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Día 44 - Quiero, pero ¡no puedo!

Tengo mil cosas que hacer, pero… ¡no consigo acordarme de Dios! Se me pasa. Precisamente por eso necesitamos un tiempo de oración cada día, para #crecerxaadentro y poder hacer esas mil cosas con Jesús.

El consejo de hoy es...

Parecía que el confinamiento podía ser la oportunidad para acompañar más de cerca a Jesús, para acordarnos un poco más de Él. Pero las clases online y los deberes que mandan, estar casi siempre rodeado de hermanos o hermanas, las tareas del hogar que ahora me piden… es un no parar, y cuando puedo parar, se trata de eso, de parar y descansar un poco: hablar con los amigos, echar una partida (y luego otra y otra…), las stories de Instagram… ¿Cómo voy a acordarme más de Dios? Jesús te comprende: Él tampoco paraba de hacer cosas y de estar rodeado de gente. Pero dentro de todas esas mil cosas que hacer, fíjate que Jesús se paraba al amanecer y al atardecer para orar un rato con su Padre Dios. ¿No serán esos tiempos de oración los que precisamente nos ayudan a acordarnos de Dios durante las mil cosas que hacer cada día? San Josemaría, considerando el pasaje del Evangelio en el que Marta está haciendo cosas y María está sentada junto al Señor, nos da un consejo:

«María escogió la mejor parte», se lee en el Santo Evangelio. —Allí está ella, bebiendo las palabras del Maestro. En aparente inactividad, ora y ama. —Después, acompaña a Jesús en sus predicaciones por ciudades y aldeas. Sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!

Camino, n. 89


Propósito del cuadragésimo cuarto día

Quizá comprobaríamos que si dedicáramos un tiempo a orar cada día nos sería más fácil acordarnos del Señor, contar con su ayuda y no dejarnos aplastar por el peso de las cosas. Pero… ¿cómo meter en el día algo más? Quizá la clave sea dar a la oración la prioridad, como Jesús. Convencerme de que el tiempo de aparente inactividad dedicado a la oración no es tiempo perdido: es un tiempo de estar con Jesús, de recargarte de amor a Dios y a los demás. Jesús espera que hagas todas esas tareas, que aproveches bien las clases, que cuides y ayudes a las personas que te rodean, que descanses con los demás… pero ¿de dónde sacarás las fuerzas -el amor- para hacer todo eso con alegría? Hoy el reto es volver a ajustar tu tiempo de oración dentro de las cosas que tienes que hacer y, cuando llegue el momento deja todo, haz tu oración y, después, vuelve a lo que sea con más ganas, con más amor. Verás cómo te hace #crecerxaadentro y agrandar tu corazón para acompañar a Jesús de cerca.

Evangelio según san Juan 6, 30-35

No fue Moisés, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo

En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:

«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».

Jesús les replicó:

«En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:

«Señor, danos siempre de este pan».

Jesús les contestó:

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

Juan Jiménez Vargas y Manolo Sainz de los Terreros, dos jóvenes que seguían el espíritu que les había enseñado el Fundador del Opus Dei, fueron apresados y conducidos a la Cárcel Modelo durante la guerra. Allí, en medio de las dificultades, se esforzaron por encontrar ratos dedicados a la oración, aunque los tuvieran que disimular porque estaba prohibido. Es lo que habían aprendido de san Josemaría: apoyarse en la oración.

Oración por la mañana y por la tarde

Cuando llegaron los presos de la Cárcel Modelo, la suciedad se convirtió en algo pavoroso: «Pocos grifos para tantos. Además, muchas veces no llega el agua. La temporada que cortaban por las noches, había que pasarse a lo mejor un día entero sin poderse lavar. Si había agua por la noche, levantarse muy temprano era la única manera de lavarse un poco mejor». En medio del hacinamiento y de las escasas condiciones de higiene, la pediculosis se multiplicaba. Una tarea imprescindible a primera hora de la mañana consistía en revisar atentamente la propia ropa para despiojarse. Enfermedades menos severas como la sarna o la tiña, y otras más serias, como la tuberculosis, encontraban un ambiente idóneo para propagarse.

El 15 de diciembre, Juan fue nombrado médico de la enfermería. Poco después, Manolo pasó a ser su auxiliar. Los dos se trasladaron a los locales de la enfermería junto con el tío de Manolo y otro médico. Esa habitación estaba situada en la antigua zona del convento de los escolapios -en la entrada colgaba todavía un letrero que avisaba de que se accedía a la clausura—, por lo que había una cierta separación del resto del edificio. Juan y Manolo aprovecharon esta circunstancia para conversar y rezar juntos. La meditación y el diálogo entre ellos eran los únicos modos con los que podían estar unidos al fundador y a los demás miembros de la Obra. Jiménez Vargas cuenta el plan que seguían: «La oración de la mañana, antes de levantarnos, como si no me hubiese despertado, para que no me molestasen, o levantándome antes que los demás. A la tarde, paseando después de comer, o haciendo que leía. Es casi imposible que no interrumpa alguno»; y, añade de acuerdo con su peculiar estilo, «se aprende así lo que vale el silencio». Como no había posibilidad de que tuviesen Misa, algún sacerdote preso les leía textos litúrgicos los domingos. En cambio, era común que muchos reclusos rezasen el rosario en grupos, tratando de no ser escuchados por los milicianos.

El día de Navidad, los guardianes permitieron que las familias de los presos les llevasen comida. Las madres y hermanas se volcaron. En la enfermería de Porlier, Juan, Manolo y un amigo —Eugenio Vallarino— comieron por todo lo alto; incluso tuvieron artículos que se habían convertido en lujosos e inaccesibles, como un poco de licor. Pero, según Jiménez Vargas, el verdadero «acontecimiento del día es que hemos rezado las Preces [una breve oración que rezan las personas de la Obra] bien, aprovechando un momento que pudimos estar solos en el cuarto. Es la primera vez que nos arrodillamos desde que estamos aquí». Dos jornadas más tarde, recibieron una carta de Isidoro —Juan le había escrito antes, el 23— en la que enviaba una felicitación navideña del fundador y les decía que los demás estaban bien.

Del libro "Escondidos", de José Luis González Gullón.

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