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Día 43 - Hay quien te necesita

Ahora que los niños empiezan a salir a la calle, que nos anuncian medidas para el desconfinamiento, posiblemente te habrán vuelto con más fuerza las ganas de reunirte con tantas personas a las que quieres: familiares, amigos, compañeros… Todavía falta tiempo para poder llegar a eso, pero ¡qué ganas de estar ya con tus amigos y amigas! Mientras tanto… ¿qué tal si procuras ayudarles a #crecerxaadentro?

El consejo de hoy es...

Si eres de los que procuran rezar un poco todos los días, entonces, seguro también eres de los que quieren ayudar a sus amigos y amigas. Lo uno va con lo otro. Fíjate en Jesús: eligió a doce Apóstoles para que estuvieran con Él, para compartir los ratos buenos y malos, para ir de un sitio a otro, para enseñarles su doctrina, para explicarles las cosas con calma, para hacerles favores y verles mejorar. En resumen, los eligió para que fueran sus amigos. También cuando le fallaban Jesús se adelantaba, como con san Pedro, para ayudarle a levantarse después. Y, por eso, le dolió tanto el beso de Judas… Porque duele pensar que un amigo no se deja ayudar cuando está en peligro su alma, cuando sabes que solo no puede, porque necesita la gracia de Dios y no se deja echar una mano. Quizá ahora estés pensando en alguna y alguno que siempre ha podido contar contigo y ¿ahora que estoy encerrado en casa? ¡Ahora también! A lo mejor más que nunca puedes ayudarles porque, aunque quizá no lo sepan, cuentan con tu oración, con tu unión a Jesús, que les hace #crecerxaadentro sin percibirlo. Si en este momento te viene alguien concreto a la cabeza este consejo de san Josemaría te ayudará.

¿Sabes que aquella persona está en peligro para su alma? — Desde lejos, con tu vida de unión, puedes serle ayuda eficaz. —¡Hala, pues!, y no te intranquilices.

Camino, n. 464


Propósito del cuadragésimo tercer día

Es la comunión de los santos lo que nos une a todos los cristianos por estar unidos a Jesús. Apoyar a los demás con la oración es esa ayuda que puedes practicar en todo momento, es la manera de estar cerca de quien te necesita, de quien puede estar en peligro y quizá no acaba de darse cuenta, o no tiene valor para darse cuenta… Hubo un momento en la vida de san Josemaría en que sintió esta verdad de un modo muy fuerte, sobrenatural, y decidió desde entonces que todos en la Obra rezarían cada día al menos un Acordaos a la Virgen pidiéndole por la persona que más lo necesitara (puedes averiguar el origen de esta historia en la lectura de hoy). No importa si sabes o no de algún pariente, algún amigo o alguna amiga, que ahora mismo esté en peligro para su alma. Más importante que saberlo con exactitud es que cuente con tu ayuda. Y puedes ayudar a alguien aún sin saber por quién rezas en concreto, pero consciente de que rezas por ese alguien que lo precisa. De modo que el reto de hoy es que te acuerdes de rezar, a partir de ahora y hasta que acabe el confinamiento, un Acordaos por la persona que conozcas que más lo necesite.

Evangelio según san Juan 6, 22-29

La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado

Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:

«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».

Jesús les contestó:

«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».

Ellos le preguntaron:

«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».

Respondió Jesús:

«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

La guerra había terminado. Pero las batallas del alma seguían en pie. El beato Álvaro, que había acompañado a san Josemaría durante los meses de confinamiento, se encontraba destinado en Cataluña esperando para poder volver a Madrid, para estar junto al Padre. En ese tiempo, en Olot, tuvo lugar la siguiente historia.

Padre, tal día, a tal hora, estaba usted pidiendo por mí

El 1 de abril de 1939 había concluido oficialmente la guerra civil, pero eso no significó la desmovilización total de las tropas. Concretamente, el regimiento de Álvaro fue trasladado a Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia, con la misión de reparar carreteras y puentes, pues solo en Cataluña habían sido volados más de mil durante la guerra. Nuevamente compartió destino con sus compañeros de fuga, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué.

Desde su llegada, Álvaro puso los medios a su alcance para acelerar su licenciamiento del ejército o, al menos, conseguir que le trasladaran a Madrid: le urgía reunirse con el Fundador para prestar su colaboración directa en el trabajo apostólico del Opus Dei. Sin embargo, aún tendrían que pasar cuatro meses hasta que pudiera escribir a un amigo: «Hoy llego a casa procedente de Olot. Vengo ¡por fin! destinado a Madrid. Y puedes figurarte lo que para mí supone este regreso al medio familiar, es como la liquidación definitiva de la guerra. Hasta ahora, no había terminado aún para mí».

Efectivamente, no exagera: los meses transcurridos en la localidad catalana fueron de “guerra”. Pistas sobre algunas de las batallas que tuvo que librar en aquel periodo aparecen de forma velada en la primera carta que se conserva de esta época: «hay aquí muchas Dolores», señaló. Aludía a la letra de una canción popular, de moda en aquellos momentos, para indicar que entre la población había mujeres que, en su afán por encontrar marido, se mostraban provocadoras e insidiosas.

En este contexto tuvo lugar un episodio, que él mismo relató en más de una ocasión —velando la identidad del protagonista—, para dar testimonio de los dones sobrenaturales que Dios concedió al Fundador del Opus Dei; concretamente, de su capacidad para percibir situaciones que estaban ocurriendo en sitios lejanos. Como era costumbre entre los mandos militares en aquellas circunstancias, Álvaro se alojaba en la casa de una familia. La dueña del hogar consideraba que aquel oficial —apuesto, futuro ingeniero de caminos— constituía un “buen partido” para su hija, y quiso fomentar el trato entre los dos. Así que, al final de la jornada, cuando Álvaro llegaba, cansado, a la casa, le esperaban madre e hija, con unas tazas de chocolate preparadas, dispuestas a ofrecerle conversación. En cuanto se dio cuenta de lo que estaban tramando decidió abandonar aquel alojamiento; pero, antes de que pudiera llevar a cabo su propósito la dueña intentó acelerar los acontecimientos y le organizó una encerrona, para tratar de que se quedara a solas con su hija.

Al mismo tiempo, en Madrid, sin duda de modo sobrenatural, san Josemaría advirtió el peligro moral en que se encontraba ese hijo suyo, y pidió a los que le acompañaban en aquel instante que rezaran con él la oración Memorare [Acordaos] de san Bernardo, por una persona que en ese momento lo necesitaba. Inmediatamente, Álvaro salió de aquella casa, frustrando los planes de madre e hija.

Después, el Fundador del Opus Dei dejó reflejado este lance, sin mencionar al protagonista, en sus libros Camino y Surco: «Hijo: ¡qué bien viviste la Comunión de los Santos, cuando me escribías: “ayer ‘sentí’ que pedía usted por mí”!»; «Comunión de los Santos: bien la experimentó aquel joven ingeniero cuando afirmaba: “Padre, tal día, a tal hora, estaba usted pidiendo por mí”».

Más tarde, Álvaro entendió que aquel Memorare le había ayudado a superar la arriesgada situación en que se encontraba, no buscada por su parte. Desde entonces, ha quedado como costumbre en el Opus Dei rezar diariamente esta plegaria a la Virgen por aquel fiel de la Obra que más lo necesite. No deja de ser significativo el hecho de que san Josemaría se refiriera a esa plegaria como “la oración saxum”. Muchos años después de aquel suceso, el 1 de julio de 1987, Mons. del Portillo escribió una carta pastoral a los fieles del Opus Dei sobre esta plegaria, en la que se lee que la ayuda fraterna que hemos de prestarnos los cristianos, «sobre todo, se ha de manifestar por medio de la oración. Y esto se verifica especialmente mientras rezamos la oración Memorare, que nuestro Padre llamaba saxum, roca, porque nos presta la fortaleza de la piedra más dura, en la tarea de nuestra santificación personal y en el trabajo apostólico».

Del libro “Un hombre fiel” de Javier Medina Bayo.

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