• Crecer para adentro

Día 50 - María está junto a ti

Parece que se avecina el famoso desconfinamiento, la desescalada que todos estábamos soñando y rogando al Señor. Bien, pues en esta recta final (esperemos que lo sea) todavía podemos #crecerxaadentro.

El consejo de hoy es...

Casi dos meses de #crecerxaadentro y parece que por fin se avecina el final. Gran oportunidad para no dejar de seguir queriendo querer más al Señor. ¿Cómo? Pues como lo han hecho siempre los cristianos en este mes tan especial: procurando querer más a su Madre, que es nuestra Madre. Quizá no hemos acabado de darnos cuenta, pero en todos estos días siempre hemos estado muy acompañados de la Virgen. ¿Cómo no iba a ser así si lleva haciéndolo más de 2000 años? Si todavía te cuesta un poquillo aguantar hasta el final este confinamiento, si el haber pisado el asfalto te ha dado todavía más ganas de que todo esto se acabe, si ahora te sale menos que antes pensar en los enfermos y fallecidos, si en el fondo sientes que te quedas sola o solo en tu lucha por #crecerxaadentro… entonces, acuérdate de esta gran verdad que te explica san Josemaría:

No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero... ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti.

Camino, n. 900


Propósito del quincuagésimo día

¡Cómo les gusta a las madres que sus hijos mayores vayan a visitarlas! Lo hemos visto muy claramente estos días, en que tantas abuelas y abuelos añoraban poder estar un ratito con la familia (y todavía lo hacen…). Pues mucho más añora la Virgen que vayamos a visitarla en cuanto nos sea posible. Es que eso es ser una buena Madre: vivir para sus hijas e hijos. Cuántas veces nos habrá tratado con especial cariño en estos días, ganándonos quizá una gracia especial que nos ayudó a crecer en el amor a su Hijo, que aumentó nuestras ganas de querer recibirle pronto en la Eucaristía, de poder confesarnos y recomenzar de nuevo. Son todo motivos de acción de gracias y que, además, ya puedes cumplir un poco. ¿Cómo? Yendo a agradecerle personalmente a la Virgen que no te haya abandonado todos estos días. Es verdad que la mayoría de las iglesias y santuarios siguen cerrados, pero ahora que ya podemos salir un poco a la calle, ¿qué tal si lo primero que hacemos es ir a visitar una imagen de la Virgen en nuestra ciudad o pueblo? Incluso mejor: puedes hacer hasta una romería. Así han obrado siempre los santos (en la lectura podrás ver el ejemplo de san Josemaría). Ellos sabían que estas cosas enamoran a nuestra Madre la Virgen. Si lo haces, verás qué ganas de seguir creciendo en amor a Dios y a su Hija, Madre y Esposa.

Evangelio según san Jn 10, 1-10

Yo soy la puerta de las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Para la lectura

Nada más alcanzar la libertad tras cruzar los Pirineos san Josemaría hizo el propósito de que todos juntos fuesen al Santuario de Lourdes, en Francia, para agradecer a la Madre de Dios el haber sobrevivido sin mayores percances, aunque con muchas penurias. El viaje a Lourdes suponía un desvío no pequeño, pero el amor y el agradecimiento a la Virgen era mucho mayor.

Lo primero visitar a la Virgen

El viernes 10 de diciembre salieron en autobús hacia Francia. Fue un viaje muy accidentado a causa de la nieve. En Encamp tuvieron que bajar del vehículo y atravesar el pueblo a pie, a una altitud de mil doscientos sesenta y seis metros, con una temperatura que no llegaba a los cuatro grados. Llegaron hasta Soldeu en autobús. Allí ya la nevada era tan alta que el vehículo no pudo avanzar más. Les quedaban trece kilómetros hasta la frontera. Comenzaron a caminar, tiritando de frío, por una senda cubierta de nieve, hundiéndose hasta las rodillas en cada paso. Subieron el puerto de montaña de Envalira (dos mil cuatrocientos nueve metros) el más alto con carretera de los Pirineos, hasta que lograron llegar, hacinados en otro autobús, hasta la frontera franco-andorrana. Tras pasar una noche en Sant Gaudens, Escrivá quiso peregrinar a Lourdes antes de dirigirse de nuevo a España, y el 11 de diciembre celebró en la Basílica una Misa de acción de gracias por haber llegado sanos y salvos. Le ayudaba Pedro Casciaro. Supongo que ofrecerás la Misa –le dijo– por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana. Me quedé profundamente sorprendido –relata Casciaro–: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono: –Lo haré, Padre. Entonces, en voz baja, añadió: –Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá. El relato de Pedro Casciaro –que, como tantos españoles, tenía familiares implicados en los dos bandos–, pone de manifiesto la actitud de Escrivá. Eran tiempos de guerra –escribe– y los ánimos estaban muy exaltados; las opiniones, sobre todo en el terreno político, se defendían con ardor y pasión. Los que se habían escapado de la «otra zona» caían con frecuencia en un revanchismo exacerbado, explicable por las víctimas que habían tenido en su familia o por las penalidades que habían sufrido. Sin embargo, jamás, en medio de este ambiente, no vi ni oí en el Padre expresión alguna que no fuera serena, prudente y caritativa con todos. Y de los que entonces estuvimos más cerca de él, quizá pocos podrían estar tan sensibilizados como yo, a causa de mi compleja situación familiar. Un comentario hiriente, un gesto de desprecio, una alusión... yo lo hubiese detectado enseguida; pero nunca lo dijo. El Padre nunca hablaba de política: quería y rezaba por la paz y por la libertad de las conciencias; deseaba, con su corazón grande y abierto a todos, que todos volvieran y se acercaran a Dios. Y sufría cuando escuchaba una valoración exclusivamente política de aquellos sucesos, olvidando la cruenta persecución religiosa y los numerosos sacrilegios que se estaban cometiendo. Eso explica que apenas llegamos a Fuenterrabía el Padre me pidiese que dejara una relación escrita en la Oficina de Información, haciendo constar los esfuerzos que había hecho mi padre, a veces con éxito, para salvar muchas vidas y evitar sacrilegios. Valiéndose de su cargo de Director provincial de Monumentos Históricos y Artísticos, mi padre había logrado esconder en unos almacenes en Albacete y en un sótano del pueblo de Fuensanta, ignorados por las masas, muchos vasos sagrados, custodias, imágenes religiosas, etc. Es justome dijo el Padreque el día de mañana se sepa el bien que ha hecho tanta gente buena, independientemente de las opiniones políticas que hayan podido tener. Estas palabras ponen de manifiesto su grandeza de alma. Nunca formuló una acusación para nadie: cuando no podía alabar, callaba. Jamás tuvo una expresión de rencor. Y en aquella época no era tarea fácil unir el amor a la justicia con la caridad; pero el Padre supo hacerlo admirablemente. Otro rasgo característico de aquel momento histórico es que mucha gente hablaba de sí misma en un tono heroico y grandilocuente: se puso tan de moda el contarse unos a otros sus penalidades pasadas, que llegó a acuñarse esta frase: no me cuente usted su caso, por favor. Por contraste, el Padre, que tenía tantas penalidades que relatar, no lo hizo nunca. Tampoco buscó un acomodo oficial. Hizo lo de siempre: trabajar, callar, rezar, y procurar pasar inadvertido. Nos recomendó, en medio de aquel clima exaltado, que nunca tuviéramos odio en el corazón y que perdonáramos siempre. Hay que situarse en aquellos momentos para entender lo que significaban estas palabras en toda su radicalidad.

Del libro “Cara y Cruz” de José Miguel Cejas

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Apúntate para que te mantengamos al día

© 2020 por Crecer para adentro