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Día 48 - ¿Quieres amar a la Virgen? Pues...

¡A cuántas personas ha ayudado rezar el Rosario! Y es que es una oración cargada de bendiciones porque está dedicada a la Madre de Dios y Madre nuestra. Pero, con lo simple que es, ¿cómo puede ayudar a #crecerxaadentro?

El consejo de hoy es...

El Papa Francisco nos aconsejaba hace unos días rezar el Rosario en familia durante el mes de mayo, para pedir por el final de la pandemia, por los fallecidos, por los enfermos. Seguramente es una oración que conoces y quizá la has rezado en más de una ocasión. Cada día se rezan cinco “misterios” distintos, que engloban la vida de Jesús. Ahí se suman los padrenuestros, las avemarías, los glorias… y al final una larga retaíla de títulos en honor de la Virgen. Dicho de este modo puede parecer un poco “rollo” y a lo mejor tú misma o tú mismo lo has experimentado así —un poco “rollo”— cuando lo has rezado. ¿Cómo puede ser la oración preferida de la Virgen? ¿Cómo puede haberla recomendado siempre que se ha aparecido, especialmente en Fátima? ¿Por qué esa insistencia en que recemos el Rosario? San Josemaría escribió un librito en el que describe esos “misterios” del Rosario, y en su prólogo dice algo que quizá te ayude a comprenderlo:

—¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! —¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar.

Fragmento del prólogo a Santo Rosario


Propósito del cuadragésimo octavo día

Sin duda, quieres amar a la Virgen: ¡es tan buena y hace tanto por nosotros! Bien pensado, ¿qué mejor oración que el Rosario para expresarle nuestro cariño y nuestra gratitud? Contemplamos junto a Ella los principales momentos del paso por la tierra de su Hijo; alabamos con Ella a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo; le recordamos el episodio de su vida que más le gusta: el descubrimiento de su vocación con el anuncio del Ángel; le pedimos lo que toda Madre desea: que cuide de nosotros que somos sus hijos; la piropeamos con los piropos de la Sagrada Escritura. Como ves, el Rosario puede ser un rollo o no, según el enfoque que se dé: el enfoque marca la diferencia entre rezar bien el Rosario o rezarlo monótonamente. El reto es… no, no se trata de que reces todo el Rosario todos los días de mayo: el reto es que reces lo que quieras del Rosario (todo, tres misterios, uno…), pero que lo reces bien y te ayude a querer más a la Virgen. Es el amor sincero a Jesús y a nuestra Madre lo que hace #crecerxaadentro.

Evangelio según san Juan 6, 60-69

Tú tienes palabras de vida eterna

En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron:


«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».


Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:


«¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen».


Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo:


«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede».


Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce:


«¿También vosotros queréis marcharos?».


Simón Pedro le contestó:


«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Para la lectura

San Josemaría y un grupo de los primeros miembros de la Obra y algunos amigos huían a través de los Pirineos rumbo a la tan ansiada libertad que les ofrecía Andorra. Por fin habían salido del confinamiento provocado por la guerra y la persecución religiosa. Ahora buscaban refugio en la zona nacional. El paso de los Pirineos fueron jornadas duras, de incertidumbre, frío, cansancio y miedo. En medio las montañas catalanas iban sembrando los días y las noches de oración, de rosarios, y de cariño al Señor y a la Virgen, a pesar de las muchas contrariedades. Lo narra Pedro Casciaro en primera persona.

“Recitábamos el Santo Rosario con el corazón”

A continuación vino lo duro: tuvimos que atravesar infinidad de ríos; luego me enteré que era siempre el mismo, el Arabell: lo cruzábamos y lo volvíamos a cruzar; a ratos, caminábamos dentro del agua; otros, cerca de la ribera. Entonces comprobamos que las botas que Juan le había conseguido al Padre eran un auténtico timo. Le habían asegurado que eran impermeables y entraba el agua como si fueran un colador; con el inconveniente, además, de que tardaban mucho en secar. El Padre anduvo por lo menos dos días con los pies totalmente mojados.

Al amanecer del día 1 de diciembre acampamos al fin, totalmente empapados y ateridos de frío. Apenas salió el sol y amenazaba ya una nevada. Pasamos el día entero entre los matorrales y las piedras, completamente mojados, sin podernos mover para no llamar la atención, en un suelo húmedo y resbaladizo. Por la noche oímos batir unos tambores que delataban la proximidad de fuerzas armadas de carabineros o milicianos y nos inquietamos. Pero en aquellos momentos –por lo menos a mí–, me importaba más el frío que el miedo a ser apresado. Era un frío terrible, un frío inmisericorde y cruel, que me calaba hasta los huesos, y me hacía estremecer en medio de aquel agotamiento físico y psíquico que arrastraba desde hacía varios días. Aunque estaba totalmente obnubilado por el cansancio me pregunté que, si yo estaba así, cómo estaría el Padre. Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle.

Al mismo tiempo me irritaban algunas cosas que veía hacer al Padre: por ejemplo, no se protegía del frío, metiéndose periódicos entre la ropa, bajo el jersey, como hacíamos todos; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; apenas dormía cuando descansábamos en aquellos corrales y cuevas; y yo adivinaba que hacía todo aquello para mortificarse y para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me conmovía, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo.

Durante los prolongados ascensos de los montes, cada uno procuraba ir recitando el Santo Rosario, al menos con el corazón; así nos lo había enseñado el Padre. Nuestra respiración jadeante se iba alternando con el rezo de los Padrenuestros, las Avemarías y las Letanías. Llevábamos mentalmente la cuenta de las decenas –las manos no daban abasto para apoyarse en el bastón y agarrarse al terreno–, pero perdíamos fácilmente la cuenta y acabábamos rezando misterios de veinte o treinta Avemarías. Entonces me sucedió un curioso fenómeno, que es un ejemplo palpable del cansancio físico y de la fatiga mental que nos provocaba el hecho de estar constantemente escudriñando el suelo en la más absoluta oscuridad. Durante “una de las últimas tertulias que tuvimos en la cabaña, el Padre nos había cantado, para entretenernos, un ingenuo y candoroso villancico que solían cantar durante las Navidades las buenas religiosas de clausura de Santa Isabel, el Patronato del que el Padre era Rector, y que decía así:

Qué Niño tan bonito

que tiene San José

cada vez que lo miro

me pasa no sé qué...

¡ay, ay, ay!...

¡me pasa no sé qué...!

Sorprendentemente, esta letra ingenua y esta tonada de ritmo infantil, llegaron a formar parte inseparable de mi fatigosa respiración durante horas y horas: «cada vez que lo miro, cada vez que lo miro...». Repetí tanto tiempo esta tonada y se me grabaron estos versos tan profundamente en la memoria, que estoy seguro que me olvidaría antes de mi propio nombre que del villancico de las monjas Agustinas del Patronato de Santa Isabel...

Del libro “Soñad y os quedaréis cortos” de Pedro Casciaro.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


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