• Crecer para adentro

Para rezar el Día 1

Aprovecha ahora que tienes tiempo para cuidar bien tu oración, esos ratos a solas con Jesús, y cuéntale qué tal te ha ido este primer día en casa: tu estudio, tus ratos en familia, las cosas que te están ayudando a #crecerxaadentro.

En la Legación de Honduras

Seguramente hoy harás tu oración en casa. Bien, pues recuerda aquel consejo de Jesús: «cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará» (Mt 6,6).


Para ayudarte a rezar hoy te hemos preparado el Evangelio de la Misa de hoy (lunes de la tercera semana de Cuaresma), el audio "Hogar, dulce hogar" de 10 minutos con Jesús y un texto, de la biografía de san Josemaría, que narra el inicio de su estancia en la Legación de Honduras.

Evangelio según san Lucas 4, 24-30

Jesús, al igual que Elías y Eliseo, no fue enviado sólo a los judíos

«En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.


Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó».


Escucha aquí el audio de "10 minutos con Jesús"

Hogar, dulce hogar


Para hacer la lectura te ofrecemos un extracto de la biografía "El Fundador del Opus Dei"

Escondidos y encerrados en la Legación de Honduras

San Josemaría tuvo que pasar varios meses escondido en la Legación de Honduras en 1937. También él empezó esa etapa con pocas ganas, porque esperaba que todo se resolvería lo antes posible. Pero el ritmo de la vida le fue mostrando que el Señor le pedía más paciencia, precisamente, para #crecerxaadentro. Sobre su desilusión inicial decía que aquello era como "el cuento de la buena pipa".


* * *


Al llegar don Josemaría al Consulado, él y sus acompañantes hicieron vida nómada por una larga temporada, en transhumancia diurna por vestíbulos y pasillos. Y, a la hora de acostarse, acampaban en la sala. Bajo la mesa, que de día era la del comedor, juntaban los colchones y sembraban los alrededores de objetos dispares. ¡Si contemplarais, cada noche, la faena, para convertir el comedor en cama redonda o poco menos!


Aquel salón desmantelado se veía sembrado de tazas, mantas, libros y servilletas; maletas, cuadros, jarras, trapos de limpieza y objetos de aseo. ¿Las sillas? Proceden de diversas familias; las hay hasta de cocina: pero, por la noche, las sacamos al cuarto de baño. ¿El cuarto de baño?...


Alrededor de una treintena de personas utilizaban ese cuarto de baño que, por ser el único de que disponían los asilados en ese piso, tenía el uso matutino rigurosamente reglamentado.

Al Padre, Santiago y José María González Barredo acompañaban Álvaro del Portillo, llegado la víspera, y Eduardo Alastrué, que se incorporó al día siguiente. Eduardo, que también formaba parte de la familia dispersa, había estado encarcelado en una checa de la calle Fomento en el mes de noviembre y, cuando iban a matarle, le dejaron en libertad, inexplicablemente.

Hasta mediados de mayo no dispusieron de habitación propia. Se les destinó un cuarto al final del corredor, junto a la puerta de la escalera de servicio. Probablemente sirvió en otros tiempos de carbonera. Era angosto y con suelo de baldosas, que desaparecía por la noche al desplegar mantas y colchonetas. De día, convenientemente arrolladas y arrimadas a la pared, las colchonetas servían de asiento. Una estrecha ventana daba a un patio interior, tan sombrío que durante la jornada era menester dejar encendida la bombilla, que colgaba del techo, débil, desnuda y solitaria. En este triste y reducido cuchitril organizó el Padre la vida de los suyos. La descripción que hace del cuarto, para divertimiento de los valencianos, está tocada de humor; pero es exacta y realista:


No se pueden extender los cinco colchones de nuestra propiedad. Con cuatro, queda el pavimento del todo alfombrado. ¿Que os describa el hogar? Cuando está el campamento levantado, en un rincón hay, doblados con las mantas y almohadas dentro, dos colchones, uno sobre otro. Un poquito de espacio. Los dos colchones de José B. y de Álvaro, puestos de la misma manera, y, sobre ellos, muy arrolladita, con un fúnebre paño negro para envolver, una colchoneta de Eduardo. Tocando, el radiador —cinco elementos tísicos—, que sostiene una tabla de cajón: mesa, para las vituallas y para seis tazones, someramente limpios, que lo mismo sirven para un cosido que para un barrido. Una ventana, que da al patio oscuro —oscurísimo—. Debajo de la ventana, un cajón pequeño de embalar, con unos libros y una botella para los banquetes. Encima del cajón, dos pequeñas maletas (sobre una de ellas, que tengo en las rodillas, escribo; después de escribir en cien mil posturas... plenas de gravedad... para los músculos, y completamente ridículas e inestables). Pegadas al cajón, otras dos maletillas, que rozan la pared en ángulo, y sostienen un maletín y una caja de hoja de lata, donde guardamos los chismes de aseo de todos. Pegando a las maletas, la puerta. Aunque estemos en la puerta, no os echo del cuarto (podríais entrar como quisierais: la puerta no se cierra: está estropeada). Falta que admiréis la cuerda, que corta un ángulo de la habitación, y sirve para dejar colgadas cinco toallas; y la hermosa pantalla de legítimo papel de periódico, que este abuelo ha puesto a la bombilla monda y lironda que pende del sucio flexible, en un momento de buen humor. Bueno: y no se os ocurra tocar la llave de la luz, porque luego es un lío para encender: está rota. ¿Más?


Distribuidas por cuartos, a lo largo de aquel pasillo, se alojaban más de treinta personas. (El número de acogidos en el anexo del piso de arriba era de otros sesenta más). Con tan densa población, la convivencia, en la arrastrada monotonía de las horas, se hacía dificultosa. La vida del refugiado carecía de alicientes si no era la esperanza de algo que no terminaba de llegar: la evacuación o el fin de la guerra. En consecuencia, el desaliento iba destemplando los nervios del asilado, hasta sumirle en una profunda apatía. En aquella atmósfera faltaba incluso el vigor necesario para matar el tiempo, que transcurría con inexorable lentitud, dejando en los espíritus la huella duradera del tedio y del vacío. Y si acaso un recuerdo o una palabra despertaban momentáneamente chispazos de interés, encendiendo un destello de odio o de rebelión, pronto se extinguían.


Las relaciones sociales en aquella forzosa convivencia tampoco eran gratas ni tranquilas. Las desavenencias se producían de continuo, como también la explosión en lamentos o las recriminaciones. Carentes de una disciplina de trabajo, todo se les iba —como a un animal enjaulado— en dar vueltas en la cabeza a sus preocupaciones, que siempre eran muchas, hasta el punto de que algunos terminaban desquiciados. Sus conciencias se movían entre niebla. Al final, casi todos quedaban bajo el dominio de una doble obsesión: la del hambre y la del miedo.

En un primer momento, el amparo de una sede diplomática significaba haber superado el riesgo de detención o el peligro de muerte. Pero luego, paulatinamente, sobrevenía un asustadizo pensamiento de inseguridad, que atenazaba la imaginación. En el caso de Honduras, no podían olvidar del todo los asilados que no se hallaban bajo el amparo seguro de un pabellón de misión diplomática sino en un Consulado General, por lo que los rumores sobre un posible asalto, y la insuficiente garantía del asilo, les agrandaban el miedo. Sobre todo cuando llegó la noticia del allanamiento del consulado del Perú. El hecho tuvo lugar en la noche del 5 al 6 de mayo de 1937, en que las autoridades de Madrid enviaron fuerzas armadas a los locales del Consulado y se llevaron detenidos a todos los refugiados, en total 300 españoles y 60 peruanos.

Este suceso provocó una crisis de pánico colectivo en un grupo de asilados. Imaginaban en peligro su seguridad si don Josemaría, que decía Misa casi todas las mañanas en el vestíbulo de entrada, era denunciado por alguien y se presentaba la policía. Tampoco el Cónsul, por lo que nos refiere su hija, se consideraba a salvo: «la gente tenía miedo y le parecía que podían quedar comprometidos, por lo que —desde que mi padre le dijo que era peligroso celebrar la Santa Misa— siempre la celebraba en la habitación que ellos ocupaban».


Por la mañana temprano, cuando todavía no se habían levantado los demás refugiados, el Padre daba la meditación a los suyos. «Sus palabras —recuerda uno de los oyentes—, unas veces serenas, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían posarse en nuestra alma». Comentaba el Evangelio, les hablaba de la persona y vida de Cristo, y se preparaban todos para asistir a misa.


Luego, el sacerdote colgaba de la pared un Crucifijo y extendía los corporales sobre una maleta. Una vez terminada la misa, las Sagradas Formas no consumidas se conservaban en una cartera, que cada día guardaba uno, por turno, para dar de comulgar a otras personas, o entregárselas a Isidoro para que repartiese la Comunión a los miembros de la Obra que estaban fuera del Consulado. En la pobreza de aquel cuartucho se celebraba misa con sabor de catacumba. Al relatarlo a los de Valencia, con sencilla y festiva naturalidad, añade el Padre los ingredientes necesarios para salvar la censura:


Pues, Señor, que D. Manuel me invita a almorzar con la familia. Y vamos. ¿Cómo no, con el hambre que hace? Y resulta que, con estos problemas de evacuación en Madrid, no hay nada de lo que, en otros tiempos se creía necesario. Hoy —por hoy, deduciréis lo de los demás días— no habiendo mesa, se improvisó con un cajón de tablas que debió contener naranjas. Sobre él, una, dos y tres maletas. Después una servilleta, no muy limpia —¡Don Manuel!— y dos más pequeñas de las corrientes. Se empeñó —nos empeñamos— en que presidiera el banquete un retrato del anfitrión, colocado en la pared pulcramente clavado con una aguja. Más tarde, el acabose: a pesar de la escasez, nos ha sobrado pan para unos días. Y estos criotes me han salido como si hubieran pasado por el patio de Monipodio: me han robado la cartera —¡asómbrate!—, aquella carterita africana que me trajo Isidoro, y, para no reñir entre ellos, la guarda cada día uno, con riguroso turno. Y yo me aguanto, igual que si estuviera en la dulce higuera.


En el vestíbulo tuvieron por un tiempo reservado el Santísimo (el Amigo), en un mueble cerrado con llave (el cajón del Pan). A finales de abril, don Josemaría, que se encontraba baldado a causa del reuma y no podía ir a hacer las visitas acostumbradas al Señor, se servía de dos niños pequeños para enviar recados al Amigo.


Volvían los niños a dar cuenta de su recado al Señor. ¿Y qué le has dicho? —preguntaba don Josemaría a uno de ellos, que era andaluz. — Que le dé a uzté laz trez cozaz, y laz otraz maz, que le hacen farta, contestaba el pequeño.


El modo de saludar estos niños al Amigo conmovió al sacerdote: Yo no sé quién les ha enseñado la martingala pero, debilidad senil o lo que sea, me entusiasmo cuando veo a esta pareja de chiquitines —¡bien saben que sin comer no hay quién viva!— acercarse al cajón del Pan... ¡y meter un beso, muy apretado y ruidoso, por la cerradura!


Otra medida, surgida de la prudente cautela del Cónsul, fue que éste redujo considerablemente las visitas que Isidoro solía hacer al Consulado. El edificio estaba protegido y controlado por guardias que, en la calle, exigían los documentos de identificación a quienes entraban o salían; pero esto no suponía riesgo para Isidoro, por su nacionalidad argentina. En cuanto a la prohibición del Cónsul, la eludía fácilmente subiendo, no por la escalera principal sino por la de servicio. Llamaba suavemente a la puerta al final del corredor, se le abría, y nadie se enteraba de su visita. En otras ocasiones eran los hermanos de Álvaro —Teresa y Carlos, niños de nueve y once años— los que sacaban sin peligro cartas o papeles que luego llevaban a Isidoro.

Al desasosiego producido por el temor al asalto o a una denuncia se juntaba el azote del hambre. Los víveres eran escasos y el abastecimiento difícil en una ciudad cercada por las tropas nacionales. En la mayoría de los asilos diplomáticos el hambre se hizo sentir con rigor al implantarse entre la población civil el sistema de racionamiento por cartillas, de las que carecían los refugiados, aunque tenían organizadas sus propias fuentes de abastecimiento. El hambre acosaba traidora y calladamente, ofuscando la razón. Con frecuencia el tema de la comida se deslizaba en la conversación de los asilados con obsesiva nostalgia, en forma de recuerdos y anécdotas gastronómicas.


Si se rebusca entre la abundante y larga correspondencia de esos meses de encierro, en que don Josemaría raramente pasaba un día sin escribir, se advierte que el tema del hambre y de la comida lo menciona muy excepcionalmente y, si lo hace, es siempre con una gota de humor.

¿En qué consistía su comida? Escribiendo a los de Valencia, les da noticias suyas y de su hermano:


El peque Santiaguito se ha quedado en los huesos: los míos, aunque otra cosa os digan por ahí, todavía tienen demasiada carne, a pesar de no comer más que dos cazos de arroz al mediodía (estamos de arrós, hasta aquí: lo alto de la coronilla, si se me permite el término, retrógrado, oscurantista y clerical) y, por la noche, otros dos cacitos de sopas de ajo. No hay mal que cien años dure. Paco: ¿no es verdad que estoy desconocido, hablando hasta de comida?.

Y más adelante: Ya nos varían de cuando en cuando el menú. ¡El abuelo, hablando de re culinaria!, como diría un clásico. Pues, sí: el hambre, dije mal, el apetito hace milagros. Ayer, al mediodía, nos dieron arroz con habas: con unas habas de edad respetable, a las que no quisieron quitar sus consistentes calzones... Y, por la noche, cebolla cruda con pedazos de naranja (nos pareció estupenda, pero revolucionaria: ¡qué modo de apresurarse, al día siguiente!), y, en aquellos tazones que ya conocéis, una buena cantidad de un líquido muy líquido, con lejano sabor a canela que se agarraba a la garganta. Nos aseguraron que era chocolate. ¡Se hacen ahora tantos descubrimientos!


El tono festivo en que se dirige a sus hijos valencianos, a fin de entretenerlos y disipar sus preocupaciones, adquiere duros contrastes con el de las cartas a los de Madrid. Éstos estaban perfectamente enterados del hambre que sufrían en el Consulado, donde hasta las migajas de pan recogían.


Alguna petición hizo, sin duda, Isidoro a los del “Levante feliz”, como llamaban entonces a las provincias valencianas, alejadas del frente de guerra y con abundancia de víveres, gracias a su fertilidad: ¡Ah!: si mandan algo de Valencia —decía el Padre a Isidoro—, no me olvidéis que aquí tengo cuatro de los nuestros con hambre. A mí, me sobra lo que dan. Pero ellos y Santiago necesitan más [...]. ¡Cómo me molesta, aun hablar, cuánto más escribir, de este asunto de manducatoria!


A los dos días, y para que no interpreten su anterior petición como apremiante grito de famélicos, puntualiza: ¿Pan? Nos sobra [...]. ¡Ah! Y mucho ojo con enviar nada que vosotros no tengáis. Quiero, exijo, que en primer término os preocupéis de vosotros mismos. Creo que está claro, ¿eh?


De la angustiosa escasez de comestibles da también idea el alborozo con que saluda la llegada de un refuerzo de provisiones, el 5 de mayo: Hoy nos han traído queso y huevos, de parte de mi sobrino Isidoro. Hace unos meses que no habíamos, ni visto, ni olido semejantes manjares.

Ante todo, aquel sacerdote se preocupaba de distribuir entre unos y otros los alimentos que conseguían. No se guiaba por el dicho popular: “quien parte y bien reparte se lleva la mejor parte”. Al revés, se las arreglaba para dar la impresión de que comía igual que los demás. En realidad, y sin que nadie lo notase, se llevaba la peor parte. Es decir, se aprovechaba de la escasez para apretarse aún más el cinturón. Pero algunos de sus ayunos no lograban pasar inadvertidos. A este propósito cuenta su hermano Santiago que todos los refugiados esperaban la noche del domingo como niños con la ilusión de una golosina. La cena de los domingos era de migas con chocolate; pero «los domingos Josemaría no cenaba nunca». Y, para prevenirse contra los placeres del gusto, continuó en el Consulado con su vieja costumbre de paladear acíbar. El producto era de libre venta y no quería privarse de él. Las circunstancias de la guerra y de las privaciones por las que tenían que pasar no las consideraba el sacerdote como suficientes para eximirle de vivir hasta en los más mínimos detalles el espíritu de penitencia, sino todo lo contrario. De ahí la nota a Isidoro, el 30 de mayo: Envíame un par de reales de acíbar. De seguro que tendrán en la farmacia de Eugenio, o en cualquier droguería. Que sea en polvo.


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