia. A la hora del café nos llamó el Padre para que estuviéramos también Paco y yo.

Entonces, durante la conversación de la sobremesa, contestando a una pregunta de Navarro Borrás, el Padre comenzó a explicarle cómo se vivía la pobreza real en el Opus Dei. Sin embargo nuestro profesor no parecía demasiado dispuesto a entender lo que se le decía.

Como la situación se fue volviendo un tanto delicada, Paco y yo decidimos dejarlos solos: nos excusamos y nos fuimos discretamente a trabajar a la cocina. Sin embargo, poco después, mientras estábamos lavando la vajilla y las tazas de café, se presentaron de improviso el Padre y nuestro profesor, que al vernos afanados en aquellas tareas -tan lejanas de la Cinemática que nos explicaba en la Universidad- se quedó muy impresionado.

Entonces el Padre -que le trataba con gran confianza- le dijo:

-¿Lo entiendes ahora, Paco?

Sin embargo, de todo esto no hay que concluir que aquella Residencia fuese un internado pobretón de estudiantes; era un hogar acogedor y digno, donde todos se encontraban en su casa. El Padre nos enseñó a conjugar la dignidad con la pobreza: una pobreza alegre que procura siempre pasar inadvertida.

Apúntate para que te mantengamos al día

© 2020 por Crecer para adentro