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Día 41 - Como los primeros cristianos

Jesús no viajó mucho y, sin embargo, ¿cómo ha llegado la fe cristiana hasta ti? Los protagonistas fueron los primeros cristianos, los segundos cristianos… y así generación tras generación. Ahora, ¿puede contar contigo como contó con los primeros cristianos?

El consejo de hoy es...

Jesús envío a los apóstoles a recorrer el mundo predicando el Evangelio, es decir, anunciando a todas las gentes su vida, enseñanza, muerte y resurrección, para que sean muchos —ojalá todos— los que crean en Él y vayan al Cielo. Los apóstoles recorrieron kilómetros: enseñaban, administraban los sacramentos y ¿luego? Luego marchaban para otra parte. Entonces eran los primeros cristianos de ese lugar los que vivían en cristiano y hablaban con familiares, amigos, colegas del oficio, conocidos… y hasta con sus carceleros. Era un auténtico #crecerxaadentro que se iba contagiando por contacto directo, uno a uno. Jerusalén fue el epicentro y de ahí se fue extendiendo a toda la tierra. Jesucristo fue el primero y los apóstoles y los primeros cristianos los vectores que llevaron con sus obras y palabras el amor de Dios a todas las gentes. ¿Y ahora? ¿Cómo se sigue contagiando esa maravilla de vivir con Dios? San Josemaría te ofrece una respuesta que te puede ayudar:

Para seguir las huellas de Cristo, el apóstol de hoy no viene a reformar nada, ni mucho menos a desentenderse de la realidad histórica que le rodea... —Le basta actuar como los primeros cristianos, vivificando el ambiente.

Surco, n. 320


Propósito del cuadragésimo primer día

No se trata de viajar por todo el mundo… y menos ahora. Bueno, algunas personas sí tienen esa vocación y hemos de rezar para que sean muchas. Pero la vocación de la mayoría de los cristianos es… como la de los primeros cristianos: viajar por mi mundo vivificando mi ambiente. ¿Cuál es tu mundo? Tu familia, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos… toda la gente que conoces. Es a todas esas personas a quienes Dios espera que vivifiques con tu ejemplo y con tu palabra, como los primeros cristianos. Se trata de llevar el amor de Dios a los demás con lo que haces y con lo que dices, para que las personas a las que quieres también puedan #crecerxaadentro. En estos días de confinamiento, ¿estás ayudando en casa con alegría? ¿sólo cuando te piden algo o te adelantas y tienes detalles con los demás? ¿estás llamando a tus amigas o amigos para que pasen un buen rato? ¿les animas a seguir rezando por el fin de la pandemia, o por los que mueren o están enfermos? Hoy el reto es hacer algo en casa y decir algo a un amigo o amiga que les contagie esa alegría tuya consecuencia de seguir las huellas de Cristo en cualquier situación que te encuentres. Como los primeros cristianos.

Evangelio según san Marcos 16, 15-20

Proclamad el Evangelio a toda la creación

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo:

«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».

Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Dos personas en las que san Josemaría se apoyó mucho en los comienzos del Opus Dei son Pedro Casciaro y Francisco Botella (Paco). La amistad entre estos dos personajes no empezó con buen pie. Sin embargo, el ejemplo de buenos cristianos que, sin saberlo, se dieron el uno al otro propició en ambos un cambio interior que los llevaría a ser grandes amigos y, en consecuencia, a ayudarse también en su vida cristiana. Así lo narra Pedro Casciaro en primera persona.

"Cambié de actitud al verle comulgar"

Tengo que detenerme ahora en la figura de Paco Botella. Le había conocido años atrás en la Escuela, donde habíamos coincidido en clase a lo largo de un trimestre. Y, como sucede con frecuencia en el inicio de tantas amistades, no creo que al principio me mirara con demasiada simpatía, porque –tonterías de estudiantes– durante una clase de acuarela le dije que le estaba saliendo muy bien un dibujo del Moisés, cuando en realidad lo que estaba copiando era una Venus..., mordacidad que no le debió agradar excesivamente.

Cambié de actitud hacia él cuando un día lo vi comulgar en Misa en la parroquia de la Concepción, que estaba muy cerca de la pensión en la que yo vivía. Comprendí que aquel chico alto, delgado, simpático, de lenguaje vivo y concreto, de frente despejada y gafas con bastantes dioptrías, podría entender muy bien la labor apostólica que se llevaba a cabo en la Residencia.

Todo propiciaba nuestra amistad. Éramos de la misma edad; él era valenciano y yo, aunque había nacido en Murcia, tenía raíces alicantinas; estudiábamos las mismas dos carreras –Arquitectura y Exactas– y vivíamos en casas vecinas: Paco en una Residencia de universitarios en el nº 39 de la calle Castelló; y yo en el 35, dos portales más abajo.

El 11 de octubre Paco vino a verme a casa. Me dijo que sabía que yo hablaba con el Padre. Se había fijado que algunas tardes, al acabar las clases en Areneros a eso de las seis y media, un grupo de amigos, en vez de dirigirnos hacia los bulevares, bajábamos por la calle Mártires de Alcalá junto al Palacio de Liria. Había indagado a dónde íbamos y qué hacíamos, y Salvador Segura –otro compañero que también venía por Ferraz– se lo había contado todo. Yo le comenté que ya había pensado en invitarle a venir por la Residencia y le hablé de la labor apostólica que impulsaba el Padre. Me pidió que le concertase una cita y así lo hice: el Padre quedó con él dos días después, el día 13 a las cinco de la tarde. Comenzó a venir a los Círculos todos los sábados y nuestra amistad se fue haciendo cada vez mayor.

Fue un año de trabajo intenso. Tuvimos un horario de clases tan apretado durante aquel curso que no nos sobraba ni un minuto. Paco y yo íbamos siempre corriendo: de casa a la Universidad, de la Universidad a la Escuela y de la Escuela a la Universidad. Íbamos juntos a todas partes, incluyendo la Residencia de Ferraz.

También fuimos juntos, con otros compañeros de la Escuela, a pasar tres días en Toledo. Antes de marchar me despedí del Padre, que me aconsejó que aprovechara esos días para hacer el mayor bien que pudiera a esos amigos. Me dijo también que procurara asistir a la Santa Misa.

Fueron tres días magníficos. Tomamos muchos apuntes de la ciudad, que me pareció espléndida, casi detenida en el tiempo, con sus edificios de color ocre arracimados en torno a la catedral y bordeada casi entera por el cauce del Tajo. Me entusiasmó la Catedral, el Alcázar, las sinagogas, los famosos cigarrales ... y al acabar la excursión, Paco y yo decidimos quedarnos dos días más. Durante ese tiempo hablamos mucho del Padre y de la vocación al Opus Dei, mientras paseábamos por las calles empinadas y tortuosas de la ciudad o tomábamos un café en la plaza de Zocodover.

Las inquietudes de Paco volvieron a poner en primer plano las mías de semanas atrás. Paco se había planteado el problema vocacional desde hacía muchos años; de hecho, había venido a Madrid con la certidumbre interior de que Dios le haría ver allí su vocación. Mis inquietudes espirituales eran igual de vibrantes, pero mucho más recientes. En todo caso, los dos nos estábamos planteando, con toda su radicalidad, la posibilidad de entregarnos plenamente a Dios.


Del libro Soñad y os quedaréis cortos, de Pedro Casciaro

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