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Reto Día 11 - "Asaltar" Sagrarios

Jesús se quedó en el Sagrario para estar junto a nosotros, para hacernos #crecerxaadentro y ahora… ¿quién está con Él? Lo que es estar, estar… muy pocos, pero ¿hay otro modo de estar junto al Sagrario?


El consejo de hoy es...

Ya conoces que el sábado es un día dedicado a la Santísima Virgen, pero ¿sabes a qué está dedicado el jueves? San Josemaría, siguiendo la tradición de la Iglesia, intentaba que fuera un día especial para la Eucaristía. Realmente, todos los días celebraba la Misa (siempre que podía, claro), comulgaba y hacía la Visita al Santísimo repitiendo ese ¡Viva Jesús Sacramentado! que también tú habrás dicho en tantas ocasiones. Pero para los jueves necesitaba algo especial, para que “de verdad” fueran especialmente eucarísticos. Ese “algo especial” lo ha transmitido a muchas personas: por ejemplo, en los centros de la Obra se hace un rato de oración por la mañana con las puertas del Sagrario abiertas como para tener a Jesús más cerca, es buen día para rezar más comuniones espirituales y se reza el himno eucarístico Adoro te devote (Te adoro con devoción). También los jueves nos puede venir muy bien una costumbre de san Josemaría que puedes vivir allá donde estés.

Niño: no pierdas tu amorosa costumbre de “asaltar” Sagrarios.

Camino, n. 876.


Propósito del undécimo día

San Josemaría comenzó a “asaltar” Sagrarios cuando iba caminando por las calles de Madrid, cuando no podía hacer oración en la iglesia delante de la Eucaristía, cuando estaba encerrado en los distintos refugios durante la guerra o incluso cuando ya estaba en la cama a punto de dormir. ¿En qué consistían esos “asaltos”? Pues simplemente se colocaba con la imaginación al lado de un Sagrario que conocía y desde ahí hablaba con Jesús: le adoraba, le daba las gracias o le pedía por familiares, por las personas que frecuentaban la labor del Opus Dei, por los amigos, etc. Incluso alguna vez encargó a otras personas que sí podían acercarse físicamente a un Sagrario rezaran por alguna de sus peticiones (lo podrás ver en la lectura). Hoy jueves, día dedicado más especialmente a la Eucaristía, puedes #crecerxaadentro “asaltando” tu Sagrario favorito y, si sabes de alguien que vaya a poder estar hoy físicamente junto a Jesús en el Sagrario, puedes pedirle que desde allí rece por ti y tus necesidades.

Evangelio según san Juan 5, 31-47

Hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:

«Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.

Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.

Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.

Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis.

Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.

¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Para la lectura

Estando refugiado, San Josemaría se las arreglaba para reservar a Jesús Eucaristía en un Sagrario improvisado, de modo que pudieran rezarle estando físicamente cerca. Pero en alguna ocasión no le fue posible, pero igual le hacía llegar a Jesús sus peticiones a través de otras personas.

Meter un beso por la cerradura

Don Josemaría puso en marcha un horario. En primer lugar, cuidó el trato con Dios, con la celebración de la Misa. Vestido con su traje raído, leía los textos litúrgicos en un misal de fieles, sirviéndose como sustituto del altar de un bargueño que había en el vestíbulo de la casa. Y, a modo de cáliz y patena, utilizaba un vaso y un plato pequeño de cristal o, si celebraba en la habitación del cónsul, empleaba una taza de oro de esa familia y unas vinajeras de cristal tallado. Al acabar la ceremonia, reservaba el Santísimo Sacramento en un par de cajitas redondas de plata, que se guardaban en el secretaire de un buró del hall, en el que lucía una lamparilla de aceite que recordaba la presencia de Jesús sacramentado.

Algunos días, don Josemaría no pudo celebrar la Misa por falta de vino. Zorzano y Albareda, que se encargaban de proporcionarlo, no lo encontraron siempre; además, el que se vendía en las bodegas se agriaba con cierta facilidad. En estos casos, el fundador sufrió particularmente: «De las mil privaciones, es la que más me cuesta», apuntó. En cambio, comulgaron casi todos los días porque reservaban Formas consagradas después de la Misa. Escrivá pasó largos ratos en el vestíbulo, junto a Jesús sacramentado. Acompañado de sus hijos espirituales, hacía un rato de oración mental por la mañana y otro por la tarde, y rezaba el rosario. Además, transmitió su pasión por la Eucaristía a quienes le rodeaban, también a los más pequeños.

En ese vestíbulo del hall tuvieron por un tiempo reservado el Santísimo (el Amigo), en un mueble cerrado con llave (el cajón del Pan). A finales de abril, don Josemaría, que se encontraba baldado a causa del reuma y no podía ir a hacer las visitas acostumbradas al Señor, se servía de dos niños pequeños para enviar recados al Amigo. Volvían los niños a dar cuenta de su recado al Señor. ¿Y qué le has dicho? —preguntaba don Josemaría a uno de ellos, que era andaluz. —Que le dé a uzté laz trez cozaz, y laz otraz maz, que le hacen farta, contestaba el pequeño.

El modo de saludar estos niños al Amigo conmovió al sacerdote: Yo no sé quién les ha enseñado la martingala pero, debilidad senil o lo que sea, me entusiasmo cuando veo a esta pareja de chiquitines —¡bien saben que sin comer no hay quién viva!— acercarse al cajón del Pan... ¡y meter un beso, muy apretado y ruidoso, por la cerradura!

Otra niña, de la familia Puncel, aprendió a hacer la genuflexión delante del pequeño buró; pero un día se lo prohibieron «por miedo a que algún día la hiciera delante de alguien que les pudiera denunciar. Por eso, cuando pasaba por delante de aquel buró, musitaba para sus adentros: “Jesús, no me dejan”».

A principios de mayo hubo un reajuste en las habitaciones de la legación. Don Josemaría y a los suyos fueron a parar a la habitación que habían ocupado el canciller y el portero.

Josemaría Escrivá ajustó el horario. A primera hora de la mañana, rezaba cada uno por su cuenta o asistían todos a una meditación dirigida por el fundador. Después, tenían la Misa. Al acabar el desayuno, dedicaban un tiempo al estudio, al aprendizaje de idiomas y a la correspondencia postal. En ocasiones, alguno daba una sesión, a modo de conferencia, sobre un tema de su especialidad. Tras el almuerzo, los ritmos de la tarde no variaban demasiado con respecto a los de la mañana. Y, a última hora del día, rezaban el rosario, tenían un rato de tertulia y desplegaban las colchonetas para dormir.

Coincidiendo con la llegada a la “galguera” (como llamaban a la nueva habitación), el cónsul prohibió que don Josemaría celebrase la Misa en el vestíbulo. Aunque el consulado gozaba de extraterritorialidad —y, por tanto, el culto religioso se debía ajustar a la legislación hondureña y no a la española—, el diplomático temía que el retén de guardias que custodiaba la legación escuchara las oraciones del sacerdote e informara a las autoridades republicanas.

La celebración de la misa en el nuevo cuarto era muy sencilla. Ponían un crucifijo en la pared y, a falta de mesa, colocaban en el suelo un cajón de fruta, un par de maletas encima, y luego unos pañuelos limpios que servían como corporales; por su parte, el banquillo hacía las veces de credencia, es decir, de repisa para los objetos que se usaban en la ceremonia. Después, comenzaba la Misa.

Párrafos del libro Escondidos, de José Luis González Gullón, con un intercalado del mismo episodio de El Fundador del Opus Dei. Dios y audacia, de Andrés Vázquez de Prada.

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