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Día 49 - Si ves claro tu camino, síguelo

Hoy, Domingo del Buen Pastor, todos en la Iglesia rezaremos por las vocaciones, para que el Señor nos envíe siempre gente dispuesta a seguirle de cerca. Pero, ¿habías pensando alguna vez que esos hombres y mujeres que Dios quiere “enviarnos”, en realidad, ya pasean por el mundo? Sólo hace falta que se den cuenta lo que el Señor quiere de ellas y ellos. Es uno de los grandes frutos del #crecerxaadentro.

El consejo de hoy es...

“¿De verdad?” Probablemente esta fuera la pregunta que nacería en el corazón de Pedro, Andrés, Mateo, Santiago, Juan… al escuchar la invitación de Jesús de ser sus apóstoles. La Virgen María se turbó al escuchar el sorprendente anuncio del Ángel. Y el mismo asombro lleno de alegría sentirían aquellas mujeres llamadas a acompañar al Señor o los 72 discípulos que Jesús envió por delante de Él para anunciar su llegada a los distintos pueblos por los que iba a pasar. ¿Por qué nadie vaciló en decir sí a Jesús? Tenían todo un futuro por delante y elegir la opción que Jesús les planteaba “de repente” suponía descartar otras opciones que ya tendrían pensadas con tanta ilusión. Además, tampoco sabían qué les depararía ese nuevo futuro con el Señor: ¿por qué los planes de Jesús tendrían que ser mejores que los propios? Y, sin embargo, no vacilaron en seguir a Jesús. ¿Por qué? Simplemente porque era Jesús quien se lo proponía. “Eso” es de lo que estaban seguros. “Eso” era lo que les hacía superar las dudas, los miedos, las vacilaciones, las excusas… Confiaban en Jesús porque sabían que nadie les amaba más que Él. Si has pasado por ahí, entonces este consejo de san Josemaría seguro te dará qué pensar:

Si ves claramente tu camino, síguelo. —¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?

Camino, n. 903


Propósito del cuadragésimo noveno día

Los Apóstoles, los Discípulos y las mujeres que siguieron a Jesús: ¿vieron claramente su camino? No… y sí. No, porque suponía embarcarse en una aventura totalmente nueva y desconocida. Sí, porque era el camino al que Jesús les invitaba. Veían el camino, desconocían el recorrido. Quizá tú también veas tu camino, pero como desconoces el recorrido, vacilas y dudas. Es la hora de decir sí. Es la hora de desechar las dudas, las excusas, el querer saber todos los detalles y, sobre todo, la seguridad de saber si seré capaz de recorrerlo, ese “pero ¿y si no es para mí?”. Mira, es la hora de confiar en que Jesús es quien más te ama y nadie como Él te quiere tan feliz. Es la hora de sentir el orgullo de que Jesús quiere contar contigo para “eso” que intuyes. Es la hora de dejar que entre la alegría de la llamada de Dios. Es la hora de… hacer un gran propósito: Hoy es el Domingo del Buen Pastor, el día que la Iglesia Universal nos pide que recemos por las vocaciones. Desde luego que hoy rezaremos todos juntos al Señor para que muchos se decidan a seguirle por el camino que Él quiere. Por eso, el reto de hoy es que acudas a tu oración y, si eres de esas o esos que todavía no ven claro su camino, pues, ¡pídele que te lo aclare! Luego: sigue ese camino. No harás mejor decisión en toda tu vida que tomar la decisión de seguir los planes de Dios.

Evangelio según san Jn 10, 1-10

El que entra por la puerta es pastor de las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Para la lectura

La beata Guadalupe Ortiz de Landázuri conoció el Opus Dei “de rebote”, gracias a un encuentro casual después de asistir a Misa un domingo cualquiera. Así descubrió su vocación. Pero, en realidad, algo iba forjando el Señor en su alma desde años antes, incluso con duras pruebas durante la Guerra Civil. Todo ello dio su fruto el día que el Dios quiso.

“Eso era lo que yo buscaba”

Un domingo, Guadalupe fue a oír Misa en la parroquia de la Concepción. Iba deprisa porque llegaba tarde. Efectivamente, cuando entró en el templo, el sacerdote leía ya el Evangelio. Para no llamar la atención se quedó detrás. No conocía al celebrante y le pareció muy anciano y que rezaba lentamente. Entonces no solía hacerse homilía pero, tras el Evangelio, se daban avisos o se hacían comentarios relacionados con la vida parroquial. Aquel día eran muchas las recomendaciones del sacerdote, de forma que a Guadalupe le parecieron largas y pesadas.

Sin embargo, en esta Misa le ocurrió algo que dejaría huella en su vida. A pesar de su distracción, se sintió tocada –así decía después–, sin saber por qué. Quizá era la primera vez que le parecía sentir tan viva la cercanía de Dios.

Terminó la Misa y tomó el tranvía que descendía por la calle Goya para regresar a su casa. En cuanto subió a la plataforma se encontró con Jesús Serrano de Pablo y, justificada por la íntima amistad que tenían, le confió que necesitaba hablar con un sacerdote, aunque no sabía bien por qué. Jesús le facilitó el teléfono de don Josemaría Escrivá de Balaguer era un joven sacerdote aún, de cuarenta y dos años, más bien grueso, con una sonrisa abierta que denotaba profunda alegría y una extraordinaria viveza de palabra y de movimiento que no ocultaba, sin embargo, su recogimiento interior. Guadalupe se sintió impresionada y atraída de modo que enseguida se abrió en confidencia: ¿Qué tengo que hacer con mi vida?

Guadalupe siempre recordaría aquella conversación como esclarecedora, el encuentro con lo que andaba buscando. Supo que aquél iba a ser para ella el padre que había perdido unos pocos años antes porque –así lo repitió en muchas ocasiones–, en aquel momento, vio claramente su camino. El sacerdote, sin embargo, le dejó abierto el horizonte de su libertad. Era ella la que debía tomar la decisión sin más motivo que el amor a Dios y sin más fuerza que su gracia. Al terminar, don Josemaría la invitó a asistir a un Curso de retiro que iba a comenzar unos días después.

Pasados muchos años, cuando Guadalupe acababa de recibir la noticia del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer, y estaba ingresada en la Clínica Universitaria de Navarra, pasando también los últimos días de su vida, rememoró el primer encuentro con el Fundador, al que, como todos los fieles del Opus Dei, siempre llamó familiarmente Padre:

Recuerdo cuando conocí al Padre. Una tarde de fines de enero del invierno madrileño de 1944. Yo acababa de terminar la carrera de Ciencias Químicas y estrenaba mi primer trabajo (...). Por medio de un compañero con quien me unía amistad y confianza, Jesús Serrano de Pablos, a quien hablé de mi deseo de tener un director espiritual, me puse en contacto por teléfono y acudí a la dirección que me dieron para conocer a don Josemaría Escrivá de Balaguer, de quien yo no sabía, hasta ese momento, absolutamente nada, ni tampoco, naturalmente, de la existencia del Opus Dei. La entrevista fue decisiva en mi vida. En un hotelito de la Colonia del Viso, entonces casi en las afueras de Madrid, en una salita alegre tapizada de rosa viejo, se destacó la figura del Padre. Nos sentamos y me preguntó: ¿Qué quieres de mí? Yo contesté, sin saber por qué: Creo que tengo vocación. El Padre me miraba: Eso yo no te lo puedo decir. Si quieres puedo ser tu director espiritual, confesarte, conocerte...

Eso era exactamente lo que yo buscaba y tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través de aquel sacerdote (...). Sentí una fe grande, fuerte reflejo de la suya... y me puse interiormente en sus manos para toda mi vida.

Del libro “Guadalupe Ortiz de Landazuri” de Mercedes Eguíbar

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


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