• Crecer para adentro

Reto Día 10 - No olvides el ejemplo de la Virgen

Aunque estemos confinados en casa ¡hoy es una gran fiesta en la Iglesia! Es el día de la Anunciación, el día en que celebramos la vocación de la Virgen María y, con ello, el inicio de nuestra Redención. Sin duda que hoy, si se lo pides, la Virgen te ayudará a #crecerxaadentro.


El consejo de hoy es...

¿Eres de los que reza el Ángelus todos los días a las 12? Pues hoy es el aniversario del primer Ángelus de la historia: el día en que el Arcángel Gabriel le anunció a María que iba a ser la Madre de Dios. Además, hoy de manera excepcional, el Papa Francisco nos ha convocado a todos los cristianos a rezar un Padrenuestro al mediodía, para que recemos juntos por el fin de la pandemia que nos tiene encerrados en casa. Rezar es una de las cosas que mejor puedes hacer desde casa y este consejo de san Josemaría te ayudará a hacer la oración como nuestra Madre la Virgen.

Cómo enamora la escena de la Anunciación. —María —¡cuántas veces lo hemos meditado!— está recogida en oración..., pone sus cinco sentidos y todas sus potencias al hablar con Dios. En la oración conoce la Voluntad divina; y con la oración la hace vida de su vida: ¡no olvides el ejemplo de la Virgen!

Surco, n. 481.


Propósito del décimo día

Posiblemente pienses que este es un miércoles más de una cuarentena sin más. Muy probablemente tengas razón. Pero, quizá, el Señor haya elegido este miércoles para hacerte #crecerxaadentro. O para anunciarte algo tan grande como a esa joven niña de Nazaret, María. Hoy, cuando vayas a hacer tu rato de oración, no te olvides, como María, de preguntarle a Jesús qué espera de ti, en especial en estos días de cuarentena. Su ejemplo ha ayudado siempre a millones de cristianos que se han decidido a seguir a Dios de cerca (como podrás leer también en la lectura de hoy, sobre esos primeros jóvenes que acompañaron a san Josemaría en su cuarentena).

Evangelio según san Lucas 1, 26-38

Concebirás y darás a luz un hijo

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.

Y entró donde ella estaba y le dijo:

—Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:

—No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.

María le dijo al ángel:

—¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

Respondió el ángel y le dijo:

—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

Dijo entonces María:

—He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Y el ángel se retiró de su presencia.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Para la lectura

Algunos de los jóvenes que acompañaron a san Josemaría durante la Guerra Civil, tanto en la Legación de Honduras como en otros momentos de confinamiento, eran los primeros miembros del Opus Dei. Uno de ellos, Pedro Casciaro, narra en primera persona el día en que él y su amigo Francisco Botella, Paco, se decidieron a pedir la admisión en la Obra siguiendo, precisamente, el ejemplo de la Virgen María. Se acababa el año 1935. Tan sólo unos meses después estallaría la guerra y con ella daría inicio del #crecerxaadentro.

Busca el apoyo de la Virgen... y la valentía

De vuelta a Madrid decidí acudir al retiro mensual que predicaba el Padre en la propia Residencia de Ferraz, para los que íbamos por allí. Paco también vino y recordaba en un escrito, en el que dejó años más tarde constancia de sus recuerdos, algunos detalles con mucha precisión. El retiro tuvo lugar un domingo. «El Padre habló en el Oratorio –escribe– de un tema único, central, en todas las meditaciones y en las pláticas. El tema era la vocación». Nos habló del joven rico que rehusó la llamada del Señor y se marchó triste, y nos movió a la generosidad con Dios. Anota Paco que el amor de Dios que traslucían las palabras del Padre nos «arrastraba con fuerza sobrenatural». «Hablaba –sigue evocando– del sacrificio, de la Cruz del Señor, de mortificación». Y apunta un detalle final, muy significativo: «siempre acababa buscando en la Virgen el apoyo y la valentía que nos hacía falta».

También a mí la recia devoción mariana del Padre me había llamado profundamente la atención. Procuraba transmitirnos, con mil detalles, su gran amor a la Madre de Dios. Lo evidencia un texto que escribió años más tarde, en el que evocaba su devoción por una pequeña talla de la Virgen que tenía en la Residencia, sobre un escritorio, a la que llamaba la Virgen de los besos: No salía o entraba nunca –escribía el Padre–, en la primera Residencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, donde estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de hijo que tenía miedo... Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba, iba a buscarla en Dios a través de la Virgen.

Al igual que para Paco, aquel día de retiro fue decisivo para mí. Ya en la primera meditación sobre el joven rico vi claro que no podía hacer lo del joven del Evangelio, apegarme a lo que tenía –o podría tener–, y marcharme triste. Y al acabar el retiro, busqué al Padre y le pedí que me dejara ser miembro del Opus Dei.

El Padre me aconsejó calma de nuevo. Me dijo que era preferible que esperara y que intensificara mientras tanto mi plan de vida espiritual. ¿Cuánto? Al principio me habló de un mes.

¡Un mes! Me pareció muchísimo. Le pedí que acortara el plazo: ¿No podían ser semanas? Cuatro, tres, dos... Fue un verdadero forcejeo.

–Padre –le expliqué–, desde que me he planteado la vocación ya no tengo tranquilidad para nada. No me puedo concentrar en el estudio... ¡Y tengo mucho que estudiar estos días!

Tanto insistí, que logré que me concediera un plazo más breve: nueve días. Me aconsejó que hiciera una novena antes de tomar una determinación.

¿Nueve días? Nueve días me parecían, en aquellos momentos, una eternidad. ¿No se podría acortar...?

Haz un triduo –concedió entonces– encomendándote al Espíritu Santo, y obra en libertad, porque ‘donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad’. Me habló mucho de libertad y me aconsejó que durante la comunión de esos tres días pidiera a Dios las gracias necesarias para tomar una determinación en libertad, porque in libertate vocati estis, me dijo, hemos sido llamados en libertad, como enseña la Escritura.

Comencé aquel triduo al Espíritu Santo el lunes 18 de noviembre. Al terminar, me había reafirmado en mi decisión de entregarme a Dios en el Opus Dei y decidí pedir formalmente la admisión en la Obra al Padre.

El Padre me había dicho con anterioridad que la petición de admisión al Opus Dei se hacía mediante una carta, escrita del propio puño y letra, dirigida a él. Naturalmente los que pedían la admisión le entregaban estas cartas directamente en mano; pero yo interpreté, no sé por qué, que había que enviársela por correo y esperar respuesta; y así lo hice. Escribí la carta, la eché en un buzón de la plaza de la Cibeles, como decían los castizos, y calculé que le llegaría al Padre al día siguiente. De ese modo –pensé– cuando volviera a Ferraz para hablar con el Padre, cinco días después, ya habría recibido mi carta y habría tenido tiempo suficiente para meditar su respuesta (…).

Poco después, precisamente el día en que tenía previsto hablar con el Padre, estuve estudiando con Paco, antes de almorzar, en la Residencia donde vivía. Me parece recordar que estábamos preparando unas pruebas de Cosmografía. Paco hacía los cálculos junto a una pizarra y yo buscaba los logaritmos correspondientes. Pero no podía concentrarme; pensaba constantemente en mi vocación; se me iba el santo al cielo cada dos por tres y no hacía más que equivocarme: no conseguía situar con el dedo el renglón de las tablas. Total, que Paco acabó por enfadarse. Me disculpé diciéndole que estaba con la cabeza en otra parte, porque aquel día era el más decisivo de mi vida. Al oírme decir esto, se preocupó y empezó a preguntarme, una y otra vez, qué me sucedía.

«Fui pesado, ésa es la verdad», recuerda Paco. «Y Pedro me dijo que se había decidido a seguir la llamada que el Señor le hacía para la Obra. Y que esa tarde iba a ver al Padre. ¿La Obra?, le dije. Me dijo brevísimamente, pero de un modo muy claro, lo que era la Obra: vivir la vida cristiana de manera auténtica, darse al Señor de modo absoluto, seguir en el mundo como hasta ahora, más metidos aún, pero llevando al Señor en cada momento en el corazón, y en el trabajo y en un apostolado que me explicó en qué consistía: como los primeros cristianos. El Padre era el Fundador. La Obra había nacido en 1928. (...) Ahora comprendía –concluye Paco– lo que el Padre hacía en aquellos pocos metros cuadrados de la Residencia de Ferraz. Comprendí que eran los comienzos de una obra universal».

Una vez que le expliqué la Obra, le pregunté a Paco qué le parecía mi decisión. Ahora me doy cuenta de que como tenía mucha más formación religiosa que yo, su respuesta hubiera podido influirme mucho en un sentido o en otro. Pero Paco no me comentó nada; se limitó a escucharme con gran interés y me hizo algunas preguntas. Yo seguía diciéndole:

–¿Pero tú qué opinas, Paco? Dímelo claramente.

Se aferró a su mutismo. Aquello me extrañó. Y cuando nos despedimos se quedó muy pensativo.

Después de comer coincidimos de nuevo en la clase de prácticas de Matemáticas. Nos fuimos antes de que la clase acabara y seguimos hablando de mi vocación a lo largo de los bulevares, en dirección a Ferraz. Fue entonces cuando Paco me dijo que también deseaba pedir la admisión en la Obra.

–¿Tú también...?

Aquello me produjo una gran sorpresa y una gran alegría. Pero primero había que hablar con el Padre. Paco quería que se lo dijera yo, y cuando llegamos al nº 50 de Ferraz no hacía más que insistirme:

–Dile al Padre que yo quiero ser de la Obra. Díselo. Díselo, Pedro.

Aquella noche le llamé por teléfono, feliz, para comunicarle que el Padre le esperaba tres días después, a las seis de la tarde. Y en efecto, a los tres días habló con el Padre, que le dejó pedir inmediatamente la admisión en el Opus Dei.

Esta rapidez me sorprendió bastante. Luego comprendí que estaba muy justificada, teniendo en cuenta la profunda formación religiosa de Paco y su antiguo deseo de entrega. Y así, gracias a ese conjunto de circunstancias, y de aparentes casualidades, acabamos pidiendo los dos prácticamente al mismo tiempo la admisión en el Opus Dei (…).

Empezábamos una nueva vida. Como nos decía el Padre, era el comienzo de una aventura maravillosa.

Fragmento del libro “Soñad y os quedaréis cortos”, de Pedro Casciaro.

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