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Día 46 - Por la esperanza, contentos

Cada día nos llegan nuevos indicios de que la situación mejora y aunque se intuye el final, quizá ahora notas un poco más las penas y quizá algún miedecillo de estos últimos días. No te preocupes: es el momento de la esperanza, la que nos da Jesús, que es la que hace #crecerxaadentro.

El consejo de hoy es...

Quizá te pase que estés ya un poco más serena o sereno, viendo que las aguas están menos agitadas y parece que vuelve poco a poco la vida normal. Y a la vez, también sería normal que, justo ahora, te puedan asaltar las dudas sobre todo lo que ha pasado o está pasando. Porque ves la preocupación en la cara de tus padres, o porque has salido a la calle y ves que es igual que antes… pero no es lo mismo. Quizá algún familiar o amigo de la familia ha fallecido durante la pandemia y, claro, ahora te asaltan las dudas. Es la hora de fijar la mirada en Jesús. ¿Te acuerdas de cómo recordábamos hace apenas un par de semanas que cargó con su Cruz? Pues lo hizo para redimirnos, para que no nos pesaran más nuestras dudas, nuestros miedos. Subió a la Cruz para que no perdiésemos nunca la verdadera alegría, la de saber que podemos vivir de la esperanza que da la fe en Él, a pesar del dolor, de la incertidumbre, del cansancio y de tantas otras cosas que ahora puedes estar sintiendo. Bien experimentado lo tenía san Josemaría (lo verás en la lectura), que deja este consejo:

Todo un programa, para cursar con aprovechamiento la asignatura del dolor, nos da el Apóstol: "spe gaudentes" —por la esperanza, contentos, "in tribulatione patientes" —sufridos, en la tribulación, "orationi instantes" —en la oración, continuos.

Camino, n. 209


Propósito del cuadragésimo sexto día

A todos nos cuesta sufrir y también saber que vamos a sufrir. A Jesús le costó, y mucho, pero lo aceptó gustoso porque sabía que de su Cruz y su sufrimiento obtendría nuestra redención. Por eso los cristianos vemos en la Cruz el signo de la Esperanza. Porque en Él vemos cumplida la promesa de todas nuestras esperanzas. Ese “todo irá bien” que tanto se repite estos días es cierto sólo porque Jesús nos puede dar esa certeza. Si hay algo que te hace estar un poco desinflada o desinflado, ve a tu oración y díselo claramente a Jesús. Verás cómo, si eres sincero con Él, si aceptas la voluntad del Padre, pronto recuperarás la auténtica alegría. Y esa alegría sabrás llevarla a otros. Tu “todo irá bien” será auténtico, estás contento o contenta, sin falsedad. ¿Qué tal si hoy procuras sonreír con la autenticidad que da saber que tienes la esperanza puesta en Dios? Y verás cómo, a pesar de las penas y las incertidumbres, esa alegría esperanzadora te ayuda también a soñar ya con todas las cosas grandes que podrás hacer dentro de menos de lo que te parece: recibir al Señor en la Eucaristía, confesarte, recuperar a aquel amigo o amiga… ¡Y tan contentos!

Evangelio según san Juan 6, 44-51

Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:


«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Para la lectura

En su confinamiento en la Legación de Honduras durante la Guerra Civil, san Josemaría acostumbraba predicar al pequeño grupo de los que le acompañaban. ¿De qué les hablaba? De muchos temas, pero entre ellos, en el centro de muchas meditaciones estuvo la esperanza.

Con esperanza y sin cruzarse de brazos

En su predicación, el Fundador de la Obra conjugaba así las tres virtudes teologales, que comienzan por la fe: «¿A qué preocuparse, para qué prisas, para qué desazones? Dios está en medio de nosotros, Dios está con nosotros. No estamos solos, hay que repetirlo». Y, a la vez, cedía a la esperanza en el futuro y al amor de Dios: «Jesús, Tú eres mi Padre, mi Hermano, mi Amor y mi Todo. ¿Cómo no voy a tener confianza? ¿Por qué no dar vuelos a la esperanza?»

La referencia al fundamento divino de la Obra era constante: «Pensando en una Obra que Tú has bendecido, ¿cuáles serán para ella las consecuencias de todo esto? Parece que esperaste, Señor, a que el grano muriese en el surco, y cuando empezaba a echar raicillas y a apuntar en la superficie un esbozo de tallo, permitiste que se desencadenase el vendaval. Pero luego vendrá la paz y en ella se desarrollará perfectamente». Por eso, invitaba a rezar con paz: «Estoy plenamente seguro de que Tú, Señor, como en otros tiempos has impulsado otras empresas, quieres ahora esta Obra. Estoy también íntimamente persuadido de que tu voluntad es que te sirva en ella. Cumpliendo esa voluntad, ¿qué me importa todo lo demás?».

Con frecuencia consideró la situación en la que se encontraba la Obra. Sin dejar de poner los pies en la tierra, insistía en que llegarían tiempos de bonanza: «La Obra...; ¿qué es ahora la Obra? Apenas hay nada visible; es verdaderamente el grano de mostaza. Unos pocos hombres, sin prestigio, sin posición económica, sin experiencia, al comienzo de sus vidas casi todos ellos. Pero nosotros sabemos que este grano de mostaza dará lugar en el campo sobrenatural de la Iglesia a un arbusto que cubrirá todo el mundo con su tallo, con sus raíces, con sus ramas, y en el cual buscarán asilo muchas aves viajeras».

También puso en manos de Dios la perseverancia de cada uno de sus miembros: «Señor, Tú sostienes en mí la esperanza. Por Ti creo en el porvenir de esta Obra tuya y, concretamente, espero que darás perseverancia a todos mis hijos, de modo que cuando nos reunamos podamos cantar todos un Te Deum de acción de gracias por esta perseverancia y, quizá, por haber permitido que no solamente perseveren, sino que contagien su ardor a otros».

Ahora bien, esperanza no significaba contentarse con un pacífico “quietismo”, como quien aguarda, sin moverse, hasta que Dios le otorga todo de modo milagroso. Había que pedir, una y otra vez, con empeño: «¿Que el Señor, a primera vista, se nos niega? A insistir. Desde que comenzó este año de revolución, ¡cuántas cosas he pedido y no me han sido concedidas! ¿Me desanimaré por eso? No; seguiré pidiendo, en la seguridad de que si conviene a la gloria de Dios, y por eso lo pido, mi ruego será oído».

Y ponía un ejemplo concreto: «Cuentan de Levante que cuando Paco [Botella] y su primo realizaban una gestión, mientras uno hacía una visita, el otro se quedaba en oración. Ese es el camino. Pero si nuestra oración y nuestra actividad no dan fruto aparente, nada de impacientarnos. A esperar».

En definitiva, buena parte de su predicación estaba orientada a levantar la mirada de sus hijos, de modo que no se quedaran atrapados en la situación del momento: «¿Qué significa este atasco? ¿Un año de inacción? ¿Y qué es un año en la vida de una Obra que ha de durar hasta el fin del mundo? Y, además, ¿no nos resarcirá el Señor, si nuestra buena voluntad persiste, del tiempo perdido? La revolución nos sorprendió absortos en nuestro trabajo, preocupados únicamente por el anhelo de servirle; después, ha habido desorientaciones, pero falta de rectitud, de eso estoy seguro, nunca».

El futuro se abría ante ellos lleno de esperanza: «¿Que sobrevendrán borrascas, quizá tempestades terribles contra la barca de la Obra, contra la de mi alma? Pero ¡qué seguridad con Cristo, qué confianza en su amparo! Y aquí se encienden —y se vierten en Él— nuestros afectos. ¿Cómo han de ser estos afectos? Ayer, hoy, siempre, pase lo que pase, estos afectos no pueden ser sino afectos de confianza».

Del libro “Escondidos” de José Luis González Gullón.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


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