• Crecer para adentro

Os podré ayudar más desde el Cielo

Actualizado: may 5

“Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma”. Así reza la conocida y vieja canción. Pero lo cierto es que hay amigos que, cuando se van, hacen nacer muchas cosas en el alma: las ganas de dar fruto y llegar a verles otra vez en el Cielo. ¡Han sido tantos días procurando #crecerxaadentro juntos y de la mano de san Josemaría...! Pero toca empezar a #crecerxaafuera. Por eso, este es el último post (de momento).

El consejo de hoy es...

Después de la Resurrección del Señor, los apóstoles permanecieron en Jerusalén durante unos 40 días. En ese tiempo, Jesús se les apareció en muchas ocasiones, hasta que un día… se despidió de ellos y subió al Cielo. ¿Cómo deberían sentirse los apóstoles? ¿Abandonados? ¿Agobiados? ¿Tristes? Y, sin embargo, dice la Escritura, que se vuelven felices, llenos de alegría. ¿Por qué? Porque saben que ahora Jesús Resucitado se ha ido, pero se ha quedado: no está físicamente con ellos, comiendo o caminando, pero ahora tiene el poder de estar siempre -aunque no lo veamos- junto a cada uno de nosotros, estemos donde estemos. Hasta hace unos días -al menos en España- estabas en casa; ahora ya comienzas a poder salir y, esperemos, a volver poco a poco a la normalidad. Jesús ha estado contigo en casa y va a seguir estando contigo fuera de casa. Los consejos de san Josemaría esperamos que te hayan ayudado a #crecerxaadentro cuando has estado en casa. Ahora que ya sales de casa ¿qué te aconsejaría san Josemaría?

"Os podré ayudar más desde el Cielo. Vosotros lo sabréis hacer mejor que yo: yo no soy necesario".

Palabras que san Josemaría repetía en los últimos años de su vida


Propósito del último día

Desde el 26 de junio de 1975 san Josemaría está en el Cielo y desde allí puede seguir ayudándote a #crecerxaadentro en tu desescalada hacia la vida normal. San Juan Pablo II dijo de él que es “El santo de lo ordinario” porque el Señor pensó en san Josemaría para recordar a todos -chicos y chicas, niños, jóvenes y mayores, casados y solteros, de todos los continentes y de todas las lenguas…- que a Dios lo encontramos en nuestra vida normal, cada día siempre junto a nosotros. Si en estos 50 días de confinamiento te han ayudado los consejos de san Josemaría escritos en esta página web, ¿imaginas lo que te podrán ayudar sus palabras y su intercesión ahora que vuelves a la normalidad? El reto de hoy es que no llores porque desde www.creceradentro.org nos despedimos (por lo menos hasta nuevo aviso de confinamiento o similares…), sino que te llenes de alegría por lo que Jesús ha ido haciendo en tu vida en estos días. Hoy rezamos para que tu #crecerxaadentro dé mucho fruto hacia afuera: frutos de mayor amistad con Jesucristo -¡Dios te quiere santa, santo!- y de servicio a los demás -¡que pases por esta vida haciendo el bien!-. ¿Cómo, dónde? Eso te toca a ti descubrirlo: eso es la vocación, eso es la mayor felicidad: atrévete a decirle que sí.


Y para que no nos sintamos muy solos, aquí va este último vídeo sobre la Virgen con palabras de san Josemaría



Evangelio según san Juan 10, 22-30

Yo y el Padre somos uno

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:

«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

Jesús les respondió:

«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Para la lectura

Así pasó san Josemaría su último día en la tierra. O, dicho de otra manera, este fue su primer día en el Cielo.

El último día en la tierra

El 26 junio de 1975, se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei en Castelgandolfo, cerca de Roma. Seguía mal de salud, porque además de las pérdidas de visión, la medicación le había hecho adelgazar hasta el punto de que las piezas de la dentadura no le encajaban bien y le provocaban llagas.

«Como no podía ver dónde estaban las llagas por la afección de sus ojos –recuerda Echevarría– me rogó que le pusiera un poco de pomada en las encías, para poder hablar durante el tiempo que iba a estar en Castelgandolfo. Aprecié que la úlcera en la encía inferior era muy grande. No dio más categoría a ese achaque, que, según los médicos estomatólogos, suele ser muy doloroso. Ninguna persona lo advirtió».

Escrivá no exteriorizó sus molestias, como de costumbre, y antes de salir pidió a una persona que iba a visitar al Papa que le transmitiera este mensaje: «Todos los días, desde hace años ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Me habéis oído decir muchas veces, que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea».

«Era un día bastante caluroso –me contaba en Tokio una mujer japonesa, Mieko Kimura, que estaba en Roma aquel 26 de junio de 1975–. Yo me encontraba con otras mujeres jóvenes del Opus Dei en Villa delle Rose, en Castelgandolfo. El Padre vino a eso de las diez y media de la mañana, y le saludamos animadamente. –¡Qué buena voz tenéis!» –nos dijo, divertido; y nos comentó que tenía muchas ganas de vernos y estar con nosotras antes de salir de viaje. –Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma –añadió– para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: solo para vosotras. Empezaron a preguntarle sobre diversos temas. Yo deseaba pedirle que rezara de modo especial por mi madre, para que se acercara a la fe».

Del Portillo, que le acompañaba, recordaba que a continuación comenzó a decirles que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y les estuvo hablando del amor al Papa y a la Iglesia. «Vosotras –les comentó–, por ser cristianas, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz».

Le contaron algunas anécdotas del trabajo apostólico y les hizo ver la necesidad de aprovechar las circunstancias de la vida corriente «para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre».

Le hablaron de los frutos de una catequesis en un país de América del Sur y precisó: «Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así».

«Llevábamos unos veinte minutos de conversación –me contaba Mieko–, y al ver que estábamos tres japonesas, nos comentó: –Ya sabéis que ahora, en estos momentos, están preparando un colegio en Nagasaki. Hay que rezar para que las dificultades que haya desaparezcan y puedan cuanto antes empezar a trabajar allí. Al escuchar aquello, le dije: –Padre, mi madre... De repente, se sintió mal, se le mudó el semblante y no pudo continuar hablando. Don Álvaro nos pidió que les dejásemos solos durante unos momentos hasta que se repusiera. Estuvimos esperando un rato, pensando que sería algo pasajero, pero al cabo del tiempo nos dijeron que, en vista de la situación, el Padre había regresado a Roma. A las tres de la tarde, después de la comida, nos pidieron que fuéramos al oratorio. Cuando estábamos allí, vino Chus, la directora, y nos dijo: –El Padre está en el Cielo. Me emocioné y lloré. Luego supimos que había fallecido poco después de estar con nosotras, a causa de un ataque al corazón repentino que le había sobrevenido cuando entraba en su habitación de trabajo, tras mirar la imagen de la Virgen de Guadalupe que había en su cuarto».

Del libro “Cara y Cruz” de José Miguel Cejas


*La madre de Mieko abrazó la fe al cabo de un tiempo, gracias al ejemplo de su hija y, ella está convencida de esto, gracias también a la intercesión de san Josemaría desde el Cielo.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


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