• Crecer para adentro

Día 42 - "Dime: ¿creces también para adentro?"

Llevamos 42 días confinados, son muchos días en los que la gracia de Dios también ha pasado por nuestras almas. ¿Están siendo un #crecerxaadentro de los que van mejorando tu vida y la vida de las personas a tu alrededor? Si todavía no es así, ha llegado el momento de crecer.

El consejo de hoy es...

Cuando Jesús Resucitado ascendió al Cielo, los apóstoles volvieron felices a Jerusalén, ya dispuestos a recorrer el mundo. Parece un poco extraño: más bien esperaríamos que volvieran tristes porque Jesús se había ido. Pero no, porque Jesús se ha ido para poder estar junto a cada mujer y hombre de todos los lugares y de todos los tiempos. Por eso, cualquier circunstancia que atravesemos en nuestra vida es una ocasión para vivirla junto a Él y hacernos más amigos suyos. Eso es lo que san Josemaría nos enseña —particularmente en este confinamiento— de su experiencia de aquellos 7 meses de 1937 encerrado en el Consulado de Honduras: aquellas difíciles condiciones (vivían seis personas en una habitación de apenas 10 metros cuadrados) no supusieron desconectar de Dios, sino todo lo contrario, porque creía con gran fe que Jesucristo estaba allí, entre ellos, como uno más. Todo es cuestión de creer y de querer: de creer en Jesucristo, de querer vivir con Él y de compartir Su proyecto. Eso es #crecerxaadentro aun cuando parece que no pasa nada, aun cuando da la impresión de que no puedes hacer todo lo que te gustaría, cuando parece que tu vida quizá no ha crecido tanto como te gustaría. Es la hora de volver a aquella historia del labriego:

No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’.
-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad...
-Dime: ¿creces también para adentro?

Camino, n. 320


Propósito del cuadragésimo segundo día

¿Qué es #crecerxaadentro? La nieve cubre la planta y parece que no hace nada, pero bajo tierra está echando raíces: ¿crees que sin raíces esa planta podría dar flores y frutos? Habrá que esperar a que la nieve se funda, pero entonces ¡qué flores y qué frutos dejará ver! También ahora, con tu forzosa inactividad, tienes la oportunidad de echar raíces para que tu vida dé mucho fruto. Eso es crecer para adentro: echar raíces en Jesucristo para que tu vida pueda dar abundantes frutos de amor y de bien a tu alrededor. ¿Qué es #crecerxaadentro? Se trata de que creas que Jesucristo está vivo y está junto a ti. Se trata de que quieras compartir tu vida con Él, agrandando vuestra amistad de día en día. Se trata de que te sumes a Su proyecto de hacer felices a todos y ayudarles a ir hacia el Cielo. No es fácil, porque hay resistencias, hay dificultades, cuesta. Pero todo está en querer como Él quiere. Por eso, el reto de hoy es que respondas, desde lo hondo de tu corazón, a la pregunta: “dime, ¿quieres crecer también para adentro?”. Tómate tu tiempo. Recuerda que Él solo te promete la felicidad, esa que hará arder tu corazón mientras te habla. Aquí tienes un vídeo que te puede animar a seguir adelante y más abajo una buena lectura de 2 minutos.


Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.


Él les dijo:


«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».


Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:


«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».


Él les dijo:


«¿Qué?».


Ellos le contestaron:


«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».


Entonces él les dijo:


«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el


Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».


Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.


Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:


«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».


Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.


Pero él desapareció de su vista.


Y se dijeron el uno al otro:


«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».


Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:


«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».


Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Presentamos un resumen de lo que fue la estancia del Fundador del Opus Dei en la Legación de Honduras junto con los otros cinco que le acompañaban.

Crecer para adentro

Escrivá veía la estancia de los miembros de la Obra en la legación no como un intervalo sin sentido, sino como una oportunidad de desarrollar su vida interior de oración y sacrificio. Haciendo una analogía con el trigo en invierno, más tarde escribió:

“No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’.

-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad...

-Dime: ¿creces también para adentro?”.

Para facilitar este crecimiento interior, Escrivá estableció un horario con Misa, oración mental, lectura espiritual y Rosario; y también tiempo para el estudio, tertulias con los demás miembros de la Obra y espacio para relacionarse con los otros refugiados. Pensando en la futura expansión de la Obra, les animó a estudiar lenguas extranjeras. Por ejemplo, del Portillo comenzó con el japonés. Un sacerdote de la Congregación del Sagrado Corazón, también refugiado de la legación, observa: “Es significativo que en aquel ambiente, en el que pasábamos muchas horas jugando a los naipes, jamás vi a los chicos del Padre entretenidos en el juego. Daba la sensación de que el Padre estaba pensando en el después viviendo muy plenamente el hoy”.

Gracias a su vida de oración y a tener el día lleno, los miembros de la Obra consiguieron mantener la paz, la serenidad y el buen humor. La hija del cónsul recuerda que ellos “mantenían entre los demás un ambiente muy cordial, hablando con unos y con otros (...). El Padre y los suyos estaban muy unidos, se ayudaban intensamente y demostraban tener una gran educación y sensibilidad. Como demostración graciosa de lo que estoy diciendo, pronto se conoció entre los demás aquel grupo con un mote cariñoso: ‘el susurro’, por lo delicadamente que hablaban”.

Una característica de la conducta de Escrivá fue evitar cualquier manifestación de partidismo político. Se abstuvo de criticar a las autoridades de la República y de unirse a las celebraciones que los demás refugiados hacían al recibir noticias sobre las victorias nacionales. El yerno del cónsul relata que “estaba dotado de un increíble equilibrio, de enorme serenidad; era exquisitamente educado y correcto. Jamás le vimos un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades. Y esta actitud, en lugar de resultar ficticia, parecía a todos normal, lógica y, sin proponérselo, contagiaba el ambiente de serenidad y de alegría. Porque don Josemaría transmitía su seguridad a quienes le rodeábamos”.

Escrivá predicaba la meditación a sus compañeros casi a diario. Alastrué describe la escena: “Sentados en los colchones, sumidos en la penumbra que nos envolvía (...), oíamos casi día a día las pláticas y meditaciones del Padre. Sus palabras, unas veces serias, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían ponerse en nuestra alma. Todo en ellas giraba en torno a la persona, la vida, las palabras, la Pasión de Cristo, en una referencia más o menos directa. Contemplar despacio y con amor a Cristo, gustar sus palabras, seguir paso a paso sus milagros, sus enseñanzas, sus sufrimientos eran su materia inagotable”.

En aquellas circunstancias, muchos, incluso los que antes habían tenido una vida de piedad vigorosa, probablemente se hubieran contentado con esperar a que pasase la tormenta, manteniendo un mínimo nivel de vida cristiana. En las meditaciones y en sus conversaciones con los miembros del Opus Dei, sin embargo, Escrivá marcó metas altas de crecimiento en la vida interior:

“La vida es lucha. Pero, insisto, esta lucha debe ser continua. Si no nos la presenta el enemigo, presentémosla nosotros. Si no distinguimos qué hemos de combatir en nosotros, examinémonos con mayor detenimiento y cuidado. Recojámonos profundamente en nosotros mismos. Acudamos así, alerta, al encuentro del enemigo, dispuestos a provocarle y a reñir con él en cuanto lo percibamos. No aceptemos la inacción; mientras vivamos, el enemigo de nuestra alma nos acecha.

Pero, además, estamos llenos de defectos que es necesario extirpar, y carentes de virtudes que es preciso adquirir. Busquemos en qué es necesario violentarse, qué es lo que hay que suprimir, qué es preciso hacer arraigar. ¿Qué debe ser nuestra existencia sino un sacrificio y un esfuerzo constantes para realizar la Voluntad de Dios, para darle alegría y gloria, con una perfección buscada a costa de mortificación y trabajo? Luchemos, luchemos siempre, con humildad, con perseverancia, con ánimo; luchemos, sabiéndonos hijos de Dios, que esta conciencia adquirimos de manera especial al llegar a la Obra. Luchemos, manteniendo en nosotros el gaudium cum pace [la alegría y la paz], sin turbarnos, sin inquietarnos por fracasos y por reveses (...).

Pero de nada vale nuestro cuidado, si no contamos con Dios. Lo primero, casi lo único, es su ayuda. Pidámosle el gaudium cum pace [la alegría y la paz] para todas nuestras peleas. Supliquémosle que nos conceda gracia, fuerza, paciencia y humildad para que, conociéndonos, confiemos sólo en Él. Y recojámonos, finalmente, para que –contempladas nuestras necesidades- formemos nuestros propósitos concretos”.

Escrivá urgía a los miembros de la Obra no sólo a sobrellevar con alegría el hambre, el frío, el aislamiento y la ansiedad que entrañaba su situación, sino también a buscar oportunidades de ofrecer pequeños sacrificios a lo largo del día. En esto él iba por delante hasta un grado que es difícil de entender. Adelgazó tanto por la escasez y pobreza de la comida, que cuando su madre fue a visitarle no le reconoció hasta que oyó su voz. A pesar de todo, para poder ofrecer a Dios algo más como reparación y penitencia, en repetidas ocasiones comía menos de lo que le correspondía, de modo que los demás pudiesen tener un poco más.

Con su intensa oración y espíritu de sacrificio ayudó a los miembros de la Obra a mantener la alegría a pesar de la dureza de su situación. Alastrué, haciendo memoria de los meses pasados en la legación, escribe: “Parecía como si la carencia de todo, la sombría estrechez del encierro, el peligro que se cernía en torno nuestro, trajeran una dulzura escondida; era una bendición real que tocábamos día a día. No era sólo que Dios nos diese fuerzas para soportar la prueba; es que, efectivamente, ‘aquel yugo era suave y aquella carga ligera’, es ‘que podíamos correr con el corazón henchido de alegría por la vía de la voluntad de Dios’. Recuerdo la frase sencilla y sincera de uno de nosotros, José María, cuando un día, comentando esta disposición de ánimo decía: ‘esto no puede continuar, es demasiada felicidad’”.

Del libro La fundación del Opus Dei, de John F. Coverdale.

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